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Un salario sin sal

Tras aprobar la reforma laboral rozando el palo y en el último minuto, el Gobierno español se animó y decidió subir el salario mínimo interprofesional hasta alcanzar la cifra de 1.000 euros, lo que generó las reacciones previsibles en todos los sectores: mientras unos se lamentaban porque decían que esto perjudicará la economía al hacer aumentar la inflación y los costes de las pymes, otros lo celebraban diciendo que ya era hora. El salario mínimo es uno de los caballos de batalla de los sectores sociales desde hace muchos años, y las clases obreras han tenido que luchar mucho para ser escuchadas. Ninguno de los derechos que tenemos hoy (sueldo, educación, sanidad) han caído del cielo. Y si no se vigila, es fácil perderlos. De hecho, no hace tantos años ser un «mileurista» era visto como algo negativo, mientras que ahora, según qué trabajo se tenga, es un milagro llegar a esa cantidad.

Un salario sin sal

Pero dejemos a los especialistas el debate sobre la idoneidad de ganar 1.000 euros mensuales, porque queremos centrarnos en otra discusión. Se suele decir que el origen del término salario se encuentra en la época romana. Ciertamente, proviene del latín salarium y se relaciona con la sal. Sin dudarlo suele repetirse que a los soldados se les pagaba con este mineral. Otras versiones también afirman que esto solo ocurría en el caso de los legionarios destinados a vigilar la Vía Salaria, que conectaba Roma con el Adriático. Se cree que los soldados encargados de proteger el tráfico de ese valioso elemento entre ambos lados de la península itálica, además de recibir las monedas pertinentes, eran recompensados con una pequeña cantidad de sal.

El problema es que no hay prueba fehaciente que permita defender esta teoría sin vacilar. Es cierto que existía la Vía Salaria (es tan antigua que no se sabe a ciencia cierta cuándo se construyó) y que la sal era muy importante en aquella época, pues era de vital importancia para la conservación de alimentos. En un tiempo en el que nadie podía soñar en neveras ni congeladores, se evitaba la putrefacción de la carne y el pescado con la sal. Cada cristal de este mineral, como una pequeña esponja, absorbe los líquidos, y en consecuencia esto evita la aparición de las bacterias que arruinan los productos. En la antigüedad no tenían ni idea de que existía la microbiología que en el siglo XIX descubriría Louis Pasteur, pero eran listos y tenían capacidad de observación. Buena prueba de ello es que todavía ahora nos valemos de sus conocimientos cuando comemos jamón y anchoas.

Una de las personas que más ha investigado sobre el origen etimológico de salario, y ha intentado averiguar cómo empezó esta leyenda de cobrar con sal, es un helenista formado en Oxford llamado Peter Gainsford, que actualmente es profesor de la Universidad de Wellignton (Nueva Zelanda). Según él, la idea de que los militares romanos eran remunerados con sal es un error de interpretación de algunos latinistas del siglo XIX a la hora de leer a los clásicos. A partir de ahí, la leyenda se habría ido perpetuando a través de manuales y diccionarios hasta llegar a nuestros días. Para demostrarlo, Gainsford cita un sinfín de referencias bibliográficas que también le sirven para argumentar que, en realidad, lo que se quería decir con «salarium» era que se les entregaba una cantidad de dinero suficiente para poder comprar este producto tan preciado. Este helenista refuerza su hipótesis recurriendo a Grecia.

En griego, en vez de salarium se utilizaba la palabra opsonion, que se podría traducir como los honorarios suficientes para poder adquirir opson, una especie de condimento muy popular y que servía para acompañar la comida principal. Esto no quería decir que todo el dinero ganado se gastase exclusivamente en ese producto. De la misma forma, y siempre según la teoría de Gainsford, no significaba que en Roma todo el salario se destinara a adquirir sal, sino que era una fórmula para referirse a tener la capacidad de poder pagar las cosas importantes de la vida cotidiana. O sea, que en el fondo es bastante parecido a lo que aspiramos hoy en día cuando trabajamos para recibir un salario, que más que mínimo sobre todo debería ser digno.

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