Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Francisco Pomares

Penúltima visita

Pedro Sánchez estuvo ayer por primera vez en La Palma tras la declaración oficial de que el volcán se ha extinguido. La isla sigue ardiendo en sus entrañas, expulsando gas tóxico y vapor de agua quince días después de que el volcán decidiera descansar, pero nadie duda de que la erupción más larga de la historia de la isla ha concluido finalmente. Han sido 85 días de destrucción imparable, que han dejado al descubierto un volcán con seis bocas perfectamente alineadas a lo largo de la grieta de la cumbre, y un paisaje de devastación absoluta que ha teñido de negro las entrañas de una isla verde.

La erupción se ha llevado por delante alrededor de 1.300 viviendas y 400 edificaciones, ha obligado a evacuar a más de 7.000 personas que aún no han podido comenzar a volver –algunas, algo más de un millar, no podrán volver nunca– y ha provocado daños difíciles de estimar, pero que hoy se cree superan ampliamente los 900 millones de euros. Los barrios de Tajuya, Tacande y La Laguna, han quedado sepultados por montañas de escoria volcánica, junto a más de 70 kilómetros de carreteras que hay que reabrir. El impacto sobre el territorio obliga a reconsiderar el uso tradicionalmente dado a los nuevos espacios geológicos. La isla ha sufrido una destrucción tremenda en el más poblado de sus valles, y habrá que repartir el territorio para recuperar la vida y la actividad económica.

Pero los esfuerzos realizados por las distintas administraciones para explicar cómo se producirá la recuperación, no son muy brillantes, a los Gobiernos lo que les gusta es hablar de dinero gastado: Torres suele hacer el repaso de los millones de euros que ya han llegado o están a punto de llegar a la isla. Dos millones gastados en proporcionar alojamiento en hoteles a los desplazados por el volcán, más siete millones de euros en viviendas prefabricadas, cinco millones y medio para la compra de 117 viviendas en el mercado privado, 264.000 euros para que las familias compren enseres y muebles, más de cuatro millones para ayudas básicas esenciales, o los 29 millones repartidos a los sectores económicos afectados por la erupción y su destrozo, o los dedicados a la oficina de atención a los damnificados, las desaladoras alquiladas a la empresa Cobra o las obras de emergencia en la carretera de Puerto Naos. Sánchez subió ayer la suma de las ayudas recibidas por los palmeros (recibidas no es quizá la expresión correcta) hasta los 138 millones de euros, más de un tercio de los casi 400 millones -dijo- que hay asignados para la reconstrucción de la isla. Menos de la mitad de los daños causados, pero muchísimo más de lo que se espera.

Han pasado ya más de tres meses desde que esta catástrofe torpemente saludada como una fiesta de la vida diera comienzo. Quizá lo que procede ahora, más que seguir repitiendo la letanía de los dineros que vendrán, desgranando partidas como quien pasa las cuentas de un rosario de actuaciones y políticas, sería explicar que proyecto tienen el Gobierno de España –y el de Canarias- para reorientar el futuro de una isla que ya antes del volcán tenía serios problemas de futuro. Uno entiende la necesidad de cierto nivel de ñoñería, romanticismo e patriotismo de isla ante lo ocurrido. Pero de eso ni se come ni se vive. Lo que hace falta es poner sobre la mesa de la devastación un plan de contingencia, con prioridades definidas y recursos asignados, con un calendario de actuaciones y un sistema de control de que las propuestas que se plantean se cumplen y resuelven problemas reales: antes se resolvían las cosas de esa forma, con planes. Sin tanta cámara de televisión, sin tanta emoción desatada, sin tantos discursos y compromisos públicos.

Los palmeros saben bien que estamos ya ante las penúltimas visitas. Y no es malo que sea así: ya no hacen falta más fotos épicas al resplandor del volcán, ni más declaraciones apasionadamente solidarias. Ahora es preciso poner la inteligencia en la tarea, currarse el presupuesto, aprobar partidas, asignarlas a la reconstrucción: descansar las lenguas y poner ya las palas a trabajar.

Compartir el artículo

stats