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Óscar Izquierdo

Mejorar es posible

Hay un cuento muy popular y certero en la mentalidad latina, de un padre que siempre comentaba, que la mejor herencia que le dejó a su hija fue darle los recursos necesarios, para que estudiara y después, se presentara a las oposiciones correspondientes, con el fin de ser funcionaria, porque de esa manera, tenía el sustento asegurado hasta que se jubilara. Seguimos igual, la mayoría de los egresados de la universidad, tienen como objetivo primario, sumarse a la función pública, buscando el sosiego que da la estabilidad de un trabajo para toda la vida, que encima, carece de cualquier procedimiento de medición de su productividad. Si unimos a esta circunstancia, llamémosla sociológica y a la vez económica, que hay ideologías totalitarias, que defienden a ultranza lo público, como la única y mejor manera de gestionar o gobernar, comprendemos el continuo engorde de la burocracia que, por cierto, no lleva implícito una mejoría, sino precisamente todo lo contrario, la ineficacia como patrón de conducta en la Administración Pública. Pío Baroja, el escritor español de la Generación del 98, lo calcó cuando sentenció «La burocracia en los países latinos parece que se ha establecido para vejar al público».

No solo los empresarios en particular, sino los ciudadanos en general, sufrimos diariamente el colapso en la tramitación de expedientes o licencias de cualquier tipo, clase o condición y aunque sea para temas nimios, soportamos una tardanza incomprensible en la sociedad en la que vivimos, donde casi todo se consigue instantáneamente. Estamos peor que nunca, ya que era de esperar que la digitalización sirviera para progresar, sobre todo, en la resolución temporal de los asuntos. No se nota ningún cambio o en todo caso, son insignificantes. Los procedimientos interminables y los inconvenientes aumentan proporcionalmente, cuando se tienen que pedir informes sectoriales, que dilatan cualquier dictamen. A la burocracia habría que darle el premio a la paciencia, y a lo mejor hasta el de la torpeza, porque desconocen la rapidez o la eficiencia. Va a su ritmo o como se dice vulgarmente, a su bola, que no es la que demanda la sociedad, el sistema productivo y por supuesto los empresarios.

Cuando hay problemas en cualquier iniciativa privada, se buscan soluciones inmediatas, cortando de raíz el mal que los ocasiona, en cambio, cuando sucede en el ámbito público, si la cuestión es estrictamente política, se abre inmediatamente una Comisión de Investigación, que como no podía ser de otro modo, lleva implícita las dietas correspondientes de asistencia, que eso nunca puede faltar, bastaría más. Estas Comisiones no sirven para nada, sino para perder el tiempo, alargar la cuestión a dilucidar sine die y al final no llegar a ninguna conclusión. En cambio, cuando se trata de problemas que inciden directamente sobre la función pública, en vez de analizar, que una simplificación y racionalización de los efectivos humanos y procedimientos sería lo correcto, lo primero que se hace es crear, otro departamento, servicio o dirección general, para incrementar el número de empleados públicos y así complicar más las resoluciones. Lo que habría que hacer es redistribuir los recursos humanos y materiales, según las necesidades departamentales, para optimizarlos, porque más no significa mejor. Frank Herbert, escritor estadounidense dijo con razón que «La burocracia destruye la iniciativa. Hay pocas cosas que los burócratas odien más que la innovación, especialmente la innovación que produce mejores resultados que las viejas rutinas».

En estos momentos, el tejido empresarial, sobrellevamos como podemos el fracaso de la Administración Pública, que no para de engordar, siendo cada vez más incompetente. No hay valentía para proceder a una drástica simplificación y dinamización administrativa, así como de los procedimientos, normativa y legislación, a todas luces sobredimensionada, contradictora y a expensas de interpretaciones personales. Lo que daría esperanza sería profesionalizar más que funcionarizar.

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