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Mary Cejudo

Aquí una opinión

Mary Cejudo

Preferible, hablar de animales

Seguramente que por una cuestión de vinculación, suelo recibir correos de Pacma con diferentes asuntos relacionados con el maltrato que los humanos damos a los sufridos animales.

Hay envíos cuyo texto, ni leo. Solo las terribles fotos que lo acompañan ya me hacen saber que unos irracionales se han cebado con seres inocentes, tras una cobardía nacida de frustraciones y causada por una total falta de virtudes y cualidades.

Hoy, sin embargo, me he fijado en la información que acompaña a una foto de un precioso chucho de color blanco, pequeño y con pinta temerosa, llegado en un viaje intercontinental que está retenido en aduanas, dentro de una jaula al negársele su ingreso en territorio español por falta del correspondiente microchip.

Parece que la opción que ofrece la autoridad es la reexpedición (que no es posible porque, al ser un vuelo con escala, esa «mercancía» iría al último país en el tránsito) o el sacrificio, aunque Europa tiene un reglamento, para estos casos, que incluye cuarentenas y prueba veterinaria que, por alguna razón, desconocimiento o falta de interés, no se está aplicando en este caso.

El perrillo, en cuestión, se llama Luno. Tiene esa mirada anhelante con la que suelen cargar en sus ojos aquellos que no entienden de idiomas, normas o distinciones. Él lo único que quiere, como todos nosotros, es que le dejen tranquilo, una manta lo más peluda posible y un cuenco con pienso, sin importarle que sea de esa marca tan exquisita, que se publicita en todos los canales de televisión o de aquella otra, baratísima a la que, despectivamente, se le conoce como «marca blanca». Y, si fuese posible y de vez en cuando, una mano acariciando el lomo que ya correspondería él con suficientes salivazos de cariño como para apagar un incendio. Ese fuego, ese miedo penetrante, que nos quema el alma y que atizan epidemias, guerras demenciales que escapan a la lógica ordinaria y hasta catástrofes meteorológicas.

Tengo, junto al ordenador, una foto de Luna (la westie) con unas gafas de la Asociación Española Contra el Cáncer que le pusimos para una campaña de comercialización de sus productos. «Luna, ahí quieta un momento» y ella posa, al sol, sobre una mesa de jardín, tan receptiva y obediente que parece la ratificación de que seguir el sendero de los animales fue el primer y más decisivo elemento en la educación de los humanos. Aunque, claramente, no todos la han alcanzado.

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