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No hay ecología en guerra

Cumbre del Clima de Sharm el-Sheikh

Como es conocido, del 6 al 18 de este mes se celebra en Sharm el-Sheij, Egipto, la 27 conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático de 2022, la COP 27, que ha suscitado muy escasas expectativas porque, como parece innecesario recordar, el mundo está sumido hoy en otras preocupaciones por mucho que la meteorología se empeñe en recordarnos a cada paso que el cambio climático es ya más que una hipótesis puesto que repercute de forma directa en la vida de las personas, en el bienestar colectivo, en la alimentación y aún en la supervivencia de determinados territorios que podrían verse engullidos se acabará produciéndose una elevación generalizada del nivel del mar.

La conferencia anual no se celebraba en África desde 2016, Y el hecho de que se haya elegido un país en desarrollo se debe a que cada vez es más evidente que no será posible un concierto conservacionista si no se dan facilidades a los países pobres para que la adopción de determinadas medidas encaminadas a frenar el cambio climático no tengan una incidencia negativa en su desarrollo. Después de todo, la situación actual se debe a los excesos de los países actualmente más desarrollados, que no se preocuparon por la contaminación pasada y que ahora, cuando su pujanza tecnológica les permite avanzar en energías limpias, pretenden que el mundo en desarrollo haga también lo propio. Como es lógico, los países más atrasados se niegan en redondo a utilizar la escasa inversión de que disponen en la salud del primer mundo, de manera que si no hay cooperación norte-sur, será imposible en la práctica combatir a tiempo el calentamiento global.

Muchas de las propuestas que han llegado a la CP27 van en esta dirección de financiar en lo posible un crecimiento sostenible en los países en desarrollo. La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó un programa denominado ‘Rising Nations’ lanzado por los pequeños estados isleños del Pacífico para reclamar a la comunidad internacional ayuda para no desaparecer, ya que en esta región está siendo patente, ya a estas alturas, la subida del nivel del mar. Y el ex primer ministro británico Tony Blair, presidente de Instituto Tony Blair para el Cambio Global, ha publicitado en distintos medios la necesidad de que África —que en 2050 albergará a la cuarta parte de la población mundial— y los demás países en desarrollo, sean ayudados mediante programas de cooperación.

“Según mi experiencia —ha escrito Blair en un artículo titulado “COP27 Is About Africa and Action”—, los líderes de los países en desarrollo están tan comprometidos con la lucha contra el cambio climático como cualquier líder del mundo desarrollado. Pero también enfrentan tareas domésticas urgentes, como industrializar sus economías, transformar sus sectores agrícolas para alimentar a poblaciones en rápido crecimiento y proporcionar empleos a sus jóvenes”.

“Quieren perseguir estos objetivos de manera coherente con el mundo que se une para detener el cambio climático. Pero no se puede esperar que lo hagan a expensas de su propio desarrollo económico. Además, la medida en que puedan descarbonizar o ‘saltar’ la necesidad de combustibles fósiles estará determinada tanto por las decisiones que tomen a nivel nacional como por el apoyo –financiero, tecnológico y en términos de apertura de mercados globales– que reciban de los países desarrollados”.

Sucede sin embargo que los países desarrollados están hoy en otras cosas. En 2016, cuando se firmó el acuerdo de París sobre cambio climático, todavía conservaba alguna verosimilitud aquella idea del fin de la historia, que nos hablaba de una convergencia global hacia la democracia y las libertades, que incluso acabaría arrastrando a las grandes dictaduras hacia distintas formas aperturistas y liberales. Hoy, no solo hemos visto fracasar aquellas tesis sino que nos encontramos inmersos en una cruenta guerra que lleva implícita la amenaza nuclear y que no tiene de momento horizontes definidos. Es uno de los efectos más perversos de la agresividad rusa: nuestra supervivencia a cortísimo plazo es hoy el gran objetivo que nos obliga a diferir nuestra supervivencia a largo plazo, que podría verse frustrada por nuestra mala cabeza en la gestión del clima.

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