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Francisco Pomares

Sobre el gas y otras emisiones

La consideración de las nucleares y el gas natural como proyectos energéticos verdes por parte de la Comisión Europea, ha creado una polémica un tanto absurda: probablemente tiene más que ver con la definición de lo que es verde, que con lo que pretende la medida. Parece obvio que si se quiere es avanzar en la descarbonización, reduciendo las emisiones de CO2, metano y otros gases responsables del cambio climático, tanto las nucleares como el gas cumplen esa función. Las nucleares de forma muy clara, dado que no emiten gases contaminantes. Sus problemas son otros, básicamente los que tienen que ver con la seguridad y el tratamiento de los residuos radiactivos. En cuanto al gas natural, es contaminante y emite de CO2, por eso, de lo que se trata es de determinar si una instalación de gas reduce las emisiones de otra en funcionamiento. Es lo que ocurriría en Canarias, por ejemplo, si se sustituyera el fueloil por gas en las centrales térmicas de ciclo combinado, algo que podría hacerse con muy poco coste en la adaptación de las centrales, un ahorro de aproximadamente 300 millones de euros anuales en la factura del combustible (no es moco de pavo), y –sobre todo– una reducción de entre el 25 y el 30 por ciento de emisión de gases de efecto invernadero.

El problema actual de la generación de energía es que hay que reducir –y hacerlo ya– las emisiones de CO2. O logramos bajarlas sustancialmente de aquí al 2050, o el planeta será invivible para nuestros hijos y nietos. ¿Implica riesgos utilizar energía nuclear? Sin duda, y eso a pesar de la sistemática mejora en la seguridad de la tecnología de fisión, y en la reducción de residuos. La actual tecnología nuclear supone –todavía– un riesgo para la vida en el planeta, pero la emisión de CO2 supone algo más que un riesgo, supone en el medio plazo la desertización del planeta, la extinción masiva de especies, y una vida probablemente infame para nuestros descendientes. Que China sustituya en los próximos 20 años el carbón por nucleares es una buena noticia. Como lo sería sustituir ya –donde se pueda– el carbón o el fuel por gas natural.

Vivimos un tiempo de transición, la transformación energética se acelera, la apuesta por la generación verde implica decisiones de calado que comportan inversiones multimillonarias. La inclusión en el catálogo de actividades que contribuirán a la neutralidad climática en 2050, tanto de las nucleares (por exigencia francesa) como del gas (exigencia alemana) responde a criterios de interés económico nacional, pero se sostiene también desde la lógica de que hay que apoyar todo lo que reduzca las emisiones de CO2.

El problema es que en materia energética las poses que adoptamos son maximalistas o sencillamente cosméticas. La negativa a usar gas en vez de fuel en Canarias porque eso retrasa la transición energética es un disparate maximalista: lo que retrasa la transición a una energía verde es mantener el fuel hipercontaminante como combustible, a la espera de que la región se llene de molinos, placas, saltos de agua y utópicas instalaciones de energía maremotriz. Y es pura cosmética, probablemente cosmética bienintencionada, plantear la creación de zonas de bajas emisiones en las ciudades, cuando la electricidad que se utiliza para mover los coches sigue siendo producida en su mayor parte por centrales que funcionan con fuel. Que sólo se permita la circulación de coches privados eléctricos en el centro de Santa Cruz de Tenerife probablemente reduzca las emisiones en la capital tinerfeña, una ciudad –por otro lado– con escasos niveles de contaminación gracias a la inexistencia de fábricas, el nulo uso de calefacciones y –sobre todo– la acción de los vientos alisios.

Pero si la electricidad con la que funcionan los coches sigue produciéndose con fuel, las emisiones de CO2 a la atmósfera seguirán ahí. ¿Cuál es entonces la ventaja?

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