Cuarenta años después del tejerazo aquel 23F de 1981, la mayoría de ciudadanos que hiperventilaron frente a la Telefunken al ver al teniente coronel Antonio Tejero y sus 200 guardias civiles entrar a la brava en el Congreso de los Diputados siguen creyendo en la versión oficial de los hechos: fueron un puñado de militares alentados por la extrema derecha y punto. Roberto Muñoz Bolaños, experto en historia militar de la España del siglo XX, profesor de las universidades Francisco de Vitoria y Camilo José Cela, tiene una copia del sumario (10.000 páginas) aún no desclasificado del juicio a los golpistas –se la entregó el abogado de Tejero, Ángel López Montero– y destapa la ‘cara B’ en el libro El 23-F y los otros golpes de Estado de la Transición (Espasa). A continuación, el historiador hace de cicerone por la cocina del asalto.

¿El ‘storytelling’ oficial es una recreación muy libre?

Muñoz Bolaños no titubea: “Sí”. A partir del 24-F, explica, un sector de la prensa se apresuró a tejer un relato para la posterioridad con dos vistosas lanas: uno, el origen ideológico del golpe había que buscarlo en sectores de la extrema derecha civil; y dos, ninguna institución importante del Estado –incluidos los partidos políticos y la Corona– había tenido nada que ver con el asunto. "El objetivo era salvaguardar a las élites y al Rey", esboza. Y la opinión pública –más cándida en los 80– lo compró porque los señalados "eran un conjunto de personajes muy antipáticos".

Aun así, el historiador se pregunta en voz alta: "¿Cómo se pudo creer que alguien como Juan García Carrés [condenado a dos años de prisión por conspiración para la rebelión militar], que había presidido un sindicato que incluía a los serenos [vigilantes nocturnos que abrían las puertas a los vecinos] durante el franquismo, o que José Antonio Girón, que tenía 70 años y no pintaba nada, estuvieran detrás del golpe?". Como fuera, entre los blanqueadores del relato, prosigue, "destacaron periodistas como Ricardo Cid Cañaveral, Fernando Jáuregui y Pilar Urbano", que 32 años después acabaría señalando a Juan Carlos I como el elefante blanco de la operación golpista en el libro La gran desmemoria: lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar.

La corrección

Sumario en mano, sostiene Muñoz Bolaños que un nutrido sector de la élite conservadora, partidaria de un "sistema democrático limitado", vio con estupor cómo el –inicialmente– "obediente" Adolfo Suárez legalizaba el PCE, no echaba sosa cáustica a la cosa autonómica –ETA estaba muy activa– y planteaba un Estado social y democrático. En resumen: amenazaba sus privilegios. Querían mantener el sistema impositivo franquista, dejar de tocar las narices con los derechos laborales y controlar "no solo el proceso de toma de decisiones económicas, sino políticas".

Así, desde la primavera de 1977, empresarios, banqueros y algún que otro nostálgico del ancien régime acudieron como mariposas a la luz a los almuerzos y cenas "organizados por el periodista Luis María Ansón", presidente de la agencia Efe y confeso partidario de "un franquismo sin Franco". Seguían el consejo de Henry Kissinger (que tenía su propia agenda en el tablero europeo): que hubiera elecciones –con una izquierda descafeinada– y ya entrarían en la Comunidad Europea y luego en la OTAN. "En Europa la democracia parlamentaria no funciona bien y hay que ponerle remedio –les dijo el halcón estadounidense–. Go slowly!".

Varias cenas después, aquella élite concluyó que, ante la posibilidad de un golpe militar, había que apostar –"sin salir del carril de la legalidad"– por un Gobierno de concentración nacional, en el que estarían todos los partidos del arco parlamentario –excepto los nacionalistas–, presididos por el general Alfonso Armada, secretario general de la Casa del Rey durante 17 años, miembro de la alta burguesía y lo opuesto a un exaltado. Aquel plan renove recibió el nombre de Solución Armada.

Según el historiador, "desde el sector económico de esa élite salió la apuesta más clara" en favor de la Solución. "Un joven empresario, Juan Rosell, que presidiría la CEOE entre 2010 y 2018, describió en la obra España en dirección equivocada una operación – ‘excepcional, pero la única posible’– similar a la encabezada por el general De Gaulle en 1958". Pero como Muñoz Bolaños es académico puntilloso, subraya que "no se puede hablar de una trama civil del golpe del 23-F, sino de un proyecto de transición paralela con un componente militar". Oído.

­­El proyecto se aterrizaría, perfilaron, de la manera siguiente: tras una moción de censura a Suárez, un grupo de diputados de la UCD propondría a Armada como candidato, para que socialistas y comunistas pudieran votarle sin que les sacara los colores.

