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Myriam Z. Albéniz

Blindaje para no perder el buen ánimo

Sirvan las próximas líneas como una personal declaración de intenciones de cara a este curso que acabo de iniciar. Finiquitado mi necesario periodo de desconexión estival retomo la pluma, no sin cierto vértigo, empeñada por enésima vez en transmitir mensajes en positivo, siquiera para neutralizar el mal ambiente que se percibe a causa de algunas previsiones de futuro poco halagüeñas, tanto dentro de nuestras fronteras como fuera de ellas. En este sentido, no sabría decir si se trata de una virtud o un defecto, pero lo cierto es que entre las características que me definen se encuentran un optimismo proverbial y un rechazo frontal al conformismo y a la resignación. Por lo tanto, y convencida de que todo comienzo de ciclo alberga una nueva oportunidad, deseo romper una lanza en favor de esas personas que con su actitud positiva tratan de neutralizar este período de desasosiego y descrédito.

Septiembre ilumina los calendarios con vocación de promesa. Tiene algo de parto y, por lo tanto, de emoción y de incertidumbre. Un futuro desconocido se abre ante nuestros ojos, adoptando la forma de un lienzo que aguarda esas pinceladas que lo convertirán en nuestra última creación. Probablemente, ningún crítico de arte las calificaría de magistrales pero, al menos, nadie podrá discutirles ni nuestra autoría ni la buena fe que las inspira. Personalmente, siempre insisto en que volver a empezar resulta un ejercicio muy motivador. Por eso me gusta el mes que acaba de iniciarse, porque me recuerda que hay decisiones que tan sólo dependen de mí. De hecho, ya enarbola mi principal propósito: reivindicar a diario el lado bueno de las cosas. Y lo llevaré a la práctica con la ayuda de un bolígrafo de tinta roja, apuntando en mi agenda la mejor experiencia de cada jornada para poder recurrir a ese listado medicinal cada vez que el desánimo y la tristeza toquen a mi puerta.

Dicen que, si la felicidad se asocia a un trayecto y no a una meta, las posibilidades de alcanzarla aumentan considerablemente. Por lo visto, y contra todo pronóstico, ser feliz es posible incluso en épocas de crisis y está al alcance de casi todas las manos. Cada individuo tendrá que descubrir su fórmula personal e intransferible y, aunque los medios de comunicación funcionen como trágico escaparate de la convulsa coyuntura actual, deambular entre la decepción y el hartazgo no constituye la solución. No me cansaré de repetir que, mientras podamos abrazar a quienes amamos, reunirnos con amigos, leer libros, escuchar música, ver amanecer y atardecer, pasear por la playa o la montaña o disfrutar de múltiples actividades ajenas al poder adquisitivo, ni la peor de las coyunturas nos lo podrá impedir.

Porque cada día, por mal que se presente, sin duda guarda algún motivo para celebrar el privilegio de estar vivos. Mientras la calle ruge que son malos tiempos para la lírica, mi innato entusiasmo pugna por abrirse paso entre las sombras. Espero triunfar en el intento, porque numerosas experiencias vividas han educado mi mirada para descubrir ese lado bueno de las cosas. No se trata de una actitud inocente. Tampoco de una pose de cara a la galería. Es más bien un ejercicio de voluntarismo con argumentos, de firme convencimiento de que a saber vivir también se aprende. Y seguir teniendo sueños por cumplir me parece un magnífico punto de partida. Uno de los míos será tratar de demostrar por enésima vez que en nuestro mundo no todo es tan negativo y descorazonador. Me mantengo firme en la idea de que hay más bueno que malo y, sobre todo, más buenos que malos, y considero que ponerlo de manifiesto se torna absolutamente imprescindible para que no perdamos el buen ánimo e, incluso, se alza como un ejercicio de responsabilidad social. Ojalá los telediarios nos lo recordaran de vez en cuando. Feliz inicio de temporada.

www.loquemuchospiensanperopocosdicen.blogspot.com

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