30 de mayo de 2020
30.05.2020
Día de Canarias

Nuestro Tesoro

Hoy Día de Canarias, un grupo de mayores de los 'ocho puntos cardinales de Canarias' repasan sus vidas y cómo se construyó el Archipiélago en el último siglo

30.05.2020 | 00:17
Nuestro Tesoro

Maximina, Manuel, Marquitos, Faustino, Dolores, Virginia, Josefa, María Jesús, Bonifacio, Bruno, Milagros, Adela, José, Lola, Cándido, José Manuel, Benigna, Antonio, Eugenio, Mirita, y Fe atesoran un retazo de historia. Conocieron, de una forma u otra, el hambre, la penuria y la guerra. Algunos, incluso, batallaron en ella. En los pliegues de sus memorias fondean sus vidas pasadas al tiempo que los aconteceres de la vida presente recalan en ella. Nuevas estampas, como la de la pandemia, que les trasladan a otra tierra, a otra época, a otra miseria. En su recuerdo apilan desafíos, luchas y conquistas, pero también relatos de superación, alegrías, descubrimientos y progreso que les sitúan al frente de su historia y de la propia Historia. Son el patrimonio vivo del acontecer del tiempo, quienes desde las Islas han marcado los pasos para llegar a una sociedad que hoy, 30 de mayo, celebra en estado de alarma el Día de Canarias.

En el Archipiélago viven 351.053 personas mayores de 65 años, de las que 90.231 sobrepasan las 80 primaveras. Los mayores, por su vulnerabilidad, han sido los protagonistas de la epidemia del coronavirus. Un "bicho", como ellos mismos apuntan, que se ha llevado por delante a 122 mayores de más de 70 años en la región; 17.782 en toda España. Constituyen el primer colectivo a proteger y cuidar durante la pandemia. Son quienes con su testimonio dan cuenta de la evolución de una sociedad que siempre ha sabido sobreponerse a las dificultades y tropelías de la vida, quienes han sabido buscar el lado bueno de las cosas y el tiempo para la felicidad, la ironía y la risa. El Covid-19 es un nuevo escollo al que hacer frente y otro episodio que suman a los múltiples cambios, victorias y transiciones de las que han sido testigos.

Basta con echar un vistazo a los libros de Historia para darse cuenta de la "montaña rusa" por la que han viajado en el último siglo. La del coronavirus no ha sido, para algunos, la primera epidemia. Han visto caer coronas que, años después, han coronado nuevas cabezas. Vivieron bajo los hilos de dictadores que en la pasada centuria tomaron las riendas de un país empapado en analfabetismo y ennegrecido por la guerra, pero también han sido protagonistas de una sociedad que apostó por el avance y por una conquista de derechos que aún no cesa.

Su capacidad de asombro no mengua. La evolución, el desarrollo tecnológico y el ritmo de crecimiento de las últimas décadas no dejan de causarles sorpresa. En sus memorias reposa la Canarias que se movía a pie o en bestia, la que cultivaba "a mansalva" tomateros y plataneras, la que respiraba salpicada de molinos de gofio y manantiales de agua y la que, poco a poco, decidió abrir sus puertas al turismo. Aquella en la que lo sencillo era lo preciso, esa en la que el esfuerzo y el trabajo era la tónica de un día a día para cimentar con estudios las bases del progreso de las generaciones venideras.