¿El Rey conocía el plan?

"El proyecto no se habría podido llevar a cabo si no contara con la no-oposición del Rey", mide sus palabras el historiador. "En la vista oral, Milans del Bosch afirma que ‘lo que pretendía Armada era poner en marcha su solución, que era de público conocimiento…’". Y el fiscal, zas, le corta y le cambia de pregunta. "De público conocimiento”, matiza el experto, “significa que el Rey sabía de la Solución Armada, pero también el PSOE, la UCD, Coalición Democrática... Todos se habían reunido con Armada". También, según los papeles, Milans afirma que "el Rey se inclinaba por un cambio de Gobierno civil", mientras que "la Reina prefería un gobierno de militares", extremo este que el historiador pone en tela de juicio.

Ahora bien, ¿cómo prohombres de la izquierda podían haberse reunido de tapadillo con Armada? Según Muñoz Bolaños, agentes del Cesid, como el comandante José Luis Cortina, "en contacto con los planificadores desde 1977", habían fabricado una telaraña de influencia sobre los medios de comunicación de la extrema derecha —el semanario El Heraldo Español y el diario El Alcázar–, con el fin de avivar la psicosis de un inminente golpe militar. Todo quisque acabó oyendo ruido de sables e interiorizando que la involución militar solo se podía evitar "si uno de ellos llegaba a la presidencia". (Ninguno, insiste hasta la extenuación el experto, habría avalado un tejerazo).

La gran incógnita

“La incógnita por despejar es qué pasó entre el 3 y el 12 de febrero de 1981". El 3 fue un día en el que Armada se comporta de manera rara: 1) El Rey le llama desde Barajas, antes de volar a la que sería su primera y crispada visita oficial a Euskadi, y le comunica: "Alfonso, te han elegido segundo jefe del Estado Mayor, te trasladan a Madrid"; 2) Al cabo de unas horas, en Lleida, Armada confiesa al coronel Diego Ibáñez Inglés, un hombre de Milans del Bosch: "Los poderes fácticos de la nación me han elegido presidente del Gobierno, ¡reza por mí a la Virgen de los Desamparados!"; y 3) por la noche acude a una cena organizada por Jordi Pujol, en la que Marta Ferrusola le pregunta "general, ¿qué le parece como presidente Calvo Sotelo?", y él responde: "señora, no creo que Calvo Sotelo sea presidente de Gobierno". Pero el 12 de febrero el candidato es Leopoldo Calvo Sotelo. "Suárez y Pío Cabanillas jugaron muy fuerte y le propusieron a él “, explica Muñoz Bolaños, “de manera que los afines a Armada quedaron imposibilitados" para llevar a cabo su proyecto. Algo "se torció" en la mente del general.

El 13, según el experto, Juan Carlos I y Armada mantuvieron una entrevista en la que el militar le informó: "No tengo seguridad completa, pero creo que en alguna región, que podía ser la II o la III, quieren dar un golpe y, aprovechando esta actitud, Tejero haría algo en Madrid". [Cuando Armada fue procesado, señala Muñoz Bolaños, solicitó al Monarca autorización para emplear aquella conversación en La Zarzuela en su defensa y recibió un no por respuesta]. "Es probable que el Rey autorizara a Armada a reconducir cualquier intentona”, sospecha el historiador, “y es posible que Armada entendiese la autorización en un sentido laxo, y lo que acabó haciendo fue unirse al golpe de Tejero".

Estados Unidos y el Vaticano, al tanto

Armada se había encontrado con el embajador de EEUU, Terence Todman –en la Navidad del 80 pasó un día en su finca de Santa Cruz de Rivadulla (La Coruña)–, y Washington, que estaba al tanto "de todas las operaciones de la Transición paralelas desde 1977", supo que "un hombre del Cesid había informado de que la operación de Tejero se produciría el lunes 23". El Vaticano también manejaba información. "Presuntamente, el comandante José Luis Cortina Prieto había filtrado datos a algunos miembros del episcopado".

Ambas cosas, según Muñoz Bolaños, explican que el 23-F todas las bases norteamericanas amanecieran en alerta y en Lisboa hubiera un avión Awacs listo para captar comunicaciones. O que la Conferencia Episcopal permaneciera todo el día "reunida y aislada" en la Casa de Ejercicios del Pinar de Chamartín. "No hicieron ninguna manifestación en favor de la democracia hasta el 24-F, argumentando que ‘solo tenían un teléfono”, explica el historiador. “De hecho, José María Martín Patino, obispo auxiliar de Madrid, quiso hacer una nota oficial y el cardenal Narcís Jubany le respondió: ‘¿Por qué no la lanzas tú solo, como cosa tuya?’".

