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Myriam Z. Albéniz

La cara oculta de los selfies

Dos noticias aparentemente distintas pero unidas por un hilo común han llamado recientemente mi atención. La primera tiene su origen en fuentes del Centro de Coordinación de Emergencias de la Generalitat Valenciana, recordando que «una emergencia no es lugar para hacer turismo ni hacerse un selfie» y pidiendo responsabilidad a la ciudadanía, que acudía a territorios castellonenses asolados por el fuego para inmortalizarse fotográficamente. La segunda informa sobre el fallecimiento en la India de seis miembros de una misma familia en unas cataratas, también como resultado de la realización de otra imagen fotográfica. Y es que un estudio de la revista científica Journal of Travel Medicine revela que el citado país asiático encabeza la lista de naciones donde mueren más personas en busca del selfi perfecto, ocupando España la sexta posición.

El hecho cierto es que los famosos palos adosados a los móviles se han convertido en imprescindibles compañeros para buena parte de la población, que con tan socorrido invento perpetúa momentos de su vida cotidiana sin tener que pedir a un tercero el favor de que les enfoque y apriete el consabido botón. Este acto de autofotografiarse con cualquier excusa (comer una pizza, comprar una prenda de ropa, tomar un mojito, visitar un monumento, darse un chapuzón…) es, de un tiempo a esta parte, actividad recurrente para millones de ciudadanos de todo el mundo. Debe ser esa la razón por la cual el anglicismo «selfie» no alude solamente a los autorretratos en sí, sino también a los individuos obsesionados con compartirlos en las redes sociales. En ese sentido, todo parece indicar que quienes publican su imagen de un modo desmedido suelen establecer relaciones más bien superficiales y abonarse a un concepto de intimidad, como mínimo, discutible. Sin embargo, no faltan expertos que indican que, para los nativos digitales nacidos a partir de 1980, amistad e intimidad no implican necesariamente presencia física. Ahí lo dejo.

Aunque yo no sea proclive a esta práctica, estoy dispuesta a admitir que tomarse fotos a uno mismo puede resultar hasta divertido, siempre y cuando no se haga cada diez minutos ni en todas las poses y escenarios posibles para después, a la velocidad del rayo, colgarlas en el limbo tecnológico. No en vano, las plataformas digitales han sido las grandes promotoras de esta tendencia, cuya motivación va desde el entretenimiento más inocente a la exhibición de logros para provocar la envidia del prójimo, o al loable deseo de compartir momentos felices con el resto de la especie humana. No obstante, no pocos profesionales de la Psicología indican que detrás de estas exposiciones excesivas se esconden algunas personalidades compatibles con perfiles o modelos de baja autoestima.

En el primer grupo suelen encajar hombres y mujeres con un elevado concepto de su persona, pagados de sí mismos y escasamente tolerantes a las críticas negativas, por nimias que sean. Su máxima preocupación gira en torno al número de «me gusta» o de retuits que obtendrán sus instantáneas. Por lo que se refiere al segundo bloque, la sobredosis de imágenes puede indicar una notable necesidad de autoafirmación. Son seres que se hallan en un búsqueda constante de la aceptación de los demás. Más aún, de su aprobación, sin ser conscientes del riesgo de que su afición llegue a convertirse en adicción.

Como sucede en casi todos los órdenes de la vida, en el medio suele estar la virtud y este concreto ámbito no es ninguna excepción. Tratar de potenciar nuestro lado más atractivo (exterior, pero también interior) resulta comprensible y hasta recomendable. Recibir el reconocimiento ajeno puede incluso suponer una inyección de energía positiva en un momento dado y servir para superar un bache existencial. Palabras amables nunca sobran, particularmente si son sinceras. Pero vivir en permanente estado de revista o de cara a la galería conduce a un abismo de superficialidad al que, por pura lógica, no conviene asomarse.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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