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Bomba de humo

Fuera llueve. Nada que ver con la tormenta tropical que nos deja encerrados en casa sin luz como antaño. Me transporto a mi infancia. A las noches bajo una llama contando historias de miedo mientras en las calles el agua arrastraba a su paso las miserias de un barrio a medio construir. Ahora, ya mayorcita y presa de las redes sociales, tecleo y tecleo sin saber muy bien qué enviarle al director del periódico para esta semana. ¿Se dará cuenta de que no tengo nada que contar?, me pregunto. Pero entonces me vibra el móvil. Hago un amago de dejarlo a un lado. ¡Joder!, estoy intentando escribir me(le) digo, pero es mi amiga y una nunca deja a un lado a una amiga. Leo todos los WhatsApp en los que ella me cuenta cómo el chico con el que llevaba un tiempo –bastante tiempo– le está haciendo ghosting. Odio esa moda de ponerle a todo un nombre inglés. ¿Por qué estoy tan enfadada?, no hago más que preguntarme cosas para las que no tengo respuesta. Aparto el portátil. Releo la conversación de mi amiga. «Este tío es un capullo», escribo. Pero lo borro porque un grado y un posgrado en psicología debe dar para algo más. Así que me limito a preguntarle «¿Cómo se siente?». «¿Qué puedo hacer por ella?». Y escucho sus audios. Me entra otro WhatsApp. Uno de mis amigos me pregunta que si se puede considerar ghosting que te dejen en visto desde hace tres días sin respuesta alguna. ¡Joder!, repito. Cómo está el percal. Me limito a contestarle una frase tan manida como: «Amigo, la ausencia de respuesta ya es una respuesta en sí». No es una cuestión de sexo, reflexiono. La incapacidad para comprometerse, ya no solo en una relación, sino en la parte de corresponsabilidad afectiva para con el otro es tan común en hombres como en mujeres. ¿Cuál puede ser la razón? Sé que no la voy a encontrar y me entristezco. ¿Qué nos está pasando? No querer ir más allá de un par de polvos con alguien no está mal. Lo que está mal es no permitirle entender al otro que la historia que tenían, fuera cual fuera, ya ha acabado. El cerebro aborrece las lagunas, la falta de explicaciones, por eso tiende a fantasear y a inventarse historias para dar respuestas a ese silencio que encuentra tras dos pestañas azules. Un duelo mal resuelto nos puede tener en bucle meses y meses preguntándonos qué hemos hecho mal. Lo curioso es que el abandonado, rara vez, ha hecho algo mal, más allá de haberse enamorado de una persona que no estaba a la altura, incapaz de respetar los sentimientos de su pareja barra polvo barra follamigo, ya no sé ni qué poner con esta libertad sexual que se está dando hoy en día y que respeto, pero, coño, que me coge ya mayor. Todo está bien, no soy yo quién para juzgar a nadie, pero quizá sería bueno reconsiderar eso de que la libertad de uno termina donde empieza la del otro, y que, si ya no queremos retozar con alguien, como mínimo, se merece una despedida. Porque las personas no son de usar y tirar como las hojillas de afeitar y que, cuando menos te lo esperes, el karma, la culpa o el universo, allá cada cual en lo que crea, vendrá a pasar factura. Y es que una cosa sí es cierta: la vida viene, tarde o temprano, a cobrarnos a todos el peaje, a unos más caros que a otros. Por ejemplo, a mí: ¿se dará cuenta el director de que no tengo nada que contar?

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