11 de febrero de 2020
11.02.2020

Malí: radiografía de un conflicto sin fin

La ruta canaria se plantea como la opción más segura para huir de la guerra o la muerte

10.02.2020 | 23:39
Malí: radiografía de un conflicto sin fin

"O actuamos ya o la crisis será incontrolable". Las palabras dichas esta semana por el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Filippo Grandi, tras realizar una visita a tres países del Sahel, resuenan como eco en una habitación vacía y son la mejor muestra de la indiferencia del mundo hacia un conflicto que comenzó hace nada menos que ocho años y ha provocado 4.776 muertos solo el año pasado, el peor desde 2012, y la friolera de un millón de desplazados y refugiados que malviven en condiciones penosas. Tres son los países afectados, Burkina Faso, Níger y Malí, pero este último es el epicentro de una violencia que parece no tener fin.

E Las raíces del problema. Pese a ser el tercer productor de oro de África y contar con un gran potencial en hidrocarburos, Malí es uno de los países más pobres del mundo. Enclavado en medio del Sahel y sin salida al mar, el débil Estado siempre tuvo serias dificultades para controlar todo su vasto territorio. En los años noventa, grupos armados argelinos radicalizados tras la ilegalización del Frente Islámico de Salvación (FIS) se aprovecharon de la porosidad de las fronteras y de la ausencia de la Administración para infiltrarse en el norte de Malí, que usaban como territorio franco en sus escaramuzas con el poderoso Ejército argelino.

La presencia de estos yihadistas, que tras los atentados de las Torres Gemelas acabaron convirtiéndose en franquicia de la red de Al Qaeda, fue minando aún más la autoridad estatal. En la capital, Bamako, se minimizó el problema y el entonces presidente Amadou Toumani Touré se mostró más bien tolerante, incluso cómplice, ante los florecientes negocios que despuntaban en el lejano y desértico norte. Las importaciones ilegales de tabaco y combustible giraron pronto hacia actividades más lucrativas, como el tráfico de drogas, armas y personas rumbo a Europa. En menos de una década estuvo claro que los radicales habían venido para quedarse.

E Estalla el conflicto. La crisis libia de 2011, que tuvo su punto álgido a finales de año con el linchamiento de Gadafi tras los bombardeos de la Aviación francesa, provocó la huida de cientos de combatientes tuaregs de origen maliense que integraban el Ejército del coronel. Pero no se fueron con las manos vacías. Una inmensa columna militar cruzó el norte de Níger y llegó hasta Kidal dispuesta a cumplir un viejo sueño, la creación de una patria tuareg en el norte de Malí. Esta vez, no estaban solos. Los argelinos, que habían ido reclutando milicianos autóctonos en las últimas dos décadas, se unieron al combate. En enero de 2012 estalló la rebelión y en solo tres meses había logrado hacerse con el control de todo el norte, poniendo al débil Ejército maliense, deshilachado por las deserciones y mal dotado, en desbandada. Después de que los radicales se deshicieran con facilidad de los independentistas tuaregs e impusieran la sharía en todo el territorio bajo su control estaba claro que Malí no podría gestionar la crisis.

En enero de 2013 el Ejército francés comienza a bombardear las posiciones de los yihadistas y frena su avance hacia el Sur. Días más tarde, los blindados galos penetran primero en Gao y luego en Tombuctú, recuperando las principales ciudades del norte y poniendo fin a una pesadilla de 9 meses. Sin embargo, lo que parecía el fin de una guerra rápida se convirtió en el comienzo de un largo y complejo conflicto.

E Los radicales se reorganizan. Tras un momento inicial de desconcierto y huida, los yihadistas durmientes se reorganizan y confluyen en uno de los grupos terroristas más peligrosos del momento, el Frente de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM) en el que se integra la nebulosa procedente de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), los radicales tuaregs de Iyad Ag Ghali y los recién nacidos yihadistas fulanis del Frente de Liberación de Macina del predicador Amadou Kouffa. Esta confluencia declara la guerra a todos los ejércitos presentes en la zona y su éxito se mide en la extensión del conflicto del norte hacia el centro del país.

