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Jorge Bethencourt

Manual de objeciones

Jorge Bethencourt

Un país difunto

Decía Eribert Barrera, mítico presidente de Esquerra Republicana de Cataluña, que los negros americanos tienen un coeficiente intelectual inferior al de los blancos, sugiriendo que a los charnegos –inmigrantes españoles– les pasaba igual con los catalanes. Algo parecido decía Sabino Arana de la superior capacidad de la raza vasca. Es irónico en ambos casos, porque no hay nada más español que sentirse diferente, superior y una raza ungida por el destino.

Si se hubiera esterilizado a los débiles genéticos, por flojetud mental, como proponía el líder catalán, tal vez hoy en España no tendríamos política. Las formas han cambiado, pero el fondo se mantiene. En España padecemos un patriotismo excluyente. Uno no se afirma por lo que es, sino por no ser lo mismo que otros. Y en esa estamos desde aquella guerra civil, que llamamos de independencia, entre los que querían ser hijos de la ilustración francesa y los que defendían la vieja España y su rey cobarde.

Durante un breve espacio de tiempo, ocurrió un milagro en España. El último general golpista de voz de pito había muerto en la cama, de puro viejo. Se fue con sus No-Dos, sus pantanos y sus pazos. Y se puso en marcha una conspiración para ser libres. Excepto unos pocos nostálgicos violentos –los progres de hoy no saben lo que es un verdadero facha– la gente salió a la calle para empapelarla con carteles electorales.

Vivimos tantas óperas primas, tantas madrugadas, tantos conciertos… La libertad se respiraba en el asfixiante humo del tabaco de garitos que no cerraban jamás. La gente aceptaba las diferencias de los demás como el que entiende que uno es moreno y otro rubio. El pasado nos parecía tan lejano como el mundo obsoleto de los dinosaurios. Los rojos de las chaquetas de pana cambiaron el país. Y vimos huelgas. Y aprendimos las nuevas reglas de una democracia que nos llenaba la boca de felicidad y de exabruptos literarios. Florecieron las librerías y los cines de arte y ensayo, que hoy compiten con las ruinas romanas.

La noticia de ahora es que la gente se odia. Que hay un rey aquí y otro en el exilio, hoy en Oriente Medio y mañana en Estoril. Y que hay partidos que gobiernan el Estado que quieren cargarse el Estado. Los ciudadanos viven sepultados en una asfixiante selva de leyes, regulaciones y restricciones, conducidos mansamente por felices burócratas que gastan a manos llenas y sin límite alguno. Condenados a ser salvados en contra, incluso, de nosotros mismos por un Estado maternalista y asfixiante. Enzarzados en debates de odios y de diferencias de ideas, de sexos, de lenguas, de patrias… No sé qué tiene esta España de mejor que aquella otra que hicieron otros, con otras y otres más libres y menos tontes. Vamos a enterrar otro año. Y en un hogar catalán que no saldrá en los edulcorados anuncios del turrón, unos padres están sufriendo amenazas porque quieren que su hijo estudie en español. En España. Este país se ha vacunado con la pauta completa de la estupidez de rebaño. Y está muerto, aunque aún se note tan poco.

El recorte

A pagar y a callar. Houston, tenemos un problema. Como ya ocurrió con las mascarillas, el desabastecimiento de los test de antígenos en las farmacias es la noticia terrible de las Navidades. Si se está apelando a la responsabilidad de las personas, para no contagiar a sus familiares y los mayores, resulta absurdo que no se disponga de medios para determinar –al menos de manera aproximada– si estamos o no contagiados. Parecemos yonkis en la desesperada e inútil búsqueda de una dosis. Es frustrante ver a la gente ir de farmacia en farmacia pidiendo test de antígenos que están agotados. ¿Cuánto tiempo creen que vamos a hacer cola en los laboratorios para someternos a pruebas oficiales que nos cuestan un riñón? ¿Cuánto dinero creen que vamos a seguir gastando, de las economías familiares, en certificar que no estamos infectados? El famoso pasaporte Covid lleva camino de la extinción. Los países europeos se lo están cargando, simplemente porque es inútil. Tener la pauta de vacunación completa no garantiza nada, a efectos de la transmisión de la enfermedad. Por eso se está imponiendo lo que ya pedía Canarias a comienzos de esta crisis, una prueba de antígenos o una PCR, que es la única manera de acreditar de forma actualizada que no se está contagiado. Todo esto es un gigantesco caos. Una costosísima chapuza, en términos económicos y de confianza. Hay algo en lo que los gobernantes españoles han logrado un éxito apoteósico e indiscutible: tienen a todo el mundo harto. De la pandemia, de los bandazos, de falsas esperanzas y de ellos.


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