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Francisco Pomares

Cosas que sabemos de lo que está pasando

Sabemos que las últimas decisiones que se han adoptado en relación con la pandemia no responden a criterios clínicos ni cuentan con aval científico: se han adoptado porque quienes gestionan la sanidad pública creen que es lo único que ya se puede hacer. Si no hay manera de controlar la imparable ola de contagios que ha traído ómicron, ni de saber realmente cuántos contagiados hay más allá de los 600.000 declarados en los últimos diez días, la estrategia de búsqueda activa de casos, diagnóstico clínico y rastreo ya no tiene sentido. No existe logística para llevarla a cabo, como tampoco existe capacidad para que las personas afectadas o con sospecha de estarlo puedan acudir a las farmacias a adquirir una prueba. Puede culparse al Gobierno de haber desincentivado la producción local de test, y de no haber frenado la especulación vergonzosa de un producto de primera necesidad para evitar el pánico, la indefensión y el desconvierto de millones de personas. Pero ya me dirán de qué nos sirve ahora señalar lo que ya no tiene arreglo…

Sabemos también que las decisiones que se han adoptado –por unanimidad de todas las comunidades autónomas, para mayor inri– no son fruto de la demencia, sino de lo que toca: reducir el número de días de aislamiento y autorizar que la gente vuelta al trabajo sin tener que pasar ningún test. No es lo óptimo, pero reconocer las cosas es mejor que negarlas. El Gobierno no es responsable de todo lo que le ocurra a un país, ni de lo bueno, ni de lo malo. Si nos cae un asteroide en la cabeza como a Di Caprio (bueno, a él fue un cometa del tamaño del Everest), eso no tiene por qué ser culpa del Gobierno. Hay cosas que ningún Gobierno puede resolver, y una de ellas es que al covid le importe una higa que no existan medios para controlar, cribar y medir su actual contagiosidad. A lo que no tiene derecho el Gobierno es a ocultarnos lo que está ocurriendo.

Después de dos años de discursos épicos sobre lo bien que lo han hecho todo, este sería un buen momento para confiar en la gente, para decirles a los ciudadanos que no queda otra que cambiar de estrategia, porque la que se ha seguido hasta ahora es ya impracticable. Y explicar que eso conlleva riesgos, pero probablemente no será el fin del mundo. Exactamente lo que ha hecho, por ejemplo, el Gobierno de Israel, al contarle a la gente la verdad: dado que en esta etapa el covid no puede ser controlado, aceptemos la inevitabilidad de un contagio masivo. Aunque la vacunación y la propia genética de ómicron han reducido extraordinariamente la letalidad del bicho. Si no podemos hacer lo mismo que antes, porque el sistema sanitario no cuenta ni siquiera con médicos suficientes para atender a todo el mundo que necesita de una baja laboral, hagamos algo distinto: por ejemplo, concentrar el esfuerzo en las personas que realmente morirán si no son atendidas. Y expliquemos una y otra vez a los ciudadanos que en estas circunstancias el que no esté vacunado corre un riesgo alto de enfermar gravemente e incluso morir.

Para hablarle así a la población no es imprescindible ser Churchill, pero sí hay que asumir las dificultades que comporta el liderazgo: nos enfrentamos a una situación extraordinaria, en la que el sistema de Salud pública es incapaz de soportar el alto número de pruebas diagnósticas que establecen los protocolos, se han desbordado la atención primaria y los servicios de microbiología de los hospitales, y el crecimiento exponencial de los contagios amenaza con desbordar también las UCI. Pues habrá que limitar las pruebas, porque sencillamente no se pueden hacer a todos. Y habrá que hacer más cosas: explicarle a la gente que la disminución de los días de aislamiento no es un pasaporte para la fiesta, que hoy más que nunca hay que ser prudente, reducir la exposición, volver a las medidas individuales de protección… porque aunque todos vayamos a pasar por esto, y quizá no sea tan malo que así ocurra, mejor que no lo pasemos todos juntos y al mismo tiempo.

Son cosas que la mayoría sabemos. Y eso que nadie –de este ni de ningún gobierno– se ha tomado la molestia de contarnos la verdad.

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