En la actualidad, seis de las nueve regiones de Malí sufren una violencia nunca antes vista con ataques y atentados cada semana. Y lo que es peor, el conflicto ha saltado a dos países vecinos, Burkina Faso y Níger, donde han surgido otros grupos terroristas, como Ansarul Islam y el Estado Islámico del Gran Sahara (EIGS), que también golpean en Malí cuando se presenta la ocasión.

E Violencia intercomunitaria. Si la guerra es cada vez más difícil de atajar ello se debe, en primer lugar, a que con el paso de los años ha ido adquiriendo una dimensión de conflicto intercomunitario. Miembros de la etnia fulani, pastores seminómadas, que se sentían cada vez más marginalizados por un Estado que les acusaba de complicidad con los yihadistas se han ido radicalizando. En ausencia del Estado en amplias zonas bajo control de los radicales, muchos de ellos han acabado integrando los grupos terroristas lo que ha convertido a esta etnia en blanco de abusos y represión. Frente a ellos, comunidades sedentarizadas como los dogon o los bámbaras han creado grupos de autodefensa como Da Na Ambassougou. Las masacres de civiles entre ambos bandos han estado a la orden del día en 2019.

E Militarización del Sahel. La respuesta militar ha sido intensa. Además del Ejército maliense, que ha anunciado un refuerzo con 10.000 efectivos a lo largo de este año y recibe formación de militares europeos, entre ellos españoles, el Sahel se ha ido llenando de soldados. Están los 15.000 efectivos de Naciones Unidas, el G5 del Sahel, una unidad transfronteriza aún infradotada en la que participan Mauritania, Chad, Níger, Burkina Faso y la propia Malí; los 4.500 soldados franceses que en breve pasarán a ser 6.100 dada la intensidad del conflicto y las decenas de milicias, algunas estimuladas y apoyadas por el propio Ejército. Burkina Faso ha anunciado la creación de un nuevo cuerpo de civiles, los Voluntarios de Defensa de la Patria (VDP), que estarán armados. Los riesgos se multiplican.

E Consecuencias. Además de los 4.776 muertos el año pasado y el millón de desplazados y refugiados en toda la región, tres cuartas partes de Malí sufren las consecuencias de esta guerra. Casi un millar de escuelas han cerrado por la violencia en un país que tiene a unos dos millones de niños fuera del sistema escolar, la inseguridad alimentaria se multiplica en el norte castigado por la falta de lluvias y donde las organizaciones humanitarias llegan con muchas dificultades y, además, la enorme presencia de grupos armados y ejércitos amplifica el ciclo de la violencia. Las matanzas de carácter étnico se han incrementado y los civiles representan ya el 60% de las muertes del conflicto, según el International Crisis Group.

Mientras en la capital, Bamako, y en las regiones de Sikasso y Kayes la vida transcurre con relativa normalidad, el resto del país transita por un conflicto multidimensional que empeora a pasos agigantados. Ante la falta de expectativas laborales y de futuro, miles de jóvenes malienses protagonizan un impresionante éxodo hacia el exterior, primero a los países africanos más prósperos y, en segundo lugar, hacia una Europa difícil de alcanzar, todo ello acrecentado por la profunda crisis que vive su país.

La ruta libia, la más frecuentada en los últimos años, se complica por el endurecimiento de la crisis que sufre este país y por las terribles violaciones de sus derechos que sufren en ese camino, que van desde secuestros hasta esclavitud y asesinatos, mientras que la salida desde el norte de Marruecos hacia la Península parece cerrada en la actualidad. La ruta canaria, como lo fuera a comienzos de la década pasada, se plantea como la opción más segura de una huida que, ya sea por motivos económicos o por la guerra, para ellos es siempre mejor que sumar un dígito más a la tenebrosa estadística de la guerra o que la eterna espera por oportunidades que nunca llegan.

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