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Jorge Bethencourt

EL RECORTE

Jorge Bethencourt

Vaya hostia

Lo de España, lo mires por donde lo mires, es un despiporre. Hemos pasado del «aquí no se bajan impuestos» a «el último que apague la luz». O sea, del tingo al tango y sin escalas. Y anda todo dios desmelenado por apuntarse la medallita de más impuestos que ayer, pero menos que mañana. Como el dueño del guachinche que cuelga de la pared ese famoso cartelito, «aquí no se fía», pero luego los compadres le meten doscientos tranques.

A Pedro Sánchez le ha roto la cintura uno de su cuadra, Ximo Puig, sangre de su sangre, que se le ha tirado al monte en Valencia diciendo que va a bajar los impuestos hasta a los que cobran más de sesenta mil al año. O sea, a los consejeros, viceconsejeros, directores generales, diputados y demás familia política. La desbandada es de tal magnitud que hasta el presidente de Canarias, Adversidades, Volcanes y Tormentas (o sea, AVT), le ha tenido que ordenar a su visir Román Rodríguez que cambie el disco fiscal.

El Gobierno guanche dice cosas estremecedoras. De bonitas. Por ejemplo, que el presupuesto de Canarias para el año que viene va a subir un 11% «y sin subir impuestos». Lo cual que siendo verdad es más falso que Judas. Ese porcentaje, justamente en la jurisdicción del Surtidor, es la subida de los fondos que Madrid le va a dar a las Comunidades Autónomas para el año que viene. Unos 134.000 millones del ala, de los que Canarias se va a llevar en torno a los 6.500, sin contar con los otros fondos estatales donde rascamos por solidaridad y pena. Pero además de ello, ella o elle, la recaudación de los impuestos propios canarios, con el IGIC a la cabeza, ya ha subido en más de 300 millones en comparación con el año pasado. Y no es porque el consumo se haya disparado y nos hayamos vuelto locos comprando papel higiénico, sino porque el aumento de los precios ha hinchado la recaudación.

La inflación es un clembuterol fiscal. El peor impuesto que pueden pagar los ciudadanos. Y estamos al borde de llegar al mar de los sargazos: inflación sostenida, sin crecimiento económico. O sea, el barco parado y sin viento en las velas. Según el vademécum del perroflautismo contemporáneo, si hay más dinero público viviremos felices y comeremos perdices. Pero llevamos tres años de engorde público y cada día hay más pobreza y los servicios públicos funcionan peor. Las perdices solo se las comen ellos.

Vamos hacia el desastre del peor invierno imaginable pero a los cantamañanas solo les importa cuánto nos meten la mano en el bolsillo. Vaya hostia que nos vamos a dar.

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