De plan político a sainete

Al parecer, Armada aspiraba a "que Tejero entrara en el Parlamento, interrumpiera la votación de investidura y cortara la comunicación con el exterior". Sin violencia. Él se proponía presidente y santas pascuas. Pero el guardia civil, "que no tenía ningún conocimiento de la operación que había detrás, hizo lo que le dio la gana". Al saltar el nombre de Leopoldo Calvo Sotelo, había dado por sentado que la vía Armada estaba muerta.

Cuando empezó el pim pam pum, a todos –élite, partidos políticos y el propio Rey– se les hizo un nudo en el estómago. Aquello podía salpicarles. "Si el golpe salía mal, habría un proceso judicial y saldría el nombre del Rey, y si salía bien, el Rey aparecería como instigador". Juan Carlos se devanó los sesos buscando una solución que evitara el proceso judicial. La primera, según el sumario, fue que Armada fuera al Congreso y se propusiera "a título personal" como presidente de un gobierno de concentración y, paralelamente, Tejero saliera al exilio en un avión preparado en Getafe y "unos 100 millones de pesetas", según contó su abogado. No habría consecuencias para nadie. Pero la idea se fue al traste a las 22.25, cuando empezaron los disparos. "Una operación política muy compleja quedó reducida a un sainete".

Según los papeles, pasada la medianoche, al explicar a Tejero la propuesta que quería realizar a los diputados, "Armada cometió el error de mostrarle la lista del Gobierno de concentración”, en el que figuraban carteras para Felipe González, Enrique Múgica y Jordi Solé Tura, “y el de la Benemérita, que quería una junta militar presidida por Milans, entró en un estado de indignación del que no salió más. [En el juicio dirá: "Lo que yo quisiera es que alguien me explique lo del 23-F... porque no lo entiendo"].

Un cierre complicado

A la una de la madrugada del 24-F todo se fue al traste. "Por poco". En el momento en que se comprobó que Armada estaba implicado en el enredo, el Rey buscó una fórmula que evitara un proceso judicial. "Actuó como escudo protector de todos los que habían hablado con el general, empresarios, partidos, él mismo", afirma el historiador. Lo que vino después es el reset, la versión oficial y la luz verde para que aquella élite financiera y política siguiera con sus vidas.

"Ni está ni se le espera"

Cuarenta años han tenido que pasar para conocer claves que se escondían tras la frase que Sabino Fernández Campo, secretario general de la Casa de Su Majestad en 1981, hizo célebre en la noche del 23-F, la famosa “ni está ni se le espera” cuando el general José Juste, el jefe de la División Acorazada Brunete, le preguntó si Alfonso Armada había llegado al palacio de la Zarzuela para verse con Juan Carlos I. El Rey emérito ha desvelado que el “cortafuegos” en la alta cúpula militar fue posible gracias a Juste, un servicio que nunca había trascendido y que el general, al que el intento de golpe de Estado negó la culminación de su carrera, nunca exhibió en su hoja de servicios.

El Rey emérito señala, según el diario El Mundo, al jefe de la Brunete como el militar que realmente evitó la entrada de Armada en Zarzuela, una maniobra que supuestamente debía hacer creer al resto de mandos que sabían del golpe que el propio Juan Carlos I estaba al corriente. No paró ahí la labor de zapa del general Juste. También ordenó a la Brunete que permaneciera acuartelada. Nada de salir por las calles de Madrid, como había ocurrido con los tanques en Valencia.

De cómo se produjo el aviso para que Armada nunca entrase esa tarde noche en la Zarzuela ha dado ahora nuevos detalles el Rey emérito. Juste le llamó, y no solo le preguntó si estaba con él Armada sino que le pidió, por favor, que no lo recibiese en el caso de que se acercara hasta la residencia real. Y Armada llegar, llegó; pero se quedó a las puertas del palacio. Juan Carlos I ordenó a Sabino Fernández Campo que no le dejase pasar. Como a un rey no se le discute, el militar indicó al general que volviese a su cuartel general.

Juste se había percatado de una serie de movimientos esa misma jornada del 23-F a los que no eran ajenos José Ignacio San Martín, Jefe del Estado Mayor, el comandante de la Brunete, Pardo Zancada, ni el general Torres Rojas, el anterior jefe de la División Acorazada y que, al parecer, llegaba con el objetivo de recuperar ese mando. Juste oyó de primera mano cómo Pardo Zancada advertía que esa tarde se iba a producir “un hecho sonado”, que activaría el protocolo diseñado para momentos de gravedad, y que después el general Armada estaría en la Zarzuela. Y el conocimiento de esos hechos fue lo que le movió a realizar esa audaz llamada personal al Rey, ahora revelada.