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Luis Ortega

gentes y asuntos

Luis Ortega

RTVC y los documentales

Sólo en las peores catástrofes conocemos el valor de los hombres y los pueblos. Y La Palma legitimó el adagio durante la erupción de Cabeza de Vaca que, entre el 19 de septiembre y el 25 de diciembre de 2021, arrasó mil doscientas hectáreas del Valle de Aridane, un tercio de ellas de cultivos, destruyó un largo millar de edificios, en su mayoría viviendas, causó pérdidas estimadas en mil millones de euros, y truncó no menos de siete mil proyectos de vida.

¿Cómo se cuenta un suceso de esta magnitud? Francisco Moreno y el equipo directivo de RTVC lo tuvieron claro: con cámaras abiertas en el núcleo matriz y personal sin complejo ni reloj desde la hora cero hasta el final de la crisis, con imágenes a disposición de todo el mundo. Tras esa iniciativa sorprendente en la competitividad de los mass media, atendieron a la audiencia, rompiendo horarios, trasnochando y tempraneando en una parrilla flexible y monográfica. Llegó el reto de poner rostros a la calamidad; a pie de lava, con un voluntarioso y eficaz equipo y un propósito didáctico que huyó de poses y tecnicismos.

Fue una oportunidad excelente para mostrar el papel de un ente público en un desastre sin precedentes. La actuación de la RTVC impulsó la presencia de medios del exterior que recolocaron a La Palma en el mapamundi; y, tras el contacto con los paisanos, la apertura y cordialidad de los palmeros alentó una ola de solidaridad con los damnificados.

Francisco Moreno y su staff dieron otro paso decisivo en el trato de un hecho singular, que cambió la vida de miles de personas, provocó incomensurables daños materiales y morales y recordó al conjunto del archipiélago su naturaleza y riesgo volcánicos. La actualidad exigía testimonios cabales para el futuro y relatos objetivos para su estudio pero, de ningún modo, podía omitir los rostros y los gestos, las visiones dantescas de un infierno injusto y el pavor de los inocentes.

Ahí entró la producción documental que, como ningún otro género, justifica las exigencias de obligatoriedad del servicio público de la comunicación. Así lo entendieron los responsables de RTVC y, durante el trimestre activo y después, afrontaron la producción de cuatro documentales difundidos en el primer aniversario.

Borrados del mapa describe los esfuerzos de los afectados de Aridane por salvaguardar derechos, sentimientos y memoria colectiva. Es la confesión de vecinos que, en unas horas, resumieron sus vidas y rescataron los valores que la representaban, ante las coladas que enterraron sus hogares y memoria. Por primera vez se presentó una terapia de grupo que descubre territorios íntimos fracturados por el suceso y duelos vigentes y, por tanto, más difíciles de asumir.

Rodado al fin de la erupción, La Palma, el último volcán, aborda el tema la desde la perspectiva científica y da voz a los expertos que la afrontaron durante un trimestre. Volcanólogos, geólogos, psicólogos, alergólogos repasan sus antecedentes, las fases del proceso y las primeras conclusiones sobre un hecho que transformó la geografía, la sociedad y la economía de una isla acostumbrada a convivir con los volcanes. La producción se apoya en imágenes inéditas y nuevas recreaciones de realidad virtual y está narrado por la actriz Belén Rueda.

Reconstruyendo La Palma relata el estado actual de los daños, la hoja de ruta que debe cumplir un territorio y sus habitantes para encontrar la alternativa necesaria y justa a sus vidas rotas. Como la propia emergencia es un compromiso que implica a todas las administraciones –estatal, autonómica, insular y municipal– y en la que los damnificados exigen la atención a sus demandas; un reto común que exige la generosidad del sector público, la planificación racional y negociada y la previsión del futuro.

Los días que vivimos. Estrenado en Los Llanos de Aridane y emitido la misma noche, el largometraje de Chus Barrera y Pablo Barrio es una propuesta audaz de los autores y una apuesta consecuente de la cadena pública. Solemnizó la efeméride, categorizó su rango y nos acercó a crónicas sin nombres que representan a un colectivo cuyo drama fue seguido día a día por espectadores de todas las latitudes.

Con los mejores medios a su servicio, un guión sólido, notable provisión de imágenes y espléndida banda sonora, producción eficaz, mostrada en el resultado global y el cuidado de los detalles, los factores de la producción convirtieron a los personajes cotidianos en símbolos y éstos, conscientes de su responsabilidad, sostuvieron sobre sus espaldas el interés y la tensión del drama colectivo. Con una pareja de ancianos y un entorno de personajes de plena naturalidad y crédito se construyó el relato del volcán, que sube a mayúsculas una vez extinto; desde las primeras secuencias del susto, hasta las etapas de mayor destrucción y dramatismo; se juntaron con naturalidad, los problemas propios y ajenos, los ánimos y consuelos y se escenificó el fin de la tragedia con la limpieza de arena en la cubierta de un invernadero y la fiesta de vuelta en la reapertura de una venta de todo, con secuencias dignas del neorrealismo italiano. Como otras buenas piezas del género, la ideología de este trabajo bebe de la filosofía y estética del historiador Oscar Lewis que, en la segunda mitad del siglo XX, acuñó el concepto de la cultura de la pobreza, con Los hijos de Sánchez, llevado al cine por Hall Bartlett, alegato del desarraigo que tiene acentos comunes en el mal de muchos del occidente palmero. Los días que vivimos puede ser la síntesis que nos represente en el futuro y la imagen y el sonido del más violento y dañino de nuestros recuerdos.

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