Muchos de los protagonistas de este reportaje aterrizaron en el mundo durante la monarquía constitucional de Alfonso XIII; antes y durante la primera de las dos guerras mundiales. En 1918 sobrevivieron a la irrupción de la gripe española, luego pasaron por la primera de sus dictaduras, una con rey y con Primo de Rivera, y hasta por la llamada dictablanda del general Berenguer. En 1931 se abrió paso la Segunda República, un periodo en el que nació Milagros Castellano con el derecho al voto de la mujer bajo el brazo, pero que no podría ejercer hasta mucho tiempo después. El régimen republicano, aún imberbe, asistió al estallido de la Guerra Civil, a la que fue llamado Bonifacio González y la misma en la que perdió a un hermano, aquella en la que también batalló Marquitos Sarmiento, esa de la que Josefa Renovales se refugió en cuevas y la misma que vivió con temor Virginia Rodríguez por no saber nada de sus hermanas, lejos del hogar familiar durante toda la contienda. Después, con la dictadura de Franco, llegó la autarquía: los años del hambre y del racionamiento. Un periodo que arrancó al mismo tiempo que el segundo conflicto mundial comenzó a tocar sus tambores de guerra. Una nueva etapa superada en sus vidas, en las que aún guardan los rescoldos de la Transición, el 23F o la incorporación de España "a eso" que llamaban Europa.

Las telarañas del tiempo no han difuminado su vitalidad; tampoco su recorrido ni su obra. Esa que queda grabada a fuego en el imaginario común, la que teje idiosincrasia, costumbre y tradición. Ellos, portadores de la historia, son nuestro verdadero tesoro.

José Tacoronte Melo

102 años

Tenerife

Nacido en abril de 1918 en Ifonche, en la parte de Vilaflor, vivió la guerra de España en primera persona, cuando fue llamado a filas con diecisiete años. De Tenerife pasó a Tetuán, al Norte de África y después de tres meses pusieron rumbo a Burgos, Pamplona, Lérida... Entre la guerra y la posguerra pasó un total de siete años alejado de su tierra, en los que transcurrieron largas épocas –hasta 24 meses– sin tener noticias de él. "Imagínese lo que tardaba en llegar una carta hasta Ifonche", cuenta su hijo. Durante aquella época se hizo con el oficio de zapatero, actividad que le permitió sacar adelante a su familia alternando esta práctica con el cuidado de cabras, sacudiendo ramas, juntando pinocha, levantando paredes de piedra en fincas y apañando papas, con la colaboración incluso en este último caso de su esposa e hijos que se encargaban de retirar el repudio (las más pequeñas).
Recuerda que conoció a su esposa, Otilia Moreno Oliva, cuando ella tenía 16 años en los bailes de la época que se organizaban en las casas de los vecinos, y se aprovechaba para enamorar, precisa su hijo Luis, hasta que establecieron su residencia también en Ifonche, pero en la parte de Adeje, que era a la que pertenecía ella. El sol era el reloj vital de don José, que asegura que adquirió el vicio de fumar porque trabajaba tanto que "solo cuando encendía la cachimba se enderezaba y aprovechaba así para descansar un poco; así era la vida de antes".


Fe Toledo Betancort

94 años

La Graciosa

Fe Toledo –hija de 'abuelo Perico', alcalde por tres días de La Graciosa–, tiene casa en pleno Charco de San Ginés, en Arrecife, aunque dice que no la sacan de su isla. De hecho, la última vez que estuvo en Lanzarote fue  en finados, para enramar a su esposo, el tocador de timple y cantador Sixto Páez. Hija de pescadores, no pasó hambre gracias a amigos: su esposo daba pescado y, a modo de trueque, recibía papas, batatas, sandías y gofio... que vendía en una tienda de La Graciosa. Nacida el 14 de marzo de 1926, "supo lo que eran" las zanahorias por un señor de Gran Canaria que las llevó a la tierra de Manrique hace 66 años –calcula por la edad de un hijo–. Segunda de cinco hermanos, habla con devoción a su primogénito, al que mandaron a la Guerra Civil: "Mucho no le disgustó porque se reenganchó dos veces"; aunque ella recuerda 'esa historia' como "un mal sueño". La radio de una vecina y Correos eran su únicos vínculos en la distancia. A los 56 años quedó viuda y sacó a sus seis hijos para delante con sus ahorros, lo que le ha permitido conocer medio el mundo, aunque tiene el desconsuelo de visitar El Hierro. Su secreto: "cien flexiones al levantarme y otras cien para acostarme".

