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Francisco Pomares

Volcanes y turismo

«El día 1 de septiembre de 1730, entre las nueve y las diez de la noche, la tierra se abrió en Timanfaya, a dos leguas de Yaiza ... En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra … ardiendo durante diez y nueve días … después un nuevo abismo se formó y un torrente de lava se precipitó sobre Timanfaya, sobre Rodeo y sobre una parte de Mancha Blanca. La lava se extendió … al principio con tanta rapidez como el agua, pero bien pronto su velocidad se aminoró y no corría más que como la miel…». El relato de Lorenzo Curbelo, cura párroco de Yaiza, continúa con una descripción pormenorizada de la mayor catástrofe volcánica de la que se tiene memoria histórica en Canarias: la lava cambio de dirección y arrasó Maretas y de Santa Catalina, y el 11 de septiembre se precipitó sobre Mazo, incendió y cubrió toda la aldea y siguió su camino hasta el mar, formando humaredas y cataratas y provocando la aparición de millares de peces muertos sobre las aguas. Después, la erupción pareció haber cesado, pero el 18 de Octubre tres nuevas bocas se abrieron en Santa Catalina y todo el valle oscureció por el huno y las cenizas. Los truenos y explosiones cercanos hicieron huir a los despavoridos habitantes de Yaiza, aunque el pueblo acabó por salvarse. La isla se transformó: los pueblos de Tingafa, Mancha Blanca, Las Maretas, Santa Catalina, Jaretas, San Juan, Peña de Plomos, Testeina y Rodeos quedaron sepultados por la lava. En seis años que duró el volcán, la cuarta parte de la isla quedó arrasada y las cenizas volcánicas cubrieron las vegas y huertas de los alrededores. El relato de Curbelo es de una extraordinaria precisión, y los científicos han estimado que el volumen de lava expulsada pudo superar los mil millones de m3, que cambiaron la morfología de la isla.

Un siglo después, el 31 de julio de 1834, se producen más erupciones en Lanzarote, también documentadas, entre otros por el cura de San Bartolome, testigo presencial. Describió la actividad de tres volcanes: Tao, Chinero y Tinguatón. Las erupciones concluyeron el 25 de octubre de ese año. Perro la crisis agrícola produjo terribles hambrunas que obligaron a miles de isleños a irse. Otros se quedaron, transformando el paisaje con cultivos sobre lapillis que atrapan y conservan la humedad del alisio y cambiaron el paisaje insular.

Hoy, casi trescientos años después de la erupción de Timanfaya, Lanzarote –una isla antes agrícola y pesquera- vive básicamente gracias al volcán. Con más de un millón y medio de visitantes anuales antes de la pandemia, los escoriales de lava de Timanfaya, declarados parque nacional en 1974, son el mayor atractivo de la isla, y el corazón ardiente de su economía turística. Tres siglos después de la tragedia, Timanfaya aporta a la isla su prosperidad. Pero saber eso no habría sido consuelo para quienes lo perdieron todo entonces.

Los políticos confunden a veces el presente y el futuro, acostumbran explayarse en sus visiones de éxito y progreso, porque la esencia de la buena política es precisamente la creación de un sueño colectivo de grandeza. Los sueños nos ayudan a todos a vivir, y a ellos a ganar elecciones. Pero hoy no es tiempo de sueños sobre el mañana. La grandeza que hoy se necesita con urgencia es la de la inteligencia social, la valentía para reaccionar ya, el compromiso con la gente y la solidaridad duradera. La Palma quiere respuestas ahora: necesita recursos para atender a sus desahuciados, estímulos para evitar la ruina del plátano (buen momento éste para una excepción a la ley de cadena alimentaria) y planificación a medio y largo plazo para reconstruir el valle de Aridane.

Para buscar las oportunidades que pueda esconder la crisis tendremos sin duda mucho más tiempo.

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