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Juan Pedro Rivero González

SANGRE DE DRAGO

Juan Pedro Rivero González

«La buena suerte»

Con ánimo de contrapunto, porque no me deja buen cuerpo el título de la semana pasada, y porque no son escasos los buenos deseo en el ámbito de las artes escénicas con referencia a la dicha que supone mucha cantidad de escremento, en su expresión más vulgar, es por lo que no me resisto a alegar por escrito de la buena suerte.

Dicen que la suerte es el encuentro de la preparación y el esfuerzo en circunstancias oportunas. Es una forma de verlo. Pero que se dan circunstancias imprevistas que benefician a las personas y que al no ser controladas por nuestra voluntad, y al desconocer cómo se hacen presentes en nuestra vida de esa forma involuntaria las ubicamos dentro de la Caja de Pandora como efecto de la fortuna o de la suerte.

Si suponemos que habitamos la soledad inmanente, es la mejor forma de entender lo que ocurre. Otros podríamos ver destellos de una providencia que nos acompaña tan presente como invisible. Sea como sea, aunque prefiero pensar la opción «B», la intangibilidad del acontecer y la ausencia de control del mismo nos resulta evidente.

No todo es programable. No todo es controlable.

Y Pablo de Tarzo, convertido después de aquel acontecimiento personal en el camino de Damasco, escribiéndole a sus hermanos, les decía que «(…) al que tiene fe todo le sirve para su bien». Una manera de decirles que la suerte es universal si la existencia cobra sentido. La vida es una suerte. Cualquier acontecimiento tiene una esquina bendecida y con posibilidad de que descubramos su belleza.

Incluso la enfermedad puede ser reconocida como un evento extraordinario. Alguna experiencia de ello tengo personalmente. No siempre la mitad de la botella que miramos debe ser la vacía. Hay espacio para reconocer que hay huellas extraordinarias en las arrugas y pliegues de una existencia rota.

Lo más contracultural que me han comentado en este sentido fue dicho por un médico al que le pregunté el sentido de la vida de un feto que por malformación no tendría posibilidad de vivir autónomamente después de nacido. Me mostró la belleza de la naturaleza que ofrece la providencial posibilidad de ser donante de cornea, riñones o corazón para otro niño o niña de su edad. La suerte tiene rostros sorprendentes y alucinantes.

La capacidad de ver donde nadie mira es ya, en sí mismo, una suerte. Y esa capacidad se educa o se nos adiestra con el esfuerzo constante de despertar la curiosidad por descubrir siempre el lado hermoso de las cosas. Como nos ha enseñado el diácono de la Catedral de La Laguna cuando comienza sus homilías preguntándose cada vez «¿Cuál es la buena noticia de cada día?».

Qué suerte que cada día haya una buena noticia escondida detrás de los acontecimientos ordinarios que vivimos. A eso se llama esperanza.

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