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Observatorio

Demasiados huevos en la cesta

Demasiados huevos en la cesta dibujo de Leonard Beard

Un invierno duro, combinado con una escasez en el suministro de gas natural, podrían situar a Europa ante la necesidad de tomar decisiones difíciles en los próximos meses. Un invierno gélido puede costar a gobiernos e industrias una ingente cantidad de dinero para subsidiar la disponibilidad de energía y el pago de las facturas de los servicios energéticos. Al mismo tiempo, los compromisos de acción contra el cambio climático corren el peligro de entrar en vía muerta. Y, lo malo es que no existe ninguna garantía de que este sombrío panorama vaya a despejarse el próximo año.

Los países de la UE han logrado aumentar sus niveles de almacenamiento de gas, alcanzando prácticamente el objetivo de llegar al 80% del total de su capacidad para finales de septiembre. La mayoría de los analistas se muestran de acuerdo en que este grado de almacenamiento debería, en principio, permitir cubrir la demanda de gas durante los tres meses de invierno, siempre que dicha demanda no superara los niveles promedio de los últimos años.

Pero si la demanda fuera más alta de lo habitual (a causa de un invierno muy frío o más largo de lo habitual), el suministro de gas cayera aún más (el sabotaje de gasoductos en el mar Báltico muestra cuán vulnerables siguen siendo los suministros de energía a Europa) o los gobiernos no consiguieran hacer cumplir los límites impuestos al consumo, durante el primer trimestre de 2023 podríamos encontrarnos ante una situación de escasez energética, capaz de afectar seriamente a las economías de los países europeos. En esta línea, cabe recordar que este mismo mes, el FMI ha rebajado al 0,5% la previsión de crecimiento de la zona euro para 2023, frente al 2,5% estimado a principios de año, mientras que en septiembre la OCDE proyectaba cifras aún peores.

El impacto directo de una potencial escasez de gas podría obligar a las industrias energéticamente intensivas, como por ejemplo las plantas químicas y la industria pesada, a cerrar temporalmente. Los países con una insuficiente capacidad de importación de gas natural licuado, como Alemania, y los países sin accesos marítimos que anteriormente dependían en gran medida del gas canalizado de Rusia, como la República Checa y Eslovaquia, serían en principio los más perjudicados, aunque el riesgo podría propagarse a otros países que habitualmente dependen de las importaciones para satisfacer su demanda de electricidad.

En comparación con otros países de la UE, muy probablemente España se verá menos afectada este invierno por el impacto de la escasez de gas. Sin embargo, la crisis energética que enfrentamos también tiene una componente de precios que amplía, en el espacio y en el tiempo, el alcance de los daños. Y esta componente sí que tocaría de pleno a nuestro país. Las previsiones son que los suministros de gas natural continuarán siendo limitados a escala global hasta bien entrado el año 2024, lo que mantendría elevados los precios de esta materia prima y de la electricidad. Un extremo que podría comportar que para rebajar los costes de la energía las empresas tuvieran que reducir su producción, lo que se propagaría a lo largo de las cadenas de suministro a otros sectores y países, acarreando un deterioro generalizado de la actividad económica, con la consiguiente caída del poder adquisitivo de los consumidores (ya muy mermado por la elevada inflación) y aumento del desempleo y de la conflictividad social.

La reducción de los envíos de gas ruso a la UE, en respuesta a las sanciones impuestas tras la invasión de Ucrania, es la principal causa de esta crisis, aunque no la única. La UE es responsable de su excesiva dependencia de Rusia en lo concerniente al suministro de energía, y no solo de gas natural, sino también de petróleo y carbón. Con anterioridad a las sanciones, Rusia suministraba alrededor del 40% del gas natural utilizado en Europa y contabilizaba alrededor del 25% de las importaciones de petróleo de la UE. Además, en 2021, los países de la UE importaron de Rusia casi 52 millones de toneladas de carbón térmico para sus plantas de electricidad. Era obvio que estábamos poniendo demasiados huevos en la misma cesta, pero Alemania, el motor de la UE, prefería ignorarlo.

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