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Alcohol y capacidad de conocimiento del cerebro

En alguna ocasión, pasando la consulta de mi especialidad, cirugía general y del aparato digestivo, al preguntarle a un paciente campesino de La Matanza de Acentejo, colorado y con barriguita, sobre cuántos vasos de vino bebe comiendo, contestaba: «un vasito de vino tinto de mi cosecha, doctor, sin aditivos ni cosas raras, muy bueno, por cierto». Su esposa, sentada al lado, con elocuentes gestos con las manos, intervenía: «perdone, doctor, de un vasito, nada, un litro. No seas mentiroso y dile la verdad al médico».

«Y entonces», proseguía el paciente: «¿por qué el otro día en la tele un cardiólogo recomendaba un vaso de vino tinto en las comidas?». «Pero su esposa dice que bebe un litro», le comento. Y añade ella: «y sabe Dios cuánto se jinca en las parrandas». «Mire, doctor, en la próxima consulta le traigo una botella de mi vino y verá que está bueno y es muy sano», promete el paciente.

Pertenezco a una generación que hasta que no fumabas públicamente un cigarrillo en la plaza del pueblo y bebías una cerveza o un vermut en el bar central, todavía no eras hombre. Luego se pasaba a bebidas alcohólicas en discotecas y pubs, y a los pocos años surgen los botellones al aire libre junto con la música de los coches amenizando la fiesta.

Van pasando los años, y ahora se va sabiendo que la acumulación de hierro en el cerebro como resultado del consumo de alcohol puede explicar por qué incluso su consumo moderado está relacionado con la alteración cerebral de la función del conocimiento, según ha publicado en Medscape Noticias Médicas la doctora Anya Topiwala, investigadora clínica sénior del Departamento de Salud de la Población de Nuffield de la Universidad de Oxford, en Reino Unido, concluyendo que los participantes en el estudio que bebían 56 gramos de alcohol a la semana tenían mayores niveles de hierro en el cerebro. La guía de Reino Unido para el consumo de alcohol de «bajo riesgo» es de menos de 14 unidades semanales, o 112 gramos.

El estudio incluyó a unos 20.000 participantes voluntarios entre 2006 y 2010, con un promedio de edad de 54,8 años, mitad hombres, mitad mujeres, sometiéndose a estudios de resonancia magnética para determinar los niveles de hierro en el cerebro, siendo zonas de interés las estructuras cerebrales profundas de los ganglios basales. La media de consumo semanal de alcohol fue de 17,7 unidades, lo que supera las guías de Reino Unido para el consumo de bajo riesgo. A juicio de la doctora Topiwala, «la mitad de la muestra bebía por encima de lo recomendado».

Diversas investigaciones anteriores indican que un mayor nivel de hierro en el cerebro puede estar implicado en la fisiopatología de las enfermedades de Alzheimer y de Parkinson, pero, sin embargo, no está claro si el depósito de ese metal desempeña un papel en el efecto del alcohol en el cerebro y si esto podría presentar una oportunidad para intervenir preventivamente, por ejemplo, con agentes quelantes.

El consumo de más de siete unidades (56 g) semanales se relacionó con una mayor susceptibilidad para todas las regiones del cerebro, excepto el tálamo, y para recopilar datos sobre los niveles de hierro en el hígado, a los participantes se les realizaron estudios radiológicos del abdomen al mismo tiempo que cerebrales, y al ser el hígado un centro primario de almacenamiento de hierro, se utilizó como «una especie de marcador indirecto» del hierro en el organismo. Otro análisis respaldó los resultados de la asociación entre el consumo de alcohol y el hierro cerebral, y cuanto más hierro hay en determinadas regiones del cerebro, peor era el rendimiento cognitivo de los participantes.

Si a todo lo anterior unimos que el alcohol genera síndromes depresivos suicidas, y si se comienza a consumir antes de los 21 años puede afectar a la salud mental, de tal forma que un porcentaje alto de suicidios consumados están relacionados con el alcohol y drogas, o que su consumo a largo plazo produce daño orgánico del cerebro, es decir, la destrucción irreversible de las estructuras cerebrales y pérdida de facultades mentales, lo que se puede traducir en demencia, concluimos que los riesgos por el consumo temprano o crónico del alcohol pueden ser muy graves e irreversibles.

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