Suscríbete eldia.es

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Oído

El señor repetía, entre muchos aspavientos: «Esto atenta contra mi indiosincrasia» y el funcionario aguantaba los gritos y, de vez en cuando, le corregía: «Usted se refiere a idiosincrasia» y el hombre volvía erre que erre a pronunciar mal la palabra. Yo era pequeña y acompañaba a mi padre a realizar un trámite en un ayuntamiento. Durante largo rato, ya sabemos cómo son las gestiones municipales, me pregunté qué significaba esa palabra que verbalizaba con tanta vehemencia. Como estábamos en la ventanilla de licencias de obras, salí creyendo que tenía algo que ver con una construcción ilegal en propiedad privada. Hoy, cuando escucho a alguien hablar de la idiosincrasia de un lugar, lo primero que me viene a la mente es un murete mal hecho.

Pienso a menudo en las palabras y el momento exacto en el que aprendemos a asociar significante a significado. Hay vocablos o conjunto de ellos que quedarían mejor si tuvieran un significado diferente al que tienen. Un profesor de primaria me llamó ignorante cariñosamente cuando le dije que había faltado durante varios días porque había tenido una angina de pecho. Había pasado una gripe con mucha tos y, con permiso de los cardiólogos, no me parece descabellado lanzarle la propuesta a la OMS.

La palabra procrastinar encaja con cometer un pecado carnal. Queda mejor decir «Esta tarde me apetece procrastinar un poco con ese hombre maravilloso», que «Vivo procrastinando constantemente mis obligaciones laborales». O el atributo pizpireta, que le queda como anillo al dedo a alguien que rezuma ingenio y que es una pilla, más que a una mujer alegre. El niño que está sentado enfrente en el autobús le susurra a la madre que siente envidia de su amigo porque la niña que le gusta le hace caso a él. La madre le explica concienzudamente la diferencia entre los celos y la envidia. El niño guarda silencio y concluye que siente envidia de los brazos de su amigo porque hoy han abrazado a la niña privilegiada. Ha nacido un poeta.

Tengo la suerte de trabajar cerca de profesionales de la cocina y la atención en sala. De ellos aprendo muchas cosas, pero una de las que más me gustan es cómo usan la palabra oído. Si ellos te dicen eso, puedes estar tranquila. Quiere decir que han integrado lo que les has dicho. Va más allá de producir un plato de arroz o unos huevos fritos. Significa tener una actitud activa de escucha y comprensión y disponerse a ejecutar. Ojalá hicieran lo mismo muchos otros. Ojalá los bancos dijeran oído a las súplicas de los usuarios para que simplifiquen trámites y sean más accesibles. Ojalá los políticos dijeran oído a la necesidad evidente de cambiar el modelo de movilidad, de plantar árboles o de modificar el urbanismo de las ciudades y pueblos para hacerlos más sostenibles medioambientalmente y vivibles para las personas. Ojalá los políticos (otra vez) dijeran oído al malestar que genera una masificación turística que nos escupe e impide disfrutar de nuestra tierra. Y ojalá mis hijos dijeran oído cuando les pido que ordenen la habitación, se acaben las lentejas y se limpien los dientes.

Para mí, esa palabra ya no tendrá un significado relacionado con la anatomía o con un sentido. Siempre lo relacionaré con pasar a la acción. Gracias, chef.

Compartir el artículo

stats