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Francisco Pomares

Dos (o no) que podrían (o no) apagarse este mes

El volcán se hace mayor: mañana habrá durado tanto como el de Tigalate, que en 1646 se apagó en el día 82, y el domingo superará la erupción del Tehuya, que arrasó la isla durante 84 días en 1585, y fue registrado por Torriani, que nos cuenta que el volcán «mandaba fuera un gran ruido acompañado por un terrible terremoto. Y, estas cosas aumentando con la tierra, en el espacio de dos días la llanura se hizo monte, de piedras grandes y pequeñas con tierra, como si fuese hecho por oficiales». También lo contó Fray Alonso de Espinosa: «Fue creciendo la tierra visiblemente en forma de volcán, y se levantó en gran altura, como una gran montaña, y habiendo precedido muchos terremotos y temblores de tierra, vino a abrir una boca grande, echando por ella fuego espantoso y peñascos encendidos…». Ambos, el ingeniero y el cura, estaban en la isla y vieron el estropicio con sus propios ojos. Viera también lo recuerda en su Historia, publicada dos siglos después: «Había acontecido aquella desgracia, tan memorable para los palmenses, de haberse disuelto, por efecto de la erupción de un volcán, parte de la famosa montaña Tacande, que era el más fértil y delicioso terreno de la isla». Sobre los altos del Jedey, a unos 800 metros sobre el mar, se encuentran Los Campanarios, unas agujas en forma de pitones que señalan el lugar donde dio comienzo la primera de las erupciones históricas de La Palma. Allí empezaron los primeros compases de la danza de magma a la que se enfrenta Aridane sin descanso desde los últimos dos millones de años, cuando la isla salió del mar.

Nadie sabe cuándo acabará realmente esta nueva pieza del baile, aunque el presidente Torres, otra vez de comitiva ministerial, se ha atrevido a decir que hay «indicios científicos» de que podría ocurrir antes de que nos den las uvas. Es verdad que un podría siempre ayuda a los osados: podría ser o podría no ser, pero lo cierto es que los científicos no quieren hacer pronósticos. Nadie sabe exactamente qué es lo que está pasando con los gases y los sismos por ahí debajo, a miles de metros en el subsuelo.

Solo se sabe que el monstruo es caprichoso, y tiene días, como el reloj del gomero. A veces parece anunciar su final, y un par de días después se afana de nuevo en su entusiasmo destructivo. Hace tres semanas estuvo absolutamente callado un par de horas, y mucha gente suspiró con alivio pensando que había llegado por fin el momento de parar. Pero no, despertó con un bostezo de fuego, y ahora juega al escondite con quienes intentan descifrar sus intenciones: el cono principal y sus bocas parecen aquietados, pero las coladas de la ladera oeste han seguido arrasando todo a su paso. Además, se está formando un segundo cono, otro volcán, hijo del anterior, menos explosivo que su padre, menos estromboliano. Crece tras romperse la pared del primero y vomita piroclastos y ceniza sin prisas y (de momento) sin pausas, mientras la lava mana ahora por una abertura que se encuentra más abajo, muy fluida y con más velocidad.

Ningún científico osa establecer hipótesis del tiempo que esto puede durar, aunque en el Pevolca se hacen apuestas: Morcuende cree que estamos en los estertores del volcán, pero no lo dirá en público ni lo jurará en privado. Cuando le preguntas pone su voz más humilde y dice que él es solo un ingeniero de montes que debería haberse  jubilado. Su colega Vicente Soler, del CSIC, sin embargo, apunta que esto va para rato. Cree que el vulcanismo palmero parece ir a más y que esta erupción va a superar en duración todas las anteriores. Pero tampoco se arriesga. Para los científicos, hablar de cuánto aguantará este volcán ya padre e hijo es aventurado: las certezas científicas requieren de maduración, empirismo y consenso. Los políticos no se lo curran tanto: les basta con tirar de condicionales y ya está. Con un par… de volcanes.

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