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Ayuso y el mar

Desde primera hora de un nuevo día en ciernes, ambas miran al mar, angustiadas, temerosas, y solo reciben de él el desprecio de su inmensidad silenciosa como respuesta a tanto dolor. Hace unas horas que los medios se hicieron eco de lo que ya tiene todos los visos de ser calificado como una tragedia, social, mediática, pero sin duda una tragedia familiar. Y obviamente económica. En uno de los casos, el mar se ha tragado la vida de su marido, un pescador llegado a España desde Perú hace muchos años, un pescador experimentado, padre de varios hijos, el último un bebé, y sostén indispensable de toda la familia, padres incluidos.

En el segundo caso, el mar llevó a su compañero y padre de tres hijos hasta las costas de una ciudad metropolitana de aguas calmas pero dinámica cruel. Le llevó, oculto y amarrado en una balsa naranja previo pago de un dineral cuya deuda todavía no ha podido saldar. Supo que había llegado vivo, no ya bien, ni descansado, ni comido, sino simplemente vivo cuando le llamó desde una cabina para decir que iba a trabajar, ilegalmente, recogiendo cítricos en el campo. Lo que ella no sabe, aunque lo sabrá porque se lo dirán de la ONG o asociación que les ayuda, es que su marido duerme al raso en pleno invierno en una vieja fábrica abandonada casi sin paredes y que está enfermo. Irremediablemente enfermo.

Se han juntado varias mujeres, españolas y peruanas, en el puerto del norte para recibir noticias pero se traen de casa el conocimiento de que no van a recibir nada porque han pasado ya demasiadas horas para confiar en los milagros y, además, estos no existen cuando se hacen tratos con la naturaleza. De toda la tripulación de un buque nuevo, moderno, seguro, solo han hallado los cuerpos de dos o tres y saben quienes son. El resto, se los quedará el océano de prenda, como la urraca que atesora lo más brillante en la profundidad de su nido. Y se cerrará la búsqueda, y volverá a España lo que de quede del desastre, y se harán ceremonias in memoriam y luego, la vida seguirá, más pesada, rota, y sin poder evitar pensar en él, en su pérdida, cada vez que vea el mar.

Además de vivir en una fábrica abandonada, ni tan solo en un albergue, ni tan solo en un refugio, la representante de la ONG le cuenta que estaba enfermo de cáncer, un cáncer hepático terminal desde hacía varios meses. Cada semana había acudido a tratamiento de quimioterapia en un hospital público y, de nuevo, al colchón y al saco de dormir en los que afrontaba las secuelas de la enfermedad y del propio tratamiento. Nunca, ni un solo día de todo este proceso tuvo una ducha caliente ni una cama en condiciones. Como el resto de sus compañeros. Sin calor, sin visibilidad, sin papeles.

La historia de estas dos mujeres es real y tienen nombres y apellidos aunque podrían ser otros y tampoco importaría. Igual que estas historias se repiten a cada instante aunque las desconozcamos, de la misma manera existen hombres y mujeres que las sufren constantemente. El mar o la tierra pueden ser un auténtico infierno: el primero por sus propias leyes indomables; la segunda, por las personas que permitimos que nuestros congéneres mueran de cáncer en el colchón viejo de una fábrica abandonada mientras otros se permiten apropiarse de lo que para el bien común.

El hermano de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se llevó una pasta por conseguir mascarillas en lo peor de la pandemia, cuando se estaban muriendo ya decenas de ancianos en su comunidad. Casi 60.000 euros según ella, pero en global, son más porque ha participado en varios contratos, parece ser. Son una amante familia que se quiere, se apoya y se ayudan unos a otros a salir adelante, con sus recursos o los de los demás. Lo tuyo es lo mío. Porque no tienen que dar explicaciones de nada, porque mandan, la gente les quiere y porque, lo más importante, por no tener no tienen ni miedo, ni al mar, ni a la tierra. Esa realidad no va con ellos.

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