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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Élites y democracia

Mario Vargas Llosa ha salido del hospital, al que supuestamente le había mandado el covid, aunque yo sospecho que en realidad fue a parar ahí en castigo por haber escrito ese mazacote sobre Pérez Galdós, al que trata como un chico con textos meritorios aunque no fuera Flaubert ni Joyce. Él tampoco. Alrededor del gran novelista peruano se armó una bronca cuando hace tiempo dijo que la gente, a veces, votaba mal. No entendí el malestar ni el cabreo. Es el supuesto básico de izquierdas y derechas cuando el electorado no les baila el agua electoral. Aunque en eso los izquierdistas, cuya vocación católica, es decir, universal, funciona como un rasgo constitutivo, son particularmente intensitos. Si nosotros defendemos los intereses de la mayoría, con especial atención a las minorías más pobres, desarraigadas y estigmatizadas, ¿cómo es que la gente no nos vota en masa? ¿Cómo es que la izquierda no gana siempre? Ah, porque la gente, obviamente, vota mal demasiado a menudo. Vota mal por ignorancia, vota mal porque acaba manipulada por la incesante propaganda de los medios de comunicación, vota mal por el perverso fomento de valores alérgicos a la libertad, la justicia, la paz y los huevos duros.

En los discursos de los socialdemócratas, los comunistas liofilizados y la derecha liberal y civilizada el facherío deviene una anomalía democrática incomprensible. ¿De dónde salen? ¿Cómo líderes y fuerzas políticas tan malvadas, con un proyecto político y social involucionista obtienen un creciente respaldo electoral? Las respuestas son insatisfactorias, entre otras cosas, porque siempre se esgrimen razones negativas, nunca argumentos positivos. En el fondo lo que subyace es, poco más o menos, que los votantes de los partidos de ultraderecha se dividen entre fascistas (una minoría escalofriante) y una colección de imbéciles desorejados (la mayoría). Entonces se piden cordones sanitarios, se sugieren ilegalizaciones, se proponen a veces reformas electorales, se segrega santa indignación democrática o se improvisa una épica babosa y recostada en el sofá que recuerda la lucha contra los fascismos en la II Guerra Mundial.

Lo que no parece entenderse entre las élites occidentales es la insatisfacción ante el funcionamiento de una democracia liberal que gobernada por el centroderecha o el centroizquierda ya no es capaz de limitar la desigualdad ni garantiza el control democrático de los procesos sociales y los recursos económicos y, por tanto, del futuro. Nadie cree que exista una alternativa real ya no al sistema en su conjunto, sino a la gestión básica del sistema político, institucional, económico. Un sistema reducido progresivamente a su propia caricatura, obviamente irreformable y cuyos valores políticos, cuya ética comunitaria, son saboteados incesantemente por las élites. ¿Por qué un ciudadano va a confiar en un establishment que miente y roba a mansalva y cuya máxima prioridad es su reproducción infinita? ¿En un sistema de partidos oligarquizado y empapado en casos de corrupción? ¿En programas electorales que jamás se cumplen y que a veces son desmentidos por los hechos 24 horas después de tomar el poder? La misma elección presidencial en Francia a dos vueltas. ¿Cuánto tiempo más soportará la ciudadanía la doctrina del mal menor? ¿Hasta cuándo aguantará votar a un presidente que detesta como Macron –y no les faltan algunas buenas razones para repudiarlo– con el único objetivo de que una líder ultraderechista llegue al poder? Si ustedes, las élites políticas, financieras y empresariales asumen la democracia representativa como una mascarada, ¿el ciudadano debe hacer lo contrario? ¿Yo debo sostener la democracia para ser cada día más pobre y hundirme en la desesperación? No, las élites no lo entienden. No entienden que para millones de ciudadanos europeos el cordón sanitario debería rodearles a ellos durante una buena temporada.

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