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Luis F. Febles

La mejor generación de la historia

La generación mejor preparada de la historia fue la de los ochenta. Fuimos capaces de ingerir cantidades ingentes de perricao y bollycao sin aparentes efectos secundarios. Y mira que olfateamos pegamento y aspiramos cloretilo. Fumamos cigarros Bisonte sin tragarnos el humo, disfrutando de un pestazo añejo sin parangón. El primero que me fumé fue con Chano y Eduardo, y en casa de Rafa me mandé en una tarde casi una cajetilla de Swing. Cuando mi madre me vino a buscar, tras varias horas de supuesto estudio ininterrumpido, los bandidos de mis amigos y yo aplicamos un método infalible: meterte 5 caramelos de menta en la boca para que nadie sospechara que habías fumado. El éxito del plan duró lo que tardé en subirme al coche. Los de nuestra generación recibíamos balonazos con el mikasa rojo y blanco, y jugábamos al fútbol sala con los tenis paredes y los J’hayber. Los menos famosos del grupo se calzaban los Crube, que siempre iban acompañdos de aquel mítico y sabio refrán: "Crube, peores no tuve". Nuestros fines de semana eran de Tang de limón y bajarte al videoclub para pasarte horas y horas mirando las carátulas de Comando, Acorralado, Ninja I o El chip prodigioso. En Discos Manzana había que ahorrar casi 5.000 pesetas para hacerte con el Bolero Mix 10 o el Máquina Total 5, maravillas que repetías una y otra vez en la minicadena. Arte era salir a correr con el discman sin que te saltara de pista, manteniendo el aparato como si fuera una bomba de relojería. Se bebía malibú con piña, sin fórmulas mágicas de tónicas saborizadas ni condimentos extravagantes en vasos sofisticados. Frente a Internet y las miles de redes sociales y de mensajería que construyen juventudes sin habilidades sociales, el teléfono fijo era solo para valientes. Valor y osadía era hablar con el padre de la chica que te gustaba para enfrentarte a un tercer grado, no escribirle un wassap con emojis sonrientes. Antes había dos colonias para los niños que nos creíamos hombres de verdad: pillarle la Brumel a tu padre, o esperar al cumpleaños para que te regalaran un frasco de Jacq’s. Los de ahora no saben lo que son los videojuegos porque jamás se enfrentaron a una máquina milenaria llamada Commodore Amiga 500. Dominó el mercado del videojuego para ordenadores, rivalizando con las videoconsolas Sega Megadrive y Super Nintendo. Toda la potencia de los 16 bits con su procesador Motorola 68000 a 7,09 MHz y sus 512 kbytes de memoria RAM, ¡casi nada! Que me hablen de Ibai o de El Rubius con monstruos así. Nunca olvidaré la primera vez que vi una Gameboy. Fue en casa de Javi después de los Reyes Magos. No podía imaginar la suerte que tenía mi vecino. Esa consola creada por alquimistas que tantos buenos momentos nos hicieron pasar. En 1989 esperábamos a los jugadores del Tenerife a que salieran del vestuario para inmortalizar ese esperado momento en nuestras refinadas Kodak Funsaver de usar y tirar. Los mirábamos como héroes, como seres superiores que habían venido a regalarnos goles, espectáculo y llevar el nombre de Tenerife por el mundo. Rommel; Francis; Manolo López el gato de Arucas; Quique Medina; Eduardo Belza; Salmerón; Pier... ídolos que adorábamos desde las tablas de madera de la grada de herradura. Éramos una buena generación que descubrió la adolescencia con Michael Knight y la Súper pop. Y no salimos tan mal.

@luisfeblesc

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