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En Kentucky no hay vino en el supermercado

Llevo días varada en un pueblo tan perdido de Kentucky que hasta en el propio mapa que me han dado en este motel de carretera no aparece. Así que el supermercado me ha parecido una alternativa más que razonable a todos los fast food que malviven de quienes se detienen aquí el mínimo imprescindible para saciar hambre y sueño. Y porque yo lo valgo, he pensado que la ocasión bien merecía acompañar la cena de pollo frito recalentado de microondas con un vino de la zona y al cruzarme a una oronda reponedora, le he preguntado por el vino. ¿No les ha pasado alguna vez que, tal cual abren la boca, se arrepienten y quisieran devolver todas las palabras al lugar de donde nunca debieron salir? Esa era yo, europea ignorante con mi cestita en la mano. Cuando hay vino, se sabe que hay vino. Cuando hay vino, se ve el vino del mismo modo que es imposible no ver los largos pasillos de azúcar: azúcar en coloridas cajas de cereales, en bollería, chucherías y refrescos. El muffin (una magdalena gorda) que me dan cada día en el desayuno del motel contiene un 70% de azúcar. Pero en el paquete lo que te anuncian son los arándanos. Es Garzón el de quedar varado aquí e hiperventila. Un paraíso para los peperos que llenaron las redes de selfis abrazando donuts. Quizá no para Aznar que a él nadie le dice cuánto tiene que beber, pero seguro que sí para Pablo Casado, que tampoco hay que demonizar el azúcar porque sí.

La reponedora, tan poco habituada a forasteros de más de un día como a semejante talla de ignorancia, me respondió que no se vende vino en los supermercados en todo el estado de Kentucky. Culpa de la pandemia, que me ha dejado absolutamente desentrenada y mi último viaje, antes de C (C de covid), fue recorriendo tres meses todo el valle de Napa, conocido por sus vinos y bodegas. Pero claro, ahora estoy en lo más profundo del llamado Bible Belt (cinturón de la Biblia). Porque así como los británicos son conocidos por su peculiar sentido del humor -y por tentar a la gravedad saltando de balcones cuando visitan ciertas zonas de Ibiza y Mallorca-, los gringos se caracterizan por segmentar su América great again a base de cinturones que concentran una serie de singularidades: el Cotton Belt (cinturón del algodón); Corn Belt (cinturón del maíz) o hasta un Stroke Belt (cinturón de la apoplejía por el elevado índice de derrames y enfermedades cardiovasculares). Pero tampoco estas curiosidades están en el mapa del motel y sí en un cajón, la Holy Bible. Incluso el vecino Tennessee, productor de whisky, permite las destilerías pero no la venta. La dependienta como buena cristiana se apiadó de mis vicios y me indicó que si quiero vino tengo que ir a la licorería. Vas con tu pasaporte y te pasan tu dosis de tinto. Pero es que a mí me gusta mirar los vinos junto a los quesos y no en licorerías que imagino lúgubres, como antaño aquella sección al fondo tras una cortinilla en los videoclubs donde se ocultaba el pecado.

Remanentes de la 18ª Enmienda de 1920, la Ley Seca, que el senador Andrew Volstead anunciara así: «Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno». Pero la Ley Seca no eliminó el consumo de alcohol, sino que supuso una bendición para gánsteres y bandas de crimen organizado. Tratando de arreglar el descosido fue remplazada por la 21ª Enmienda en 1933, convirtiéndose en la única que ha sido anulada a día de hoy. Y el pobre Volstead sin sospechar que algún día una cerveza (española) llevaría su nombre…

Pero sí, este gran país se dibuja en cinturones y también en estados secos o húmedos. Nostálgicos de 1920. Quién soy yo para juzgarlos cuando en España hay quien añora el 39. Y créanme que ni con esas son tantos los hombres que caminan erguidos, y entre nosotros… yo lo achaco más que al vino, al azúcar.

Y este es el triste motivo por el que este artículo está regado en cafés muy largos, en lugar de en el habitual tinto. Que los lectores me perdonen pero no voy a perder un minuto de mi vida discutiendo. Ya una vez en vuelo larguísimo me tocó un musulmán al lado que se propuso el reto de convertirme. Y yo que solo quería dormir. Y él dándome toquecitos para contarme tal o cual argumento irrefutable de que la Biblia era en realidad una copia del Corán. ¡Y yo que solo quería dormir! Vi la luz cuando una adusta azafata de la compañía rusa nos trajo la cena y pedí con premeditación y alevosía un vino. El musulmán me miraba estupefacto mientras, entre sorbos, le decía: «La sangre de Cristo, ¿de verdad no conoces esa parte de la Biblia? Nuestro Dios convierte el agua en vino».

@otropostdata

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