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Luis Ortega

gentes y asuntos

Luis Ortega

Monseñor Amigo

En diciembre de 2003, después de intensos preparativos y con el impulso determinante de la alcaldesa Ana Oramas y el patrocinio de la extinta CajaCanarias, se inauguró Lumen Canariense, un proyecto propio al que se colgaron mediocres oportunistas luego. Con el Cristo de La Laguna como título y eje, la exposición tuvo tres sedes y reunió una magna representación de pintura, escultura y artes suntuarias de la antigua Flandes y otros países norteuropeos, prestada por templos, museos y particulares; a estos fondos se unieron extraordinarias piezas custodiadas en Canarias, principalmente de La Palma, Tenerife y Gran Canaria.

Para abrir un ciclo cultural, celebrado en el Instituto Cabrera Pinto, sede central del evento, sugerí al Cardenal Carlos Amigo, del título de Santa María de Monserrat de los Españoles de Roma, y Arzobispo de Sevilla, que nos había encandilado a los palmeros en las últimas Fiestas Lustrales, cuando le conocí y tuve el honor de enseñarle nuestra espléndida colección de obras procedentes de los talleres de Brujas y Amberes, principalmente.

En 1992, con Sevilla de luces para la Exposición Universal, me regaló una inolvidable mañana para enseñarme la iglesia de Las Nieves, o Santa María la Blanca, la devoción que importaron los conquistadores andaluces a Canarias en el último tramo del siglo XV. Dieciocho años después, en la Bajada de la Virgen, mi tocayo Luis Cobiella ganamos el concurso de la Danza de Enanos, que dedicamos a los vates anónimos y andariegos, como recuerdo de la lírica milenaria lengua castellana. Fue otro encuentro gozoso con monseñor Amigo Vallejo, que volvió al púlpito en la misa pontifical de llegada y nos emocionó con un sermón sobre Santa María la Mayor, que inició y concluyó con el estribillo del Mester de Juglaría.

Tuve otros encuentros con don Carlos, casuales y buscados porque, aún jubilado, mantuvo una notable actividad de viajes, congresos y encuentros ecuménicos en las dos orillas del Atlántico, y, siempre que le invitaron, acudió a Canarias, «tierra mediana y acogedora entre tres mundos». 

La mala nueva agrisó el último fin de semana para cuantos le conocimos. Un colega me amplió las circunstancias –una caída en la Almudena, rotura de cadera, intervenciones quirúrgicas, graves complicaciones pulmonares y coma– y el impacto que causó en su amada Sevilla. Llevó la archidiócesis veintisiete años con talento y transparencia, con tanto celo en el ejercicio de la caridad y el magisterio como en las relaciones con el complejo ámbito de las cofradías, que se abrieron a la igualdad de sexos y a la atención social de modo admirable.

En una revisión de mi archivo encontré misivas y fotos del nuncio Luigi Dadaglio que tuvo un notable papel en la Transición por gestiones con líderes de todos los signos y porque, con astucia y arte, calmó y neutralizó radicalismos con sotanas. Asistió varias veces a una tertulia de periodistas y, en un análisis raudo, de los mitrados españoles –Marcelo González a la derecha, Tarancón a la izquierda– nos dibujó el perfil de un franciscano, licenciado en filosofía por el Ateneo Antoniano de Roma y en psicología por la Universidad Central, y Superior OFM de la Provincia de Santiago de Compostela antes de su nombramiento como para la Diócesis de Tánger en 1973. «Carlos Amigo tiene, como decimos los italianos, una testa buona come un cuore e quindi un grande futuro». Años después, cuando le comenté el elogio a su legítimo destinatario, rió a carcajadas y habló con cariño de la típica exageración de los transalpinos. Hoy evoco la anécdota como una profecía cumplida para bien de cuantos le conocimos.

En el último medio siglo y en todas sus responsabilidades, monseñor Amigo se consolidó como un referente indiscutible de la iglesia y la sociedad española, autor de una treintena de libros, experto en la estratégica asignatura del ecumenismo, estudioso y animador de los méritos y riesgos de la iglesia de América Latina, presente en los eventos principales y en los cultos más solemnes donde su noble presencia y su docta palabra no dejaban sitio a la indiferencia.

En 1982 recibió y hospedó en el Palacio Arzobispal al Papa Wojtyla que ofició la misa de beatificación de la sevillana Sor Ángela, fundadora de las Hermanas de la Cruz, dedicadas a la atención de los pobres y ancianos, establecidas en Santa Cruz de La Palma en 1962; el pontífice polaco volvió en 1993 a clausurar el XLV Congreso Eucarístico Internacional. Pese a la cercanía personal, Juan Pablo II no le concedió el capelo cardenalicio hasta 2003, cuando llevaba veinticinco años de papado. «Acaso porque es un sabio razonable y centrado entre las enfrentadas tendencias de la iglesia española», comentó un corresponsal español en la Santa Sede. Fue elector en dos cónclaves: en 2005, que convirtió a Joseph Ratzinger en Benedicto XVI; y tras la renuncia de éste, en 2013, cuando se eligió a su buen amigo Jorge Bergoglio, el singular Papa Francisco.

Leo con emoción necrológicas y artículos que destacan su fuste intelectual y personalidad radiante, sus firmes convicciones y la didáctica magistral para exponerlas. Cobiella Cuevas lo vio, y se lo dijo, como «un Príncipe de la Iglesia, por la prestancia que hace más hermosa la caridad», y sus hagiógrafos lo tratan como un modelo que compatibilizó la dignidad de sus funciones con la atención plena de los necesitados. La suya fue una inolvidable de vida y me considero afortunado con su conocimiento y trato. Fue un honor y un placer su cercanía. Con cuantos lo despidieron, con sus compañeros de sacerdocio y la multitud de fieles amigos repito su ajustado y luminoso lema: Paz y bien.

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