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Estar de vuelta

La otra mañana escuché a una mujer decir que hay días que le recuerdan por qué estudió Medicina. Estábamos en el gimnasio a primera hora y, mientras yo hacía malabares para enroscarme la toalla y calzarme las chanclas, ella comentaba la jornada del día anterior con una compañera. En el otro extremo, dos mujeres se secaban el pelo y analizaban las múltiples equivocaciones que cometen la mayoría de sus compañeros de profesión. Por sus comentarios sobre citaciones fallidas y contratos erróneos, intuyo que son abogadas, pero volvamos a la médica. Habló de una guardia frenética, de no haber dormido apenas, nombró vocablos que me sonaba haber escuchado en un capítulo de House y hubo un momento en el que alto y claro dijo: «Días como ayer me recuerdan por qué me dedico a lo que me dedico». Estuve a punto de acercarme a ella y abrazarla, pero dada mi estampa, no habría sido adecuado.

Primero, aparecen los viñedos. Voy conduciendo y veo cientos de troncos finos que se retuercen y que están dispuestos en filas perfectas. Tengo un buen amigo que dice que en una viña hay mucha vida, pero a mí ésa me parece aletargada. Pocos metros más allá, un trozo de tierra muy roja recién arada. Más adelante, un par de algarrobos, una caseta de piedra medio derruida, unos cuantos almendros, un trozo de pared seca recién restaurada, bandadas de estorninos, trazos de una nube que parece pintada, el cielo color rosa y los restos de la luna decreciente. Pienso en el comentario que he escuchado esa mañana y caigo en la cuenta de que, lo que de verdad me ha gustado de esas palabras, es que esa doctora no parece estar de vuelta de las cosas. Las vive con ilusión, ganas y capacidad de asombro.

A ciertas edades se puede creer que pocas cosas nos afectan y que se está de vuelta de mucho. Entiendo que queramos superar dependencias afectivas, preocupaciones, miedos o pasiones desmesuradas. Es más, es lo suyo, pero quiero creer que hay emociones valiosas de las que no nos desapegamos jamás. Una de las diferencias entre las personas que me interesan mucho y las que no me interesan tanto es su capacidad por mostrar curiosidad y empatía por lo que sucede a quienes tienen a su alrededor. Es gente que construye mucho y destruye poco. Todos conocemos a alguien que juzga al resto desde una atalaya, con esa frialdad de quien cree tener la suficiente experiencia como para estar por encima del bien y del mal. Todos sabemos lo agradable que es toparse con quien es todo lo contrario y muestra sensibilidad hacia su entorno.

Vi a una pareja de octogenarios besarse en la plaza de delante de la Catedral. Se besaban como lo hacíamos a los veinte y como querríamos seguir haciéndolo ahora. Estaban apoyados en una pared, muy pegados, con los ojos cerrados y, sobre todo, disfrutaban. La gente se giraba para mirarles. Algunos se burlaban, otros les juzgaban. La estampa me pareció esperanzadora y, diez años después, aun les recuerdo. Hoy sé que lo que me gustó es que ellos tampoco estaban de vuelta de lo que significa gustarse y de demostrarlo. Una vida intensa y en positivo. Me parece un buen propósito para esta época.

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