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El recorte

Aplauso y despedida

En escasas ocasiones los difuntos pueden hablar en su propio funeral. Pero en la política se ve de todo. Muertos que resucitan y otros que se despiden antes de hacer mutis por el foro. Ayer, en el Congreso de los Diputados, un tipo que salió de la tumba se puso en pie para hablarle a otro que estaba a punto de entrar en la suya. Pedro Sánchez, el presidente que surgió del frío de la morgue socialista, le dijo adiós, con su peculiar estilo, a un Pablo Casado que venía a preguntarle algo que olvidó por el camino para dedicarse componer un pequeño discurso de amarga despedida. Unos que vienen y otros que se van, diría Julio Iglesias, que no es primo de Pablo, el otro que se fue a cortarse la coleta después del sepelio de su rival, Albert Rivera. La política en España siempre fue una máquina de fabricar menudillo. Nunca fue mejor nombre el del Salón de los Pasos Perdidos de la carrera de San Jerónimo. Al ruido de la cabeza de Teodoro García Egea cayendo por los escalones se sumó ayer el de los pasos de Casado, que se marchó del hemiciclo dándole a la espalda a los suyos, que le aplaudían. Pero como se aplaude a las víctimas. No era el homenaje que se hace a los toreros en una tarde de victoria, sino el que se brinda a los toros que han sido bravos, cuando arrastran su cuerpo por el albero, ya desprovistos de las orejas y el rabo.

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