15 de septiembre de 2019
15.09.2019

José A. Alayón, una vida en 35 milímetros

De pequeño, cautivado por las películas de Cousteau, soñaba con ser biólogo marino

15.09.2019 | 02:47
Nacido en La Camella, un barrio del municipio de Arona, este tinerfeño se ha convertido en un destacado cineasta. Junto al director de la película Blanco en blanco, Théo Court, a la izquierda, y Marina Alberti, en Tierra del Fuego.

Se matriculó en la Facultad de Física, pero pronto abandonó fórmulas y leyes para despejar su incógnita: la solución estaba en la magia de la gran pantalla

Silencio. Se rueda. Barrio de La Camella en el municipio de Arona, al sur de la isla de Tenerife, 1980. La familia Alayón Dévora festeja la llegada al mundo de un varón que llevará el nombre de José Antonio, el segundo vástago tras su hermana Inés, dos años mayor que él.

Aquel pequeño, hijo de Camila y Juan José, propietarios de tiendas de ropa, crecía entre la aspereza de una tierra feraz, castigada por el sol, y con la mirada perdida en la mar. Ya siendo niño fue un ensoñador, "como todos", dice, pero todavía ni siquiera había esbozado el papel de su vida.

Por aquel entonces, Canarias emergía al turismo, al cambio de modelo económico y vital, pero más allá de cantante o futbolista de éxito, José quería ser biólogo marino. "Me gustaban las películas de Jacques Cousteau, que al fin y al cabo es un cineasta: el precursor de los documentales submarinos". En el fondo, más que la idea de estudiar los océanos lo que latía en el interior de aquel chiquillo era filmarlos, atraparlos, descubrirlos y también descubrirse.

Tiene grabada en el disco duro de su memoria El mundo del silencio, una película del genio francés "cargada de belleza y con un lenguaje atmosférico y transportador únicos". Quizás ahí naciera su vocación de cineasta.

Aquel pequeño Alayón asegura haber sido un alumno más o menos listo, que utilizaba esa virtud para estudiar "más bien poco, porque me interesaban otras cosas", admite sin sonrojarse, si bien cumplía regularmente con el expediente del aprobado.

Fue a los catorce años cuando cambió de escenario, mudando la escuela y el pupitre de su infancia, los compañeros de juegos y la quietud de Arona por su ingreso como adolescente en el Instituto Cabrera Pinto de La Laguna.

"Fue un cambio vital", reconoce. "Salir del Sur rumbo a la Laguna, el instituto, nuevas amistades, un clima más cultural...". A propósito recuerda un videoclub, cerrado hace ya tiempo, llamado El Selección, que combinaba el negocio de ortopedia con un espacio dedicado a las películas de alquiler. Ahí se despertó, acaso ya de una manera consciente, su interés por el cine y más allá de lo meramente comercial cayó fascinado por una estantería repleta de clásicos: Bergman, Ford, Chaplin...

Contaba entonces 16 años y confiesa que se volvió literalmente loco. "Veía entre tres y cuatro películas diarias; lo copiaba todo en sistema VHS para ir creando mi propia videoteca..." y, claro, se reunía en largas sesiones con amigos como Cristo o Abraham, ellos más por afición, en clave de espectadores, mientras en José ya iba asomando cierto plano profesional. Mientras tanto improvisaba algún que otro corto, "pero no sabía cómo hacer cine y menos en aquella época".

Terminada su etapa en el instituto se matriculó en la Facultad de Física, en la Universidad de La Laguna. El primer cuatrimestre "no me fue mal", asegura, pero poco a poco fue abandonando fórmulas y leyes hasta despejar la incógnita: la solución estaba en las cámaras y los personajes, en la ficción y en toda esa ilusión que proyecta la gran pantalla.

La familia lo aceptó: "La verdad es que no se asustaron demasiado", reconoce hoy, de manera que llenó de sueños la maleta y, ligero de equipaje, aterrizó en Madrid, en el CEF, Escuela de Artes Audiovisuales. Estaba resuelto a convertirse en director de cine y, una vez en la Villa y Corte, conoció la existencia de la Escuela Internacional de Cine y TV (EICTV) de San Antonio de los Baños, en Cuba. "Vi en Canal + un documental sobre Francis Ford Coppola, uno de mis referentes, desarrollando un taller en esa escuela". No se lo pensó.

