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Juan Pedro Rivero González

SANGRE DE DRAGO

Juan Pedro Rivero González

«El robo de la alegría»

Quisiera hacer una reivindicación literaria a la alegría que debería gobernar la existencia y relaciones de las personas humanas. Esa emoción anhelada siempre por quienes abrimos los ojos al drama narrado por tantos cantantes de lamentaciones de nuestra existencia. Temo que haya quienes trabajen, con intereses ocultos, por borrar de nuestra alma el gusto por la alegría.

Si abriste los ojos sorprendido y descubriste en el fondo de tu mente una duda malévola e irónica hacia estas letras entrelazadas, si sospechaste que es ilusoria la pretensión de reivindicar la alegría, si consideraste absurdo el esfuerzo, puede que hayas sido poseído por el espíritu global del pesimismo inoculado en la humanidad. Porque los tristes y pesimistas olvidan la importancia de dar la palabra debidamente a los que tienen buenas noticias que compartir. Es más fácil de dominar un espíritu alicaído y zozobrado que un entusiasta de la realidad.

No nos debemos dejar robar la alegría. Lo diga quien lo diga y lo diga por los motivos por lo que lo diga. Hemos sido hechos para la alegría y hasta nuestro sistema inmunológico lo sabe. La tristeza arrastra tras de sí, como flautista de Hamelin, el rosario de virus, bacterias y otras especies de bichos merecedores de nuestros temores. Quien le roba la alegría a una persona debería ser considerado el mayor de los delincuentes posibles.

Poco tiene que ver la alegría con el elixir de una supuesta vida sin problemas, o con la narcotizada existencia del que no toma conciencia de lo real. La alegría nace del sentido divertido que tiene tomar conciencia de todo lo que nos es posible y de cuánto nos falta por alcanzar. La alegría de la más pequeña victoria contra nuestros problemas reales. La dicha de la paciencia que descubre cuánto crece una planta invisible a los ojos que la miran.

¿Quiénes son los que más ríen? ¿Las personas sin problemas? No. Porque la experiencia es argumentativa al respecto. Un mundo satisfecho nos engorda del sobrepeso del primer mundo, pero es inversamente proporcional a los niveles sociales de depresión, tristeza y amargura de este mundo satisfecho. Hemos olvidado el canto y el baile y nos resulta molesto que otros, que vienen de cualquier “sur” nos molesten con sus movimientos, ritmos y sonidos cargados de una alegría que no está ausente aún en el tercer mundo fabricado por los satisfechos.

Te doy lo que me pidas, pero no me pidas esconder la alegría. Y si no la puedo mostrar por la inercia contagiosa del mundo en el que vivo, permíteme que la reivindique, al menos literariamente. Al menos en el deseo.

Por muy dura que sea la existencia, por muy dramática que parezca y que lo pueda ser -porque ejemplos múltiples tenemos a la orden del día-, hemos de resistirnos a considerar como sinónimo de drama el término tragedia. La tragedia es el drama sin esperanza. Y, si miramos bien y en la dirección adecuada, la esperanza es el motor de la historia.

Las personas somos constructores de alegría. Y en Cuaresma, la nota fundamental es la alegría.

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