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Jorge Bethencourt

Manual de objeciones

Jorge Bethencourt

No me toquen los charcos

Para el ecologismo extremo la naturaleza es un cuadro vacío. El paisaje más hermoso del mundo se enconchina si colocas un mago encima. Pero hay gente que se sigue metiendo en charcos peligrosos. Como los de Turismo, que pretenden ponerles escaleras y accesos a los charcos de la macarronesia guanche, cuando es cosa sabida que eso solo lo pueden hacer los señores del casco de La Laguna con tres o más apellidos.

La defensa del medio ambiente, para algunos, trata de la desaparición de los seres humanos. El parque natural de El Teide no puede caminarse libremente. Mañana tal vez ni siquiera pueda verse, salvo en postales. Las pistas y senderos de los montes solo se pueden conservar si se mantienen vírgenes e intocadas por la zarpa de los excursionistas.

Es verdad que nos hemos convertido en una marabunta. La presión de la población sobre el territorio es brutal. Esquilmamos el mar y la tierra y por donde pasa la alpargata del canario o las sandalias con calcetines del turista no vuelve a crecer la hierba. Pero los mismos que defienden los sebadales, los escarabajos y los charquitos son los que nos piden abrir generosamente los brazos para recibir cada año a miles y miles de nuevos hermanos en Cristo. Pasen, pasen, dicen, que aquí hay sitio para todos, aunque no haya ni trabajo para casi nadie. Hay como una especie de contradicción entre la quinta internacional y la primera conservacional.

Con la construcción de una central de gas de Granadilla, que al final no se hizo, se desató la marimorena para salvar unos escarabajos (en el Puerto de Las Palmas se construirá una, porque no hay gambusinos). Ahora aseguran desde el Gobierno canario que Fonsalía no se hará. Y que no se pueden construir tres hoteles de lujo en un trozo de la costa de Arico, lleno de basura y de ruinas. ¿Cómo se les ocurre meter la pata en los charcos de marea?

La curiosidad mata a los gatos y la propaganda a los políticos. Están obsesionados por vender planes. Lo mejor habría sido elegir un charco, pactar con el alcalde del municipio y ponerle una escalera bonita, si los vecinos quieren, para que la gente mayor pueda darse un baño si romperse el totizo. Y si sale bien y los clientes se quedan satisfechos hacer lo mismo en otro sitio. Y cuando estuvieran todos hechos, colgarse la medalla.

EL RECORTE

Cambios trascendentales

Ya era hora. Barcelona ha decidido borrar el nombre de los Reyes Católicos del callejero de la capital. A freír puñetas la placa de Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto. La calle llevará ahora el nombre de la fundadora de un colegio en vez del de los dos monarcas reaccionarios, imperialistas e impulsores del genocidio de los pobres aborígenes guanches y suramericanos. Aún falta mucho por hacer. Borrar los nombres de Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Pizarro y otros tantos salvajes de rincones y plazas. Y derribar sus infames estatuas. La historia no se puede cambiar —desgraciadamente— pero podemos borrar lo que no nos guste. Como hizo Lenin con las fotos en las que salía Trotski. Como si nunca hubiera estado ahí. Y eso antes de borrarlo oficialmente con un piolet. Acabemos con los nombres de los bárbaros, los militares, los reyes y cualquiera que no haya sido demócrata y progresista aunque sea en el siglo quince. ¿Que no había democracia entonces? No es nuestro problema. Y en Santa Cruz borremos la Avenida Penetración, que tiene un nombre machista. Y la calle del Si, porque ya se sabe que no es no. Estamos tardando.

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