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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

El 11S

Todos podemos recordar dónde estábamos cuando cayeron las Torres Gemelas y... Oiga, no. La mayoría de la peña no lo recuerda, o para ser más preciso, solo se recuerda a sí misma viendo en la televisión las mismas atroces imágenes una y otra vez. ¿Qué hizo la televisión en esta ocasión, como suele hacer siempre? Contar una historia abierta a infinitas historias generalmente anecdóticas y solo coherentes en una dimensión espectacular. Como explicaba Susan Sontag «las llamadas historias que nos cuentan en televisión satisface nuestro apetito por anécdotas y nos ofrecen modelos de entendimiento que se cancelan unos a otros». La televisión sirve una narrativa interminable de lo insignificante, lo contradictorio y lo chocante; el impacto de la imagen secuestra cualquier distanciamiento crítica y excluye la voluntad moral de elegir lo importante, lo decisivo, lo estructural. Lo que durante semanas vieron cientos de millones de personas en sus televisiones una y otra vez, fue el relato de una maldad absoluta que además había ocurrido, y eso era lo que le daba morbo definitivamente. ¿Y esa sentencia según la cual el mundo cambió? Aparte de que la mayor parte de la gente tampoco podría argumentar nada similar, es una proposición engañosa. En realidad no cambió el mundo porque fueran asesinadas novedosamente 3.000 personas en Nueva York, sino al revés: el mundo había cambiado y era posible asesinar a 3.000 personas en Nueva York siguiendo un plan ingenioso que, por cierto, ya había sido parcialmente imaginado en fantasías televisivas y publicitarias anteriores.

En Canarias habitualmente el mundo nos queda muy grande. Nuestras queridas élites –políticas, empresariales, universitarias– jamás piensan en términos geoestratégicos, aunque la frase tal vez sea demasiado larga. Por aquí aparecieron varios equipos de inteligencia antiterrorista entre septiembre y octubre, y después de quedarse atónitos con algunas de nuestras entrañables peculiaridades –por ejemplo, que desde una autopista se pudiera disparar balas o granadas a instalaciones de una refinería de petróleos aun operativa sin temer ni a vigilancia física ni a cámaras de vídeo– nos encomendaron a Judas Tadeo. En realidad nos encomendaron a Marruecos, que es el país del norte de África con más personal de las agencias de inteligencia estadounidense por kilómetro cuadrado. Nos negamos a entender la extraordinaria relevancia de Marruecos para Estados Unidos y el (des)orden hemisférico del que somos beneficiarios. Después de septiembre de 2001 preocupaban tanto los atentados en Estados Unidos y Europa como en el norte de África. Desde entonces Rabat y Casablanca están entre las plazas más importantes desde donde se monitoriza los movimientos mínimamente sospechosos de cualquier chiflado, desgraciado o activista, de cualquier organización civil o religiosa, de cualquier animal, vegetal o mineral que salga por Marruecos hacia cualquier dirección o entre por Marruecos hacia cualquier sitio. Su actividad ha sido fundamental para proteger a Canarias (y a Andalucía) de atentados terroristas de origen islamista. Porque Canarias es potencialmente muy apetitosa con cientos de miles de británicos y alemanes como visitantes durante todo el año. La insularidad también ha contribuido a la buena fortuna. Se puede tomar un avión, desembarcar en Tenerife o Gran Canaria, cometer un asesinato y regresar tranquilamente antes de que sea descubierto. Un atentado terrorista a gran escala, sin embargo, exige técnica y logísticamente más tiempo si los matarifes pretenden contar con garantías de éxito. Sin duda se ha añadido al blindaje informativo y a los buenos oficios para neutralizar amenazas potenciales un fisco de suerte. Por supuesto que el mundo ha cambiado en los últimos veinte años y para siempre. Pero los discursos de las élites en el espacio público canario no han variado un ápice y eso es un signo ominoso de la derrota que no renunciamos a infringirnos.

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