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Juan Cruz Ruiz

Notas de un espectador

Juan Cruz Ruiz

Cómo me salvé del tren de Fráncfort

Cómo me salvé del tren de Fráncfort

De todos mis miedos el más sobresaliente, el que me acompaña en los insomnios, es el miedo a los trenes y a otros vehículos de locomoción rápida.

Llegué tarde a los trenes, como muchos de mis paisanos, que hemos llegado a tener guaguas, e incluso tranvías, pero no hemos llegado a tener trenes, esos tragamillas de la actualidad. En tiempos (como ahora, por cierto, los que van a Extremadura o a las afueras que no son las rutas privilegiadas) los trenes eran lentos como el caballo del perdedor, pero ahora la velocidad los impulsa en todas partes como si no hubiera reposo en esas ballenas de secano.

La primera vez que tomé un tren éste me llevó a Santander, en coche-cama. Salió de Madrid, de la estación del norte, y llegó al centro de la ciudad de destino casi en la madrugada. A esa hora, y durante la noche, los susurros acompañaron a la duermevela que es el sueño en los trenes lentos. Me tocó una cama junto a otros que tenían sus propias camas, estrechas como un mal presupuesto, y nadie dijo ni media palabra mientras duró el desplazamiento.

De vez en cuando salí al pasillo, largo y angosto, y contemplé la noche como si ésta me diera sosiego más que ruido. El sonido de los trenes es implacable: parece que es un animal despierto, que de vez en cuando exhala exabruptos de hiena, y luego vuelve a su monotonía.

Ese viaje a Santander era el primero que hacía en tren y el segundo que hacía en cualquier sistema de transporte fuera de las guaguas que tomaba en mi pueblo para ir al médico o al instituto más allá del Puerto de la Cruz. Ya había terminado de estudiar en la Universidad, había conseguido una beca para asistir a los cursos (literarios) de la Universidad Menéndez Pelayo y me desplazaba en tren con la ilusión de hallar en el otro lado al amor de mi vida, que ya me había dejado.

Tarda uno en superar los desengaños, hasta que el final del enamoramiento viene la fuerza de la evidencia. Aquel desengaño duró tiempo, pero en Santander atacó con fuerza porque seguramente mi alma ni entonces ni después ha dejado de ser adolescente. Ella no iba en el tren, pero yo me la imaginaba en cualquiera de los vagones que yo mismo transitaba de madrugada como si estuviera próximo el milagro de verla. Qué va, esas cosas no suceden. Luego coincidimos en las clases de Santander, yo miraba de reojo su cara inteligente, haciendo preguntas, tomando apuntes, recoger precipitada sus útiles de estudiante y, finalmente, marchar hacia donde la esperaba, ay, el sucesor de aquellos amores a los que ella puso otro nombre…

La experiencia en el tren, además, tuvo otras bondades que aliviaron mi desasosiego. Excepto por las clases, que entonces eran primera segunda y tercera, y yo estaba en la clase del medio, en el tren todos somos iguales porque todos llegamos a destino al mismo tiempo. Los noctámbulos despiertos pasábamos saludando como sonámbulos a los compañeros de pasillos, y a veces intentábamos sugerir alguna conversación que era abortada de inmediato por el cigarro encendido del otro paseante. El asma siempre me impidió estar cerca de los fumadores, y en los trenes de entonces la gente fumaba como si lo pidieran los pulmones.

Al llegar a Santander todo conspiraba a soñar en los sonidos de aquellas películas de época, cuando los soldados, las amas de casa que van a buscar al extranjero a sus maridos, o los novios despechados viajan kilómetros y kilómetros a rebuscar donde ya no hay, y el trávelin los sitúa vagando por una ciudad mañanera y solitaria.

Esa es otra circunstancia curiosa de los trenes que no tienen las guaguas, o que no tenían entonces: la guagua era, en mi tiempo, un tránsito modesto, el tren te hacía vivir alucinaciones de gran calado, hasta que llegabas al otro lado y te dabas cuenta de que en todas partes cuecen habas y que, en cuanto se hace muy de día, los gatos dejan de ser pardos para ser como son los de la localidad de la que vienes, en este caso de La Laguna, Tenerife, la hermosa ciudad en la que perdí mi amor una noche de lluvia cerrada que sustituí en seguida por un viaje al sur, a la playa de El Médano, donde con unos amigos muy queridos le dije adiós al frío y a la primavera para adentrarme en el verano eterno de la otra parte de la isla. Ah, cómo olía aquel aire de arena, y de qué manera me arregló los sentimientos o por lo menos atenuó aquel destino que luego tuvo su otro episodio, fallido, en Santander.

Así es la vida, quise hablar de trenes y me he puesto a llorar, en cierta manera, porque la escritura es como los pasillos de los trenes, te pones a caminar y te hallas con fumadores o con sorpresas, o al menos antiguamente, y en este caso la sorpresa ha sido encontrarme, en el recuerdo, con aquel amor inolvidable. Pues ahora que hace tantos años de todo ello he descubierto no sólo que aquellos trenes no me abandonan nunca, como símbolo de lo que perdí, sino que he recuperado una sensación de desvalimiento ante estos medios de transporte que se produce cuando observo las vías. Las vías desnudas, por donde pasan las ruedas de hierro, lombrices de metal inofensivas, hasta que de pronto ves llegar a este monstruo del transporte que, al pasar, despide una lengua de aire peligroso que me sigue dando miedo.

Este miedo, que me ha vuelto en Fráncfort, donde he venido a cubrir para los periódicos lo que pudiera abarcar de la feria del libro, que este año tiene a España como centro de sus nervios, es irracional, como todos los miedos. Y en este caso tiene que ver concretamente con una razón histórica que muchos recuerdan como el suceso más dramático vivido por un editor en esta ciudad de los libros (y de las salchichas).

Justo por donde he paseado cada día del Hotel Meliá a la sede de la Feria esas vías echadas me estaban esperando cada mañana o cada tarde como una amenaza que proviene de que, en el mismo sitio, exactamente, un editor de los años 60, Víctor Seix, socio de Carlos Barral en aquella primitiva Seix Barral, traspasaba estas líneas de tren exactamente. El hombre creyó que todo el monte era orégano, así que pasó la vía creyendo que no había nada que lo pusiera en peligro, y en esto vino al tren e hizo póstumas todas sus ilusiones, las que fueran.

Hasta que ayer noche me fui de Fráncfort no he cesado de tener en mi cabeza la evidencia de que ese peligro que mató a Seix acechaba sin remedio a este habitante del mundo de las guaguas, y ahora también de los tranvías. Salí ileso, volví en avión y, para que la historia no se quede en final feliz, al llegar al aeropuerto equivoqué mi maleta y ahora he de ir a Barojas a devolver la ajena con la aspiración de encontrar la mía, en la que llevo, por ejemplo, los apuntes que tenía para hacer aquí una crónica que he tenido que cambiar por la que en este momento mismo llega a su fin. Fin.

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