Cuba: el método

La decisión de viajar a la Perla de las Antillas le viene de sangre y resultó decisiva en su carrera, por lo que representó en cuanto a conocer una escuela con una metodología libre, donde quienes imparten las clases son actores, cineastas y escritores llegados desde todas las latitudes, y donde conoció la raíz del mejor cine latinoamericano. Una escuela internacional donde se congregaban yugoslavos, japoneses, africanos, neoyorquinos... Un auténtico rompeolas, un mosaico cultural.

"Lo fundamental es la formación, la enseñanza del planteamiento industrial de una película desde el manejo de cámaras y equipos, las tareas de producción, la dirección de arte...", explica.

El capital no es tan importante, de manera que la necesidad agudiza el ingenio y amplifica la creatividad. "Es un buen lugar para descubrirte como artista, para pensar y reflexionar".

Además, considera que la ubicación de la escuela resultaba ideal, a 40 kilómetros de La Habana y alejada de los placeres de la capital. "Aquello era una especie de internado situado a las afueras", en el que con 22 años entabló amistad con Théo Court (el director de Blanco en blanco), Manolo, Mauro, Carlos, Irene.., un equipo de gente que se proponía romper con los cánones establecidos, con los estándares del cine comercial, desde la búsqueda de una mirada propia que fuera desde lo universal hasta lo local.

"Ahí empiezo a reflexionar sobre cómo hacer cine canario sin necesidad de copiar el modelo de la industria norteamericana y de qué forma alcanzar una identidad cinematográfica", a la manera de la nouvelle vague, el neorrealismo italiano... Y sentencia: "El germen de una sociedad sana es aquella que es capaz de construir una mirada propia".

Volvió a España, no como un indiano, exhibiendo riquezas, sino con la firme idea de ser director y con el corto Niño con lluvia bajo el brazo. "Crees ser lo más grande, pero cuando sales de esa esfera te das cuenta lo complicado que es este mundo".

Armado con su especialidad en Dirección Cinematográfica y el , bagaje de talleres de guion y dirección actoral, entendió que había visto mucho cine, pero necesitaba trabajar la puesta en escena, "el cómo manipular a esas cabezas independientes para que hicieran lo que yo pretendía".

Fue entonces cuando decidió, junto a un grupo de amigos de la escuela de cine, montar en 2004 la productora El Viaje Films. "Desde el principio tuve claro que sin haber hecho nada resulta ilusorio que te financien un proyecto".

La filosofía original de la productora se fundamentaba en la simple subsistencia: reportajes, publicidad, diseño..., pero tras cuatro años de trabajo y esfuerzos rebobinaron la cinta y cayeron en la cuenta de que se les estaba escapando el tiempo. Entonces deciden asumir riesgos y se embarcan en definir una línea editorial, un ideario: un sello propio. "Y hasta hoy", afirma Alayón.

El Viaje Films: un ideario

La declaración de principios está en el enfoque: el cine como bien cultural. "Aunque este arte tiene cien años consideramos que todavía existe margen para investigar el lenguaje y la forma". Esa manera de acercarse, esa mirada, es lo que diferencia el cine actoral de otros géneros.

Así se convirtió en productor ejecutivo de cinco óperas prima: Viento de ciudad (2006), La vida según era (2008), Las carpetas (2011) o Diarios de frontera (2013), y ese año firma Slimane , hasta ahora su única película como director.

"Tenía un guion titulado La cama caliente, en el que tres inmigrantes compartían un mismo lecho". Estaban en la fase de preproducción y apareció Slimane, un chico marroquí que llevaba tres años en un centro de menores y que al cumplir los 18 echaron a la calle.

"Me encantó él, su vida, me cautivó cómo se presentaba ante cámara, su forma de moverse...". Era la persona que había estado buscando. De ahí que La cama caliente comenzara a desaparecer para irse convirtiendo progresivamente, secuencia a secuencia, en Slimane.

Reescribió el guion y le dio al protagonista una pequeña cámara para que grabara su día a día, quien una vez a la semana le traía las imágenes. El resultado, el retrato de un grupo de adolescentes inmigrantes que afrontan las dificultades de sobrevivir en una tierra extranjera, sin trabajo ni residencia estable.

Un éxito. La película viajó por Salónica, el Dubai International Film Festival, en IBAFF, ganó el premio a la Mejor Ópera Prima y en el Festival internacional de Cine de Las Palmas logró el galardón a Mejor Largometraje.

