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Café de gorra

Noviembre me entra por el cuello desnudo de bufanda y entro a buscar refugio, adjetivos y un café a un establecimiento de poético nombre. Me gustaría escribir que el café está sabroso y en su justa temperatura y que además es excelente. Iría bien con el comienzo pretendidamente lírico de esta columna de viernes otoñal. Pero el café resulta estar agrio y cuando se lo digo al camarero, éste me informa de que ya se lo han dicho antes en aquella mesa. Vaya, no hay manera de dar una primicia. Aquella mesa es de cuatro y está a unos dos metros. Presenta una hiperpoblación de tostadas, delata afición jamonera, exhibe migas y, en efecto, hay varias tazas. La mesa es de cuatro pero nadie ha dicho que sean cuatro. Usted querrá saber cuántos eran. Pues eran tres. Un joven atildado, delgado y con gomina, como escapado de una novela de Wodehouse, una señora y un señor, del que barrunté que podría ejercer algún oficio relacionado con la seguridad. Bueno, que fuera vestido de Policía también me dio alguna pista. Me giré hacia ellos. Me hicieron gestos de complicidad. Y se improvisó una tertulia sobre la calidad del café. Y la leche. En esta vida hay que tener un hijo, plantar un árbol y si lo del libro se te hace cuesta arriba, fundar una tertulia.

Hubo atinados argumentos, también alguna atrevida comparación. No faltaron las chanzas y hasta el joven, con un vocabulario contenido y como de haber aprovechado bien el bachillerato, nos ilustró acerca de los matices cafeteros. Se notaba que había estado en Colombia. Y también en Babia. La señora optó por recriminar a sus acompañantes que siempre quisieran acudir al establecimiento de poético nombre, insistiendo en que el café era una porquería.

Me consideraban el moderador de la tertulia, así que interpreté mi papel muy serio, les quité la palabra y di paso a publicidad. Siempre me ha hecho gracia lo de moderar una tertulia. Lo que hay que hacer es alentarla, exacerbarla, tornarla jugosa. Moderarla es amuermarla. No sé. Fue entonces cuando el camarero, frente ancha, nariz aguileña, rectitud y bondad en el espíritu, nos trajo la cuenta. Pero era una cuenta sola, una cuenta como si los cuatro hubiéramos desayunado juntos. En alegre complicidad o incluso amistad.

A veces solo escribo para colar la palabra comandita. Aclaramos el malentendido y fue la señora, en un lenguaje que en la escuela diplomática no se enseña, la que recriminó al camarero que nos hubiera cobrado el café estando tan malísimo. Hubo un silencio que solo un mal novelista calificaría de espeso. Un silencio ligero. Fue entonces cuando el Policía se puso su sombrero. Y salió de gorra.

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