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Mary Cejudo

Aquí una opinión

Mary Cejudo

Una mujer en una camioneta

Creí que era un sentimiento íntimo de tantos que nos surgen en estos días por la tragedia de La Palma, pero lo han comentado muchas más personas, quizá por la repetición de las imágenes en diferentes cadenas de televisión: la mujer sentada en la parte trasera de una furgoneta cargada de enseres domésticos, llorando, mientras era transportada lejos de su hogar, el que, horas después, destruiría la lava.

Desde el momento cero de esta triste experiencia, los medios de comunicación se han volcado en su seguimiento. Unos con más respeto que otros. Ha habido hasta amoralidad: un locutor de un telediario pidiendo, al alcalde de una localidad palmera, que explicase en antena el caso más triste de los por él vividos durante estos días, para terminar sentenciando que habría que «sacar lo positivo». También se lució la toleta que preguntó cómo se apagaba un volcán.

Un episodio tan aterrador como éste lo único que, de verdad, nos enseña es la importancia de los que lo sufren, ya no digo esos valientes bomberos o fuerzas del orden o de servicios especiales, digo seres corrientes, los que podíamos ser cualquiera de nosotros, reflejados en instantes como esa mujer que, creo, tenía un tatuaje en el brazo y se secaba las lágrimas con una mano mientras que, con la otra, se aferraba por el vaivén del medio de transporte. Nunca sabrá que yo también lloré por sus lágrimas.

Alguien se lamentaba de no haber podido salvar sus fotos. Fue lo primero que mencionó. No dijo una pulsera de oro ni los papeles de la propiedad, sino los recuerdos hechos papel, el espejo de la existencia que había vivido. Quizá, como yo, pensaría en la instantánea en blanco y negro de la boda de sus padres o de alguien joven que se hubiese marchado para siempre y que posase junto a una perrita que se hizo vieja compartiendo el mismo hogar (¡ay Luna, cómo te sigo recordando, allá lejos donde estés con ella!).

En estos días todos hemos pensado en lo que intentaríamos salvar y, quizá, es cuando hemos comprendido la cantidad ingente de objetos que almacenamos; algunos, hasta ganados en pleitos contra hermanos que han terminado en una lamentable pelea familiar, la que, con el paso del tiempo, todos querrían solventar pero que la presencia del objeto impide. En ciertos casos, puede que ahora sea el momento.

Me ha llamado un amigo y preguntado cómo puede ayudar. Le he remitido a la noticia en la web de El Día/La Opinión de Tenerife donde aparece una precisa información que, espero, siga publicada durante mucho tiempo, porque el futuro, para muchos, en la Isla Bonita será largo y complicado. Tengo, en esa Isla, a las compañeras de la Asociación Española Contra el Cáncer de las que solamente se pueden decir buenas palabras, humildes en el trato y fuertes en el trabajo. Y una amiga, especialmente preocupada, también, por sus perras porque hay sonidos y efectos apocalípticos que nos asustan a todas las especies. En los meses del futuro tendremos que abrazarnos unos y otros. Ya no solamente para protegernos mutuamente, sino por pura decencia.

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