Ahora, pasadas las cintas, Alayón reconoce que lo de los festivales es "una estrategia" y que con Slimane aprendieron mucho, una experiencia que les vino genial para trabajos como Dead Slow Ahead (2016), galardonada en Locarno; El mar nos mira de lejos (2017) y el documental La Ciudad Oculta (2018) de Víctor Moreno. "Eso nos colocó en el mapa".

El hito logrado en el Festival de Venecia con Blanco en blanco, galardonada con los premios a la mejor película de la sección Horizontes y a la dirección de Théo Court, es el fotograma más reciente.

Le asustaba, como productor y director de fotografía, encarar una cinta de gran presupuesto y llevada al límite, que obligó a desplazar un equipo material y humano a miles de kilómetros, donde el frío se convierte en insoportable pero la emoción y la adrenalina lo superan todo. Reconoce que volvería a Tierra del Fuego, "un lugar donde se percibe la verdadera dimensión del ser humano. Está presente la vida, la muerte... Hay un clima existencial".

De Chile dice que se trajeron unas atmósferas increíbles y fue en localizaciones de Tenerife se rodó la dramaturgia. Considera Alayón que supieron dimensionar la producción de la película hasta encontrarle el alma y también revela que fruto de la relación entre los actores Lola Rubio y Lars Rudolph acaba de nacer una niña.

Ahora, sus secuencias más inmediatas se centran en el Festival de San Sebastián, como productor de La ciudad oculta, dando los últimos toques a Ellos transportan la muerte, de Samuel M. Delgado y Helena Girón, y también A los que luchan, ambientada en la Sierra Maestra de Cuba.

En la cabeza ya le bulle dirigir un documental, heredero de Blanco en blanco, que está basado en la figura de un personaje: el cuidador de la casa de Mr. Porter en Tierra del Fuego.

Claqueta. Fundido en negro.

En la piel de director

Le gusta la idea de ser un director que se aprovecha del talento de los demás y manifiesta ganas de volver a dirigir. "Soy un cinéfilo, me emociono y me enamoro cuando veo una película, pero después vuelvo a ella y la repaso con un ojo más profesional y crítico". Por eso, siempre aconseja a los alumnos del Centro de Estudios Cinematográficos de Canarias (CECAN) no ver demasiadas películas, sino las indispensables. Eso sí, bastantes veces. "No tengo una gran imaginación, pero sí la capacidad para saber encajar distintos elementos".

Conciliar el cine y el amor

Admite que resulta francamente difícil conciliar el trabajo de cineasta con el amor y también con el desamor. "De hecho varias de mis películas han sido la causa de que se hayan roto mis relaciones", confiesa entre sonrisas. Ahora parece haber reencontrado ese sentimiento junto a Marina Alberti, compañera de escuela y que ofició de productora ejecutiva de la película Blanco en blanco, película que los unió. Con ella comparte su pasión artística. "Ambos entendemos que el cine es nuestro hijo".

Madrid no le inspira

Si bien admite que Madrid lo ha acogido con los brazos abiertos y que en los últimos años le ha servido para afianzarse en su condición de productor, José Alayón reconoce que la capital no le resulta un lugar inspirador para desarrollar su faceta de director. De ahí que haya decidido convertirse en un canario retornado, mudando su domicilio a Tenerife, junto a su amor, Marina, en busca de la mar, el volcán...

Generación de talentos

El cinesta tinerfeño sostiene que "somos un país que menosprecia, además mucho, la excelencia cultural y eso es un grave problema". Y lo proclama en lo que entiende una coyuntura dulce para el cine en Canarias. Hay que aprovechar el valor de una generación de gente como Samuel Martín, Octavio, David Pantaleón, Macu Machín, Miguel Morales y Silvia, Nayra Sanz y, por supuesto, Víctor Moreno, entre otros. "Si somos capaces de cuidarla y darle importancia van a convertirse en todo un hito".

La cultura es salud

Aparte de fotógrafo y director, José A. Alayón ha destacado en su faceta de productor, condición que lo obliga a definir un presupuesto, un plan de financiación o hasta hacer política. "Quien se dedica a esto debe recordar e insistir constantemente en que parte de la salud de una sociedad reside en la cultura, que si bien no es necesaria para la vida, sí lo es para poder aspirar a la felicidad".

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