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Las claves olvidadas de la felicidad

Las claves olvidadas de la felicidad

Como juez, como político y como alcalde, me ha resultado siempre apasionante tratar de entender las claves de lo que me rodea y más aún sus instrucciones de uso. Entender las claves para transformar la realidad en un espacio vital de mayor libertad, bienestar seguridad y belleza. Esto debería ser uno de objetivos de la política y sus representantes, pero en este tiempo en que se han difuminado las ideologías y en el que ni siquiera podemos dar respuesta omnicomprensiva a tantos problemas, las personas se encuentran desprotegidas frente a la complejidad de un marco que les desborda.

No es difícil hacer una enumeración de ideas nuevas o incluso programas de cambio que se han ido ofreciendo a la sociedad civil en las últimas décadas. Tales promesas, si bien al principio lograron galvanizar un cierto apoyo social más tarde se convirtieron en incumplimientos o han dado frutos desproporcionadamente magros a las expectativas suscitadas. Por ello, son cada vez más las personas cuya actitud vital está pasando del desencanto a la incertidumbre. Resultaría ahistórico pensar que tales abandonos y frustraciones no fueran a traer finalmente un grave costo social. Es paradójico constatar que el bienestar y la riqueza se están acrecentando en algunas zonas del planeta creando graves desigualdades. De algún modo puede constatarse que al mismo tiempo se está ensanchando la geografía de la democracia pero pese a ello mucha gente se siente peor y recuerda el pasado como un tiempo más propicio o más seguro. La realidad es que el pasado resulta difícilmente envidiable para España o Europa.

No haría falta remontarse a las dos guerras mundiales que asolaron el mundo en el siglo XX o en nuestro país el terrible sufrimiento que supuso la guerra civil y la posterior y larga dictadura de Franco para tener claro de qué errores y crímenes venimos. Con posterioridad, la serie de tragedias ha continuado en guerras sectoriales o territoriales y en el momento presente, con la guerra entre Rusia y Ucrania.

Los pesimistas deberían recordar que apenas veinte años atrás Europa vivía bajo la amenaza de un creciente y aterrador despliegue de misiles nucleares.

Ortega y Gasset, hace ochenta años, escribía «con más medios, más saberes, más técnica que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido. Puramente a la deriva». Se trata de una digresión que muchos hoy suscribiríamos, un tópico venerable y asombrosamente respetado no sólo por los aficionados al dicho popular y también por los intelectuales. Lo único responsable en estos tiempos es militar en el valor del optimismo aunque ahora se cotice a la baja. Ello no supone ignorar que el pasado puede ser un refugio imaginativo, un trampantojo emocional sobre el que se fundamenta una especie de esperanza carente de fundamento. Un prestigioso economista inglés, Layard, llegó a la conclusión de que para la mayoría de los occidentales no se ha avanzado desde hace medio siglo, a pesar de que la prosperidad se haya duplicado. También la felicidad ni se crea ni se destruye, tan sólo se transforma. Lo significativo es el mayor o menor grado de resignación con la que se realiza o se distribuye ese capital inmutable de felicidad. En la árida estepa española este tipo de análisis nos parece sospechoso, pues nos escama que algo tan inmaterial y subjetivo como ser o sentirse feliz pueda ser objeto de intervención de los poderes públicos. La política española es bastante reacia a tratar las cosas verdaderamente importantes. ¿Qué hemos hecho para que siga vigente la paradoja de que vivir más años, más ricos y más libres no suponga una mejor distribución de la felicidad? ¿Y si la política no sirve para dar respuesta a esta cuestión trascendental, para qué puñetas sirve?

Vamos aprendiendo cosas desagradables. Ahora sabemos que nuestro mundo ha perdido la fe en el progreso constantemente acumulado.

Creemos que todo puede empeorar, que la libertad puede retroceder, que se puede vivir con más miedo, y que el nivel económico de nuestros hijos podrá ser peor que el de sus padres. Hay mimbres suficientes para tejer la cesta del pesimismo.

Desde el optimismo antropológico debemos ser conscientes de vivir en un mundo aceleradamente cambiante y de cuyos peligros nadie escapa. Del naufragio de las ideologías clásicas, nos queda como herencia un auge imparable de individualismo en todas sus formas, por lo que resulta muy difícil definir espacios de interés colectivo. Al tiempo hemos de preparamos para la lucha ideológica contra los nuevos fundamentalistas emanados directamente de la coyuntura puntual del desconcierto. Afortunadamente el sistema democrático cuenta con medios para ganar la batalla.

En las entrañas de este mundo globalizado hay oportunidades para conseguir un planeta más libre y confortable donde sentir y repartir mejor la felicidad. Casi todos creímos que este siglo sería más prometedor, con menos miedos y menos desconcierto y que en ese clima el oficio de la política sería también más llevadero pero va a ser que no.

Y más vale que lo asumamos quienes apostamos por el valor de lo público, es decir, por la política.

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