Suscríbete

eldia.es

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

LA GATA SOBRE EL TECLADO

Tiempos interesantes

No se sabe con certeza si se trata de un proverbio o de una irónica maldición, ni tampoco el lugar de origen exacto (aunque se supone oriental) de la expresión «Ojalá que vivas en tiempos interesantes». Existe un consenso con respecto a su significado que vendría a ser una forma de verle el lado positivo al hecho de estar viviendo circunstancias complejas y/o complicadas. Parece ser que los tiempos de paz, armonía y prosperidad no son propicios para grandes inventos, descubrimientos asombrosos o una inspiración artística destacable. A los seres humanos, por lo visto, se nos dispara la creatividad ante los desafíos que ponen en tela de juicio nuestra propia supervivencia. Si es así, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos viviendo tiempos realmente muy, pero que muy interesantes.

Cuando todavía no hemos levantado cabeza de la sacudida pandémica (sin entrar en el frondoso jardín de las verdades y mentiras que la acompañan), ya está asomando por el horizonte mediático la amenaza de un supuesto gran apagón que nos devolvería durante un tiempo indefinido (días, semanas o quién sabe cuánto) a la Edad Media sin necesidad de máquina del tiempo ni DeLorean con el que regresar al futuro. Pero, por si teníamos poco estrés, como diría Súper Ratón: «No se vayan todavía, aún hay más». El meteorito.

Por un lado, nos anuncian que en menos de un año, una nave espacial de la NASA se estrellará voluntariamente contra un asteroide con el objetivo de desviar su trayectoria, en una misión calificada como de «defensa planetaria» (se desconoce si la nave estará capitaneada por Will Smith). Y por otro lado, tenemos las predicciones de J.J. Benítez (autor de Caballo de Troya), quien asegura, deseando estar equivocado, que en 2027 nos cae un pedrusco (de talla cósmica XXL) en el Atlántico que va a solventar en un par de días el asunto de la superpoblación en el planeta. España y Portugal quedarían borrados del mapa, por no hablar de Canarias, donde no quedaría ni el apuntador a los tres segundos del impacto.

Tiempos interesantes, vaya que sí. Pero continuemos porque, al estrés de esta incertidumbre existencial, hay que sumarle la ansiedad perpetua en la que vivimos sumidos gracias a la velocidad vertiginosa de los avances tecnológicos. Cuando le teníamos pillado el tranquillo a las redes sociales, llega Zuckerberg con su META dispuesto a hacer realidad la Ready Player One de Spielberg. No damos abasto en el mundo real y ya nos están presionando para que entremos de pleno en el virtual también. Doble vida, doble trabajo, por el mismo sueldo. Un chollo.

En estos tiempos interesantes es realmente difícil mantenerse centrado y enfocado. Todo está diseñado para dispersarnos constantemente. Vivimos en un mundo en el que se ha multiplicado exponencialmente el impacto de estímulos que reciben a diario nuestros sentidos. Nuestro tiempo (lo más valioso que poseemos) es el codiciado elixir que persiguen estas megacorporaciones. Y son capaces de cualquier cosa por conseguir tres segundos de nuestra atención. Nos damos cuenta de sus maquiavélicas estrategias cuando entramos en el ciberespacio en busca de una información concreta y, sin darnos cuenta, nos encontramos sumergidos en una especie de agujero de gusano imparable. Vamos saltando de un impacto digital a otro en una suerte de inercia hipnótica que nos impulsa a hacer clic en estupideces como «Diez cosas que no sabías sobre las empanadas», «Descubre (en tres sencillos pasos) la causa de tu muerte en tu última vida pasada» o «Qué fue de los Milli Vanilli».

Cuando venimos a darnos cuenta de lo poco que nos importa toda esa información que acabamos de consumir como zombies sin rumbo, ya es demasiado tarde. Han pasado muchos minutos de nuestro precioso día. Y por si fuera poco, nos duelen las cervicales (más que ayer pero menos que mañana) y se nos han quedado varias neuronas en rompan filas. Porque se nos ve el plumero. El estrés que llevamos nos juega malas pasadas. Tenemos despistes que nos delatan. Sin ir más lejos, a mí me preguntó no hace mucho una señora (joven) en el supermercado algo que confirma mis sospechas.

Juro que es cierto. Yo estaba parada frente al expositor de yogures, debatiéndome entre alguno de los quinientos mil sabores del yogur griego (los griegos siempre se empeñan en hacernos filosofar sobre cualquier cosa) cuando ella se me acercó y me lanzó la inquietante y perturbadora pregunta: «Perdona… ¿en qué año estamos?». Me quedé por un instante con la mirada fija en la vitrina, mientras pasaban por mi mente todas las teorías sobre roturas en el tejido del espacio tiempo, fallos en la Matrix, universos paralelos y viajeros en el tiempo. Luego, me atreví a mirarla y, tras comprobar que no lucía una indumentaria del siglo XIX, pude expresar un lacónico «¿cómo». Ella insistió: «¿Estamos en 2021, verdad?». Yo ya empecé a dudarlo, pero me armé de valor y conversé con ella hasta que llegamos al fondo de la cuestión. Una cosa es tener el típico despiste de abrir la nevera en casa y no saber a qué venías y otra muy distinta es no saber en qué año estás. Pero al parecer simplemente se le cruzó el cable leyendo la fecha de caducidad de unas natillas.

Quizás, estemos ya a tal nivel de saturación informativa, que la nueva normalidad incluya despistes como no saber en qué año estamos, ni qué hacemos aquí. Lo dicho, tiempos interesantes. Por si acaso, no olviden supervitaminarse y mineralizarse.

Compartir el artículo

stats