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Peter Lindbergh, un desafío apabullante en 150 imágenes

Una exposición de su obra en un espacio portuario de La Coruña muestra la capacidad del fotógrafo de moda alemán para humanizar los retratos

Una de las salas de la exposición dedicada a la fotografía de Lindbergh. E. D.

Peter Lindbergh, Untold Stories es el título de la retrospectiva variada y enorme de este fotógrafo que se estrenó en La Coruña el 4 de diciembre y que continuará hasta el 28 de febrero. Ya el lugar donde se expone esta colección impresionante merece una visita. Se trata de la reconversión de dos almacenes adyacentes en la zona portuaria de la ciudad. Hasta ahora el paso a esa zona solo estaba permitido a personal relacionado con el puerto, de modo que simplemente atravesar la verja de acceso ya supone un paso hacia lo desconocido. Antes de entrar en el edificio principal, varios contenedores pintados de negro mate anuncian el título de la exposición y, por si se pudiera obviar, nos recuerdan que estamos en un puerto.

Digo que la exposición es «variada y enorme» ponderadamente: reúne unas 150 fotografías enmarcadas y cientos de fotos que empapelan literalmente las paredes del primer espacio del almacén convertido en museo o sala de exposición. Como fue el propio Lindbergh quien decidió cómo se iban a distribuir las imágenes y los espacios, no me atrevo a emitir juicio sobre esta sobrecogedora inmersión en los retratos del fotógrafo. Pero la sensación al entrar resulta precisamente sobrecogedora, imposible de abarcar con la mirada. Sobre si la inmersión en una manifestación artística (y esta definitivamente lo es) es el mejor método o no de verse cara a cara con el arte, me remito a la experiencia de cada persona. Yo suelo encontrarme más cómoda cuando puedo observar un número limitado de obras y saborearlas sin distracción. Quizás sea esta una buena excusa para mis propias limitaciones o simplemente otro síntoma de mi déficit de atención. Sea como sea, y a pesar de lo apabullante del número y disposición de las imágenes, es una experiencia estética extraordinaria.

Peter Lindbergh (1944-2019) es particularmente conocido por fotografiar a modelos y actrices muy conocidas para revistas y firmas de prestigio. También, por qué no mencionarlo, fue el fotógrafo de la boda de Marta Ortega (hija de Amancio y ahora directora de Inditex). De hecho, ha sido Marta Ortega quien ha financiado y organizado esta exposición. Lo curioso y atractivísimo de las fotografías de Lindbergh no es simplemente reconocer las caras de Naomi Campbell, Jeanne Moreau, Uma Thurman, Hellen Mirren o Nicole Kidman, entre otras muchas, sino también apreciar una descontextualización que les da otra vida a esas caras. Quiero decir que frente a la ultraestilización habitual de las revistas de moda o del cine, las imágenes de Linbergh humanizan el retrato y lo acercan al observador. Por supuesto, el hecho de que fotografíe en blanco y negro le da a cada retrato una calidad imperecedera y una textura que parece pasar del ojo al tacto inconscientemente. El propio Lindbergh decía que debería ser responsabilidad de los fotógrafos liberar a las mujeres (y a todo el mundo) del terror de la juventud y la perfección, y eso es precisamente lo que parece reverberar en cada retrato.

Aun siendo casi imposible escoger una imagen entre tantísimas y tan impactantes, yo me encandilé muy en especial con un desnudo de la modelo británica Karen Elson. Como al ver su imagen no sabía quién era, lo que percibí fue a una mujer protegiendo su cuerpo en una postura casi de contorsionista, vulnerable y agresiva a la vez. Las dos fotografías que flanqueaban este desnudo eran respectivamente de una flor con pocos pétalos y de un poste acribillado de anuncios de Prohibido el paso y Propiedad privada. Lo queramos o no, las fotos exhibidas en un mismo espacio mantienen un diálogo entre ellas a veces coherente, a veces chocante y siempre a la disposición interpretativa de quien observa. La foto de Karen Elson aislada resultaría atractiva por sí sola. La compañía de la flor casi marchita y del poste con carteles admonitorios, sin embargo, establece una narrativa peculiar que va, según nuestra habitual lectura visual de izquierda a derecha, de la naturaleza y el tiempo a la imposición de límites nada naturales pasando por un desnudo femenino. A su vez, este desnudo rompe con la tradicional horizontalidad de la mujer que se ofrece para ser mirada y mira hacia el observador directamente pidiendo una identificación definitivamente más allá de su desnudez. La flor y el desnudo parecen expresar conceptos de mucho mayor calado que las palabras de los carteles. Aun así, sin ese contraste, nos quedaríamos con algo más cercano al lugar común que a las posibilidades interpretativas que el trío de fotos nos ofrece con su mera proximidad.

Hay algo de admiración por las reliquias en el hecho de ir a ver una exposición. También, por supuesto, está el gusto por disfrutar de una manifestación artística sea de la época que sea, de aprender algo. Lo curioso es que en una exposición también nos exponemos quienes la visitamos, aunque el significado de la palabra cambie. Nos exponemos a que las imágenes nos desafíen y nos pidan algo más que el simple reconocimiento. Puede que aceptemos el envite inmediatamente o que se quede en nuestras cabezas. En cualquier caso, merece la pena el reto.

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