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José María Lizundia

Recordar el pasado para repetirlo: la regla

Si hay un adagio de extraordinario éxito es que el que dice: “Quien olvida el pasado está condenado a repetirlo”. Este proverbio, de inverosímil cae en la estulticia, por ir contra la experiencia más grosera, la casuística más completa, porque siempre ocurre que el que recuerda su pasado, no digamos si lo cultiva, está igual, o más incluso, estimulado a repetirlo. Lo que sí hacen todos es repetirlo como loros, el transeúnte entrevistado al azar, la jubilada, el bañista y el catedrático, que hay que recordar el pasado para no repetirlo. Lo toman por una suerte de conjura de los peores instintos de la humanidad, tener la influencia de un talismán, exorcizar todo riesgo futuro. Recuerdas y ya no repites. Qué broma es ésta, porque se trata de recordar de una manera totalmente determinada, no ya orientada sino prescrita y normativizada: recordar así es una declaración de guerra política y cultural, de exclusión y negación del otro.

Que este proverbio es radicalmente falso se demuestra todas las veces en las que el recuerdo de un avatar doloroso y extremo, jamás ha servido para nada, porque es ilusorio aunque intencionado. El recuerdo del pasado acaba actualizando su afán de repetición abierta, para perpetuar o revertir aquel pasado. En la década de los 90 del siglo pasado con la desmembración de Yugoslavia, una parte de la población había vivido la II Guerra Mundial, y vaya que la recordaban (hasta el estímulo), de forma que nada impidió que los Balcanes fueran símbolo del exterminio étnico. Srebrenica es un topónimo del horror genocida. En lugar de olvidar la II Guerra Mundial y sus previos, los recordaron y tan bien que rememoraron hasta los detalles más siniestros de ustachas croatas y chetniks serbios. Toda la crueldad, salvajismo, abyección de sus padres, fue reeditada aun con más saña. Si alguien les hubiera sacado la cantinela de que la memoria sirve para no repetir las tragedias, se hubieran partido de risa. En Ruanda la memoria estaba en ebullición, se trataba por efusiva de actualizarla, el olvido era una infamia a expurgar. Normalmente la memoria toma cuerpo en fusiles y cañones, pero es tal su potencia que palos y piedras también pueden servir, como supieron hutus y tutsis. Así como el olvido se agota en su mero despliegue, la memoria contiene una promesa de futuro que se presenta invertida: no repetir, lo que justamente es proyecto de virtualidad. A Rusia el recordar con pasión le lleva a la invasión de Ucrania, que también recuerda para repetirse: el batallón Azov al nacionalista Bandera. La concordia y la paz solo son posibles con el olvido.

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