12 de enero de 2020
12.01.2020

En manos de la ficción especulativa

Ian McEwan tira de prosa clara y oficio para sacar adelante una novela algo confusa sobre la inteligencia artificial

12.01.2020 | 00:28
En manos de la ficción especulativa

Briony Tallis, la protagonista de Expiación, la novela más distinguida del aclamado Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948), es una historiadora especulativa que reescribe las vidas de sus personajes. El juego que practica es el de ¿qué pasaría si?? Esa especulación, tal vez debido al alcance limitado de la propia trama, funciona bastante bien en un árbol de causalidades ramificadas. En Máquinas como yo, la última novela de McEwan, la manipulación especulativa llega a resultar gigantescamente absurda al basarse en un Londres distópico en el que la historia ha seguido caminos distintos pero no siempre convincentes. No puede ser, por ejemplo, que las únicas ondas benéficas de la inteligencia artificial nos lleven a una versión de Alan Turing, el precursor de la informática moderna, con 70 años, vistiendo camisa de seda. Tampoco parece suficientemente plausible insistir en la idea de que el legado perdurable de la tecnología del automóvil conduzca simplemente a carreteras congestionadas por el tráfico. El desarrollo de Adán y Eva, los primeros seres humanos sintéticos de la novela, no se acerca ni de lejos a la imaginación que suscita la inteligencia artificial fuera de sus límites éticos.

Máquinas como yo es un intento de un autor consagrado de escritura ágil y mente despierta de fusionar los temas que hasta el momento ha explorado con éxito: la ambigüedad moral de los seres humanos y el entorno social y político en que se mueven, plagado de oscuros rincones. La historia se desarrolla en una Inglaterra alternativa de la década de 1980. Margaret Thatcher es primera ministra, los británicos están a punto de perder la Guerra de las Malvinas, los Beatles continúan de moda y Turing no solo sigue vivo, sino que su obra ha impulsado la tecnología y la inteligencia artificial con la llegada de los primeros androides.

Charlie, el protagonista principal de la novela, es un hombre de 32 años sin rumbo que, impulsivamente, funde su herencia en la compra del primer humano fabricado verdaderamente viable y con inteligencia aparentemente potable. Lo programa a su manera, imprimiendo todos los rasgos de la personalidad humana que le parecen. La única evidencia de su existencia automatizada es el interruptor para matar en la nuca, que esencialmente funciona como un botón de apagado. Charlie comparte la tarea de reprogramar a Adán con Miranda, su vecina, como si fuera una epopeya romántica: cada uno de ellos proporciona la mitad de los "parámetros de personalidad" para catapultar a Adán en una nueva vida humana acorde con las suyas. Este, sin embargo, al tiempo que se aclimata a la humanidad, empieza a ejercer por su cuenta y emprende un camino propio. Charlie pronto llega a la conclusión de que se ha convertido en el primer ser racional de carne y hueso timado por un robot. Trasmite sus quejas a Turing y bromea sobre la posibilidad de desactivar las zonas de comportamientos más peligrosas de Adán. Miranda guarda, además, algunos secretos.

A medida que Máquinas como yo nos adentra en el triángulo amoroso robótico humanoide de Charlie, Miranda y el androide, todo lo demás es ruido, más o menos. No exactamente lo que cualquier lector avezado podría esperar de un trabajo de ficción especulativa que no se detiene como es debido en la delineación de las muchas consecuencias sociales, políticas y económicas que abarca el género. ¿Qué pasaría si??

Ian McEwan ha escrito finalmente una novela de ciencia ficción, pero lo ha hecho de acuerdo con su acostumbrado trazado histórico. Los años 80 del pasado siglo le son cómodos, igual que Londres, y eso se percibe desde el primer momento. El resultado es algo confuso, tanto como la historia, pero su clara y elegante prosa permite ir pasando página tras página sin mayores reproches literarios. En el oficio del gran escritor veterano está también hacernos sucumbir de vez en cuando en las trampas que propone la lectura.

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