08 de marzo de 2020
08.03.2020

Mujeres en el olvido

La historia de la pintura recoge muy pocos nombres de mujer

07.03.2020 | 20:42

Salvo Frida Kahlo que ha logrado superar en popularidad y sobre todo en cuanto al valor de su obra a su compañero Diego Rivera, sus piezas se cotizan a precios superiores a los del muralista mexicano, en general, en el resto de casos de parejas de artistas, siempre las obras y el recorrido de ellos ganan en reconocimiento y en valor.

La profesora de la Universidad de La Laguna, Yolanda Peralta, experta en temas sobre la presencia femenina en la creación artística, realizó su tesis doctoral sobre la mujer y el arte en Canarias. De este trabajo, que tardó ocho años en acabar, de momento sólo se ha publicado el anexo: su Diccionario biográfico de mujeres artistas en Canarias. Una investigación minuciosa en la que salen a la luz esas imponentes autoras olvidadas.

Peralta, que también es comisaria de exposiciones, considera que aún hoy perdura el prejuicio de pensar que la obra, el trabajo de una mujer artista suele ser de una calidad inferior, "como si ellas siguieran estando varios peldaños por debajo".

Las cifras de eventos tan destacados como la Feria Internacional de Arte Contemporáneo dejan claro que se mantiene una gran diferencia entre los dos sexos, y que se avanza pero lentamente.

La directora de Arco, Maribel López, destacó como uno de los hechos positivos de este año que el número de mujeres había crecido, lo que representa un pequeño paso hacia la paridad. Así del 25% de la última edición pasó al 32%. Como recordó la responsable de este evento: "No es como para decir que está todo resuelto, pero es una buena noticia".

Mujeres en el Prado

Otro de los datos significativos los ofrece el Museo del Prado. En sus salas y sótanos apenas se encuentra la obra de 33 pintoras, la cifra sube hasta las 69 si se incluye el trabajo de grabadoras, y de ilustradoras. En cambio, la nómina de pintores en los fondos de la pinacoteca supera los 5.000 nombres.

Con motivo de la exposición que el Museo del Prado dedicó a dos autoras excepcionales y en gran medida desconocidas, Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana, el director del Prado, Miguel Falomir, reconocía la gran laguna que existe en los museos en cuanto a la presencia de las mujeres.

Con los trabajos de estas dos pintoras italianas del siglo XVI, una de Cremona, la otra de Bolonia, se trataba de reivindicar el papel esencial que en momentos complicados para ellas han tenido las creadoras. Sofonisba y Lavinia fueron a pesar de todas las trabas unas auténticas celebridades en una época en la que la máxima aspiración de las familias para sus hijas pasaba por que se casaran o ingresaran en un convento.

Indagando en sus biografías hay que advertir que por sus trabajos no les pagaban dinero sino ropa y joyas.

La muestra conjunta de Anguissola y Fontana alcanzó un notable éxito en el Prado. Para muchos las piezas de estas dos mujeres resultaron ser unas obras magníficas. La profesora Yolanda Peralta advierte que incluso en este caso, se optó por reunir los cuadros de dos artistas, "como si ofrecer la obra de una sola de ellas no fuera suficiente, a pesar de su amplia producción".

Peralta argumenta que aún en este siglo se sigue apostando por reunir a varias mujeres para hacer una exposición, "es como el cuartito de las artistas, donde se mete a un grupo, para dar más solvencia".

El halo invisible de estar ante una obra menor si la firma una mujer sigue apareciendo como uno de los sambenitos que habrá que superar.

El investigador y especialista en pintura Flamenca Manuel López ha trabajado durante varios meses tratando de descubrir el nombre y la biografía de mujeres artistas que trabajaron durante los siglos XV al XVII en talleres de gran nivel.

López reconoce que ha llegado a contabilizar hasta un total de 76 autoras, algunas de ellas con piezas de una calidad similar a la de pintores como Van Eyck, Rubens, Brueguel, o Van Dick.

La mayoría de las obras de estas pintoras que destacaron en su tiempo terminaron escondidas en las zonas más inaccesibles de archivos históricos, relegadas a los sótanos de los grandes museos y atribuidas a hombres durante siglos. La mujer adoptaba forzosamente el papel de musa y modelo. Ahora se sabe, y cada vez más, que no se tratan solo de "dos o tres" los casos de artistas femeninas que se atrevieron a ejercer de pintoras, sino que fueron muchas las que lograron sobresalir con su trabajo, a pesar de prejuicios y de techos.

Otro aspecto importante tenía que ver con el precio que se pagaba por una obra. Si se sabía que el trabajo lo había hecho una mujer la cifra bajaba notablemente.

