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Gerardo Pérez Sánchez

El declive de la acción

El realizador Antoine Fuqua es un claro exponente del cine de acción ideado como explosión de testosterona descontrolada. Incuso en sus películas de mayor elaboración (esas que cuentan con tramos mejor construidos y narrados) se pueden encontrar secuencias donde la desproporción y el desenfreno son las señas de identidad. Training Day le valió un Oscar a Denzel Washington (sin ser su mejor interpretación y teniendo enfrente en aquella edición a un magnífico Will Smith dando vida a Muhammad Ali), aunque destilaba exageración casi en cada plano. La primera parte de The Equalizer: El protector, también con Washington encabezando el reparto, satisfacía todas esas ansias de justicia instantánea ante los horrores provocados por los “hombres malos”, por más que no escondía en absoluto su esencia básica y simplona de regodearse en la violencia. Shooter: El tirador daba la sensación de contar con un trama de intriga política de la que tirar. Sin embargo, su final evidenció que donde el realizador se siente realmente cómodo es en la recreación caricaturesca, tanto del bien como del mal. En El rey Arturo filmó una historia ambientada en el Primer Milenio, a través de unos personajes cuasi sacados de un videojuego moderno. Paradójicamente, en Los amos de Brooklyn, cuando verdaderamente se aprecia su esfuerzo en favor de la ponderación, no logró destacar en demasía. Hasta aquí, la mención a los mejores trabajos y logros de este cineasta norteamericano.

Mark Wahlberg y Chiwetel Ejiofor en una escena de la cinta.

Ahora presenta Infinite, cuya productora ha decidido estrenar directamente en la plataforma Amazon Prime sin pasar previamente por las salas de cine, quizás ante la evidencia de que el largometraje se le había ido a Fuqua de las manos, circunstancia que le sucede por segunda vez este año, pues en 2021 rodó Culpable, exhibida en Netflix desde hace semanas sin recalar en la pantalla grande. Un guion torpe y poco elaborado, como si hubiera sido escrito en dos tardes, unido a una dirección sin control que busca concatenar secuencias con escasa capacidad para hilarlas coherentemente, provocan un resultado muy decepcionante que constata el declive de Antoine Fuqua, aunque sea un declive tenue, dado que nunca ha alcanzado grandes cotas cinematográficas.

Evan McCauley es un hombre con problemas que lucha por sobrevivir. Le atormentan unas imágenes, mitad recuerdos y mitad pesadillas, en las que descubre que sus alucinaciones no son para nada lo que aparentan. En realidad, se trata de visiones de otras vidas pasadas. De esta forma, conoce a un grupo de personas como él, seres casi inmortales conocidos como El Infinito y que se han ido reencarnando a lo largo de los siglos.

Mark Wahlberg resulta un intérprete un tanto extraño. Con dos nominaciones al Oscar en su haber, cuenta con la particularidad de participar tanto en cintas de incuestionable calidad como en producciones mediocres y sin interés alguno. The Fighter de David O. Russell, The Lovely Bones de Peter Jackson, “Infiltrados” de Martin Scorsese, La tormenta perfecta de Wolfgang Petersen, o Boogie Nights de Paul Thomas Anderson pertenecen a ese grupo de proyectos interesantes y dignos de ver. Lástima que en su trayectoria pesen demasiado sus actuaciones en otros films como 2 Guns o Dolor y dinero. Sin duda puede dar mucho más de sí, pero desperdicia a menudo su talento en propuestas insufribles. Le acompaña un desubicado Chiwetel Ejiofor, nominado a la estatuilla dorada de Hollywood por 12 años de esclavitud y con participaciones en algunos títulos icónicos como Love Actually o en American Gangster y Marte, ambos a las órdenes de Ridley Scott. Completan el elenco Sophie Cookso (de la saga Kingsman) y Toby Jones (El topo, El velo pintado, El desafío - Frost contra Nixon), más desubicado si cabe que Ejiofor.

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