Cándido Armas Sánchez

100 años

La Gomera

Cándido Armas puede presumir de haber construido su vida piedra a piedra, porque alternó esta dedicación con la agricultura o la actividad portuaria en el muelle. El cuarto de siete hermanos (cuatro varones y tres mujeres), también se ganó el sustento trabajando la tierra en Hermigua, donde lo que cultivaba luego lo vendía. Como anécdota recuerda que para la explotación de Álvaro Rodríguez López, en la Lomada de Tecina, en Playa de Santiago, en cierta oportunidad "se trajeron unos moros, y luego no había forma de decirles que ya no se contaba con ellos".
La guerra de España lo llevó hasta la Península, integrando un batallón que estuvo destinado en Burgos y Vitoria, entre otros lugares. Logró regresar a su Gomera natal gracias a su destreza como jugador de fútbol y por la mediación de "los señores del pueblo" porque "no era de los malos", comenta haciendo gala de su buen humor. De hecho, llegó a jugar en los Once Diablos y en el Rancing, y en todos los puestos posibles "defensa, lateral, central..., todos salvo portero", ríe. Ahora se reconoce del Real Madrid, aunque "el Barcelona también es un buen equipo".

Antonio Acosta Torres

93 años

La Palma

Natural del barrio de Los Quemados, en Fuencaliente, Antonio Acosta dedicó su vida a la agricultura, actividad que comenzó en la Isla Bonita hasta que decidió poner rumbo a Venezuela "para poder tener dos perras". Allí permaneció durante tres años sembrado tabaco y como chófer de gandolas, lo que le permitía mandar dinero a casa para sacar adelante a sus cuatro hermanos –él era el segundo de cinco–.
Repasando sus 93 años, mira atrás y asegura con orgullo:_"La Palma de antes era bellísima, muy buena", para añadir un lacónico "se ha virado", que contagia el desconsuelo por la época pasada. De regreso de la octava isla, pasó un tiempo en Lanzarote cultivando viña antes de instalarse de nuevo en su tierra natal, donde también trabajó un tiempo como conductor de camiones. Antonio no fue a la Guerra, pero sí al cuartel; estuvo dos años destinado en la Aviación, en el acuartelamiento de Gando, en Gran Canaria. Con tres hijos y cuatro nietos, recuerda que "en aquella época pasó alguna necesidad"; ahora, con algún golpe de tos, asegura: "Estoy bien, como un rifle", se ríe.

María del Pino Maximina Nuez

106 años

Gran Canaria

María del Pino Maximina Nuez mira la vida desde la altura que le dan sus 106 años recién estrenados. La centenaria vecina de Teror nació en el barrio de San Isidro el 29 de mayo de 1914, cuatro años antes de que la gripe española de 1918, su primera epidemia, se llevara por delante la vida de dos de sus hermanos. Es solo el inicio de una vida que a los ocho años, cuando quedó huérfana, la obligó a cuidar del resto de sus hermanos pequeños. Maximina, como es conocida, ha visto pasar dos guerras mundiales, una guerra civil, tres reyes, una república y dos dictaduras. Con la enfermedad del coronavirus ya suma en su haber dos pandemias.
Su recorrido en este punto de la tierra no ha sido fácil: no solo porque siendo niña tuvo que hacerse cargo de su familia, sino porque también su hijo mayor murió en un accidente a los 18 años. Ahora vive con su hija, tiene tres nietos y un bisnieto. No toma medicamentos, es autónoma y conserva su memoria. Su abuelo, Pedro Nuez, inauguró una saga familiar centenaria. Vivió hasta los 105 años, una edad que Maximina ya ha superado sin que el paso del tiempo haga mella en ella.

