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MI REFLEXIÓN DEL DOMINGO

El drama de la Encarnación

Es impresionante el desenlace del Evangelio de hoy: allí, en Nazaret, en su pueblo, donde se había criado, quieren acabar con Jesús: Tirarlo por un precipicio del monte con intención de despeñarlo. «¡Pero Él se abrió paso entre ellos y seguía su camino!».

¿Qué había sucedido? Que se complicó la cosa en la sinagoga: allí dejamos a Jesucristo el domingo pasado. Allí llegó con fama de sabiduría y de milagros. Y, cuando el sábado, comenta la lectura de la Ley y los Profetas, les dice claramente que Él es el Mesías, el que tenía que venir: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

En un primer momento, «todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios». Pero después comienzan a pensar y a decir: «¿No es este el hijo de José?».

Así sintetiza S. Lucas las impresiones de la gente de Nazaret sobre Jesús. San Mateo y San Marcos son más explícitos, y concluyen diciendo que «no pudo hacer allí muchos milagros a causa de su falta de fe» (Mt 13, 58. Mc 6,5-6).

Pero Jesucristo les dice que no se extraña de esa reacción, porque «ningún profeta es aceptado en su pueblo». Y les pone dos ejemplos de la historia de Israel, en los que se manifiesta su cerrazón de mente y de corazón a Dios: Elías, cuando fue enviado a auxiliar a una viuda pagana de Sarepta, en el territorio de Sidón, y ella lo acoge y lo atiende, y Eliseo, que curó de lepra a Naamán, el sirio.

Me interesa subrayar que en Nazaret se manifiesta, en toda su crudeza, lo que yo llamo «el drama de la Encarnación». Éste consiste en que Dios, para hablar al hombre, para relacionarse con él, para concederle sus dones y para salvarle, se ha hecho hombre y ha querido valerse de la fragilidad de lo humano: hombres y mujeres, que hablan y actúan en nombre de Dios; realidades sencillas, que se presentan, por ejemplo, como materia de los sacramentos: pan, agua, aceite…; expresiones, decisiones y realidades humanas que surgen como respuesta a una problemática concreta…, tantas cosas. Y entonces podemos rechazar al Señor y sus dones por la envoltura de lo humano con que llegan a nosotros.

De este modo, lo que se realiza y se ofrece para facilitar la comprensión y la acogida de Dios y de sus dones, resulta, por terrible y lamentable que parezca, ineficaz y hasta contraproducente. ¡Un drama! ¡El drama de la Encarnación! ¡Pudiendo encontrarnos con Dios y llenarnos de sus dones, nos quedamos sin nada, como los de Nazaret!

Así sucede en Cristo: su Humanidad revela su Divinidad, su infinita grandeza, pero también la oculta. Por eso, muchos pudieron rechazarle, despreciarle, insultarle, maltratarle e, incluso, llevarle a la cruz.

Y eso es lo que ha sucedido y sucederá siempre también en la vida de la Iglesia, cuerpo de Cristo, por su analogía con el misterio de la Encarnación. El Vaticano II, en efecto, nos ha enseñado que «así como la naturaleza humana asumida, está al servicio del Verbo Divino como órgano vivo de salvación, a Él indisolublemente unido, de la misma manera el organismo social de la Iglesia, está al servicio del Espíritu de Cristo, que le da vida para que el cuerpo crezca» (L. G. 8).

Por tanto, nos encontramos siempre ante esta alternativa: o aceptamos el designio de Dios, que ha querido valerse de lo humano como medio de salvación y de gracia, o nos quedaremos sin nada. Es más, ¡como tierra baldía y estéril! Incluso, podemos llegar a despertar un día, constatando, con vergüenza, tristeza, y asombro, que, casi sin darnos cuenta, nos hemos colocado entre los adversarios de Cristo y de la Iglesia.

Y no olvidemos que, entonces, «Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino». Y ellos, los de Nazaret, se quedaron sin nada. Es más, como los que quieren acaban con Jesús nada más comenzar su ministerio.

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