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Juan Cruz Ruiz

TESTIGO DE CALLE

Juan Cruz Ruiz

Teddy ya tiene las playas y el monte y además el horizonte

Han sido más de diez años muy duros para Teddy Bautista, perseguido por la justicia y más allá, y al final exonerado (con todos sus compañeros, entre ellos el admirable amigo Caco Senante) de las acusaciones que le quitaron alegría de vivir, de componer, de andar sin la culpa postiza que le puso (repito: a él y a sus compañeros) el juez Ruz y de la que se hicieron un eco ruin periodistas y adversarios.

Después de esa época despiadada para el creador de Los Canarios, músico y ciudadano nacido en Gran Canaria, tierra de riscos y de playas, de poetas y de músicos, de creadores y de luz y de montes y de orillas, Teddy Bautista es honrado con el título de hijo predilecto de donde nació. Un círculo de maldad y de sospecha que nació el 1 de junio de 2011, cuando una tropa de guardias civiles asaltó la SGAE, donde Bautista era el más alto ejecutivo, como si allí se reuniera un nido de víboras, se cierra al fin la persecución aquella y además con este honor que, como el de sus compañeros de privilegio, adoptó por unanimidad el Cabildo de su tierra.

Es una alegría que celebro íntimamente como un acto de justicia que desde hace años (desde hace diez años, por ejemplo) se merece el hombre quizá más vilipendiado de los que nacieron en el Archipiélago en la época presente.

Recuerdo como si fuera una herida propia esa mañana en que a Teddy lo detuvieron en la sede de la SGAE, viniendo del entierro de un compañero suyo de trabajo. Se ha contado hasta la saciedad el momento. Aquella tropa de guardias, al mando de un juez que no tuvo la piedad de hacer su pesquisa con sosiego o respeto, subió por las vallas protectoras del hermoso edificio de Longoria, se fue a los despachos en busca de documentos que incriminaran a la institución que Teddy presidía. A éste y a los otros los llevaron a un calabozo, y de los interrogatorios salió el músico dispuesto ya a que el ataque que hacía tiempo se había inaugurado se convirtiera en fuego implacable. Implacable e irrespetuoso.

Las noticias de la radio, y las que me enviaron los amigos, me hallaron de viaje fuera de Madrid, y hasta ahora no he podido olvidar ni uno de los incidentes de aquella jornada, como si hubieran atado contra un árbol a un amigo muy querido de la escuela. Al atardecer un alto cargo del Gobierno de entonces, que era el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y que seguramente supo del desasosiego que los acontecimientos despertaron en personas que pudieran ser próximas a algunos de los detenidos, me llamó para decirme que aquello se iba a aclarar en seguida, que en realidad la espectacularidad, y la notoriedad, de la persecución no iba a ser seguida por la gravedad de las acusaciones.

No fue así, obviamente. A partir de esa noche algunos (como Rodríguez Neri) tuvieron que padecer largas jornadas de investigación y de presidio, y al propio Teddy y a Senante y a todos ellos los marcaron ya la prensa y los que se animaron a acusar sin información o argumentos. Vivieron un calvario, cuyo símbolo mayor, al menos para mi, fue cuando vi llorar a Teddy Bautista ante un plato de sopa que se quedó allí, frío, mientras su mirada de hombre acosado por la perplejidad se perdía en un horizonte que sólo una década más tarde, prácticamente ahora mismo, ha conseguido recuperar.

Ha sido el peor de los tiempos para esta gente; independientemente de las razones que esgrimieran el juez y sus ayudantes, aquello fue, como lo califican ahora los propios adversarios del expresidente de la SGAE, un atropello destinado a prolongar la agonía de la entidad y desposeerla en definitiva de su poder para defender los derechos de autor. Entonces (y todavía ahora) las grandes multinacionales de la música y otras artes de la interpretación habían creado una enorme sospecha por la gestión de los derechos de autor, para abrir el camino de los que querían en la cárcel o fuera de juego a los que administraban lo que las leyes dictaban sobre los derechos de los creadores. Los adjetivos de esa información dispersada como veneno cayeron sobre la cabeza de una docena de personas que, en el calabozo primero y en el ostracismo más tarde, fueron tachados de ladrones por los que querían verlos más allá de los papeles con los que defendían los derechos de sus compañeros.

La sospecha fue amplificada hasta hacer imposible la vida de los acusados. La justicia añadió lentitud a la maldad. La amistad no les fue hurtada del todo a los acusados, pues eso era imposible; pero sí debió bajar la intensidad del amor que se debe a los amigos, pues las propias víctimas del acoso han contado, a veces en voz baja, este cautiverio social. Hubo personas que conozco muy íntimamente que se acercaron a Teddy, por ejemplo, como metáfora mayor de aquella tragedia personal que debía estar pasando: en la calle, acusado, pero incapaz aun de defenderse. Clandestino en el metro y las aceras, buscando en la sombra el camino de la redención que quizá no debía haber durado ni un mes de tiempo. Y un mes, para un hombre así, para unas personas así, debe ser como un año o diez años, que son los que han transcurrido para que ya hayan recuperado al fin la libertad de decir así no fue.

Así no fue, en efecto, dijeron al fin los jueces. Unos meses después de haber recuperado la libertad que le arrancaron los guardias civiles subiendo por las almenas para significar que allí no sólo había delito sino peligro de fuga, Teddy Bautista, el mayor de los acusados, el más notorio de los inocentes, ha sido premiado con las llaves que su tierra. La isla de Gran Canaria le ha otorgado por unanimidad, junto a admirables seres como José Manuel Pérez, María Dolores de la Fe, Carmen Laforet o Eugenio Padorno, el mejor instrumento que se le da a un vecino: las llaves de la casa…

De cada uno de ellos, y de todos los premiados, se podrían escribir poemas, música o abrazos, como de Teddy Bautista. Ahora este último recupera el aliento de la calle que merece caminar mirando al frente, en busca del risco o de la playa o del abrazo de su tierra y de la música. Ahora, parafraseando el hermoso poema de Agustín Millares, para Teddy Bautista Gran Canaria será su calle, calle de todos será.

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