La investigación de López tiene como punto de partida una pregunta sencilla, si en el Renacimiento existían mujeres aprendices en los talleres de los maestros, por qué no ha pasado a la historia ninguna artista destacada.

De hecho, las que lograban entrar a formar parte del circuito de profesionales lo podían hacer a través del apoyo de un padre pintor, o de un marido pintor.

A pesar de todos estos límites existen verdaderas obras de arte hechas por pintoras como: María Ornani, Antonia Uccello, Margarita van Eyck o Sor Bárbara Ragnoni. Y por supuesto Artemisa Gentileschi, una de las artistas más prolíficas de su tiempo cuyos trabajos han gozado de especial trascendencia en la Historia del Arte, aunque no hayan sido reconocidas todas sus obras como propias hasta bien entrado el siglo XX. Artemisa está considerada como una artista revolucionaria para su tiempo.

Canarias

La realidad de las islas no difiere de lo que ha sucedido en el resto de Europa. La lista de nombres de mujer con obras impresionantes resulta amplia y en muchos casos desconocida. Los prejuicios, la creencia generalizada de que se estaba ante obras menores y en algunos casos concretos la sombra alargada de pintores cercanos que podían con todo cortaron de raíz su trayectoria profesional.

Esto pudo haberle ocurrido a la artista Maud Westerdahl, casada con Eduardo Westerdahl, el impulsor del surrealismo y que además había sido esposa de Óscar Domínguez: su obra ha pasado a un segundo plano, oscurecida por el resplandor de estos dos fenómenos.

El caso de Elvireta Escobio, compañera de Millares, parece distinto. Fue ella la que decidió apartarse de la pintura y centrarse más en la poesía y en el trabajo de su marido. A comienzos de los años cincuenta se publica un folleto en el que se establece la relación definitiva de artistas que forman parte del grupo LADAC, y se incluye a Elvireta Escobio, Plácido Fleitas, Juan Ismael, José Julio, Alberto Manrique, Manolo Millares y Felo Monzón.

En una carta recogida por el crítico literario Alfonso de la Torre, el gran Manolo Millares le cuenta a su amigo Eduardo Westerdahl: "Hemos creado un grupo de pintores con ideas avanzadas cuyo nombre es "LADAC" (Los Arqueros del Arte Contemporáneo). Se trabaja bastante, en más de uno se ha operado el milagro de la resurrección, merced a la sangre de las nuevas generaciones y ya no se dormita en los triunfos pasados. Felo Monzón se anima con el gouache. Juan Ismael pinta y evoluciona después de un largo tiempo. José Julio se une al grupo y trabaja. Alberto Manrique progresa satisfactoriamente. Plácito Fleitas crea nuevas formas y la joven Elvireta Escobio se muestra con espléndidos dibujos y acuarelas no figurativas. Y respecto a mí, ¿para qué hablar de mí? Estoy pintando de la mañana a la noche y mis actividades son múltiples".

A pesar del gran trabajo que está haciendo Elvireta y que reconoce Millares, ella decide olvidar esta faceta y dedicar su tiempo a la escritura.

Y en esta lista de nombres hay que mencionar a Pino Ojeda y por supuesto a la gran rebelde Lola Massieu, que luchó con vehemencia por abrirse paso en medio de una generación de pintores sublimes. Pero tal vez habrá que preguntarse si ella no hubiera sido una mujer, sus obras hubieran sido más reconocidas. Para la profesora Peralta no cabe ninguna duda.

El 2 de diciembre de 1965 se presentó en el Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife una exposición colectiva bajo el título de 12. Aquella no fue una muestra más porque fue la primera exposición de Canarias, y la segunda en España, conformada exclusivamente por mujeres artistas.

De las doce participantes, cinco habían nacido en Canarias: Eva Fernández (1911-2005) y María Belén Morales (1928-2016) en Tenerife; y Lola Massieu (1921-2002), Jane Millares (1928) y Manón Ramos (1927), en Gran Canaria. Otras habían elegido las islas como su lugar de residencia, procedían de la península, de Europa y de Estados Unidos: Birgitta Bergh, Quita Brodhead, Celia Ferreiro, Vicki Penfol, Carla Prina, Tanja Tamvelius y Maud Westerdahl. Nombres que esconden el trabajo y la obra de artistas silenciadas, sobre las que la historia ha pasado en la mayor parte de los casos como una losa.

El empuje de las nuevas generaciones y los cambios de la sociedad tal vez logren colocar a las mujeres artistas en el lugar que le corresponde por su valía, sin ese halo invisible que las señala como de segunda fila. Entonces, ya no será necesario como apunta la historiadora Yolanda Peralta "meterlas en ese cuartito para chicas", como si solas o en compañía de otros integrantes de la misma generación no tuvieran suficiente valor y entidad para señalarlas como protagonistas del arte.

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