Manuel Álamo Guadarrama

105 años

El Hierro

Su padre, natural de Agaete; su madre, hija de canarios que emigraron a Cuba. Él es la raíz de la familia Álamo de El Hierro que desembarcó en el Puerto de la Estaca y donde encontró el sustento haciendo turnos para trasladar a tierra el pasaje de los barcos fondeados. Los destinos de Manuel (16 de febrero de 1915) y su hermano Pancho fueron desiguales en el tiempo de la guerra: el primero estuvo destinado en Artillería –lo que le permitió incluso hacerse con el lenguaje morse y el manejo de las comunicaciones–; el segundo fue trasladado a 'los salones' de exportadora Fyffes. Recuerda de aquella época –además de que lo llevó hasta Segovia, Madrid, Soria...–, que un día preguntó por el gato que siempre veía en la casa donde lo invitaban a almorzar y que la respuesta lo dejó atónito: "Nos lo comimos ayer". Una venta en el barrio de Tesine, en Valverde, junto a lo que sembraba y sus habilidades para reparar cocinas de petróleo o relojes, le permitió alimentar a sus tres hijos. Enamorado de la pesca, el pasado verano no se privó de sus baños en La Restinga antes regresar a su actual residencia en Gran Canaria, donde recibe el cuidado de dos de sus nietas, una enfermera y otra, médico. "Estoy como un reloj", asegura.


Dolores Martínez Rodríguez

104 años

Fuerteventura


Dolores Martínez se casó con 30 años, tarde para su época si se tiene en cuenta que nació el 10 de abril de 1916. Forma parte de esa generación que vio congelada su vida por la guerra y la posguerra. Una periodo crudo, complejo y difícil. A sus hijos relata las andanzas de su abuelo, que salía hacia el norte de la isla majorera en busca de alimento para calmar el hambre, pero que regresaba, sin embargo, con las manos vacías.
Martínez, en busca de oportunidades, decidió trasladarse a la isla vecina. En Gran Canaria trabajó en los tomateros y las plataneras para enviar dinero a los hermanos mayores que ya tenían hijos. No fue para siempre. Volvió a su punto de partida, Fuerteventura, para instalarse en Antigua tras casarse con Guillermo Hernández. Con él crió tres hijos, que le han dado nueve nietos y trece biznietos a los que también cuidó.
Nunca ha dicho, según cuenta su hija Nicolasa, el secreto para vivir tanto. Aunque es la más longeva de su familia, su bisabuela también alcanzó el siglo de vida y su madre se quedó a las puertas de cumplir los 99. Dolores siempre ha sido una mujer coqueta, aún le gusta mirarse en el espejo, y pese al paso del tiempo, jamás ha perdido el apetito.

Teodomira Socas Perdomo

85 años

Lanzarote


Teodomira Socas Perdomo, Mirita, nunca pasó necesidad porque su padre tenía una finca. Siempre ha vivido en Haría, en Lanzarote, y recuerda los tiempos en los que solo se compraba un vestido para las fiestas de San Juan. "La vida ha cambiado mucho". Echa de menos la tranquilidad y la mancomunidad con los vecinos. "Hoy en día es vivir a lo loco", espeta.
Mirita trabajó muchos años en el campo, los suficientes para conocer el sacrificio diario que conlleva tal actividad. Y dijo basta. Un día vio que los cuervos se comieron el millo y puso rumbo a Arrecife, donde encontró trabajo en un hotel: 36.000 pesetas fue su primer sueldo. En aquel entonces ya estaba casada y tenía dos hijos. "Ese dinero era venido del cielo", esgrime, "porque no era un trabajo de sudar como en el campo". De allí pasó a camarera de piso en unos apartamentos en Puerto del_Carmen, donde trabajó hasta que se jubiló. Al poco tuvo que plantarle batalla a un cáncer de pecho y ganó la partida. "La vida es una historia, pero hay que pasarla y no tomarse las cosas a la tremenda", apunta. El calado y el ganchillo le han servido para pasar el tiempo durante la pandemia: "Ahora estoy haciendo roseta. A ver cómo me queda".

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