12 de septiembre de 2019
12.09.2019
A BABOR

Un asunto de memoria

12.09.2019 | 01:49
Francisco Pomares

Casimiro Curbelo consiguió ayer que el Parlamento de Canarias le aprobara una reforma pret a porter del Reglamento de la Cámara, para que se pueda constituir grupo parlamentario con tres diputados en vez de cuatro. La propuesta contó con el voto favorable de toda la Cámara (excepto los dos diputados de Ciudadanos, que se abstuvieron), en una de las unanimidades más bochornosas de los últimos tiempos. No porque sea insostenible o injusta la pretensión de que la Agrupación Socialista Gomera cuente con grupo propio. Eso solo significa más dinero de nuestros impuestos para sostener otro grupo, porque cada grupo cuenta con una asignación específica, bastante suculenta, además de la que recibe cada diputado. Lo que resulta bochornoso no es que Curbelo siga queriendo grupo propio, sino que haya logrado ahora lo que hace apenas unos meses era considerado por Podemos, Nueva Canarias y el PSOE poco menos que el fin de la democracia en Canarias.

Claro que la situación es distinta: hace medio año Curbelo era una suerte de descamisado sin más peso que sus razones de cosaco. Ocurrió el 13 de marzo pasado, en una de las últimas sesiones de la pasada legislatura: Curbelo presentó la que es ya una de sus reclamaciones históricas, la de formar grupo con tres diputados, es decir, con el 75 por ciento de los de su Isla. Lo hizo con una enmienda -la misma que fue aprobada ayer- para que el nuevo reglamento (el que entraría en vigor en esta legislatura) permitiera que los grupos se puedan formar con tres diputados (o con el 15 por ciento de los votos). Sorprendentemente, aquella propuesta fue aceptada por 31 votos a favor de los 60 con los que entonces contaba el Parlamento, porque María Australia Navarro, en ausencia de Asier Antona, decidió que el PP la apoyara. Cuando volvió Antona, que seguramente había ido al baño, dijo que el PP se había equivocado al votar a favor y pidió que se repitiera la votación de la enmienda sobre el número de diputados necesario para formar grupo. Curbelo se negó a votar de nuevo lo ya aprobado -algo que el reglamento solo admite si todos los diputados están de acuerdo- y ante las amenazas e insultos de sus actuales socios, amenazó con acudir a los tribunales si se imponía la repetición de una votación que ya había ganado. Pero Curbelo no era el tipo imprescindible que es hoy, y se llevó una buena y humillante rociada: Román consideró "incalificable" que alguien utilizará "un error del PP" (curioso error, votaron todos lo mismo) para sacar ventaja política y exigió repetir la votación. Noemí Santana acusó a Curbelo -con escaso dominio gramatical- de "estar carente de democracia". Y la portavoz socialista Lola Corujo, tras reconocer que Curbelo ganaría en los tribunales de presentar una reclamación, le negó el derecho moral a hacerlo. Fue una suerte de todos contra uno, que Curbelo vivió como una humillación más de sus antiguos (y actuales) conmilitones de la bandas de la izquierda.

Pero el Curbelo de hace seis meses no era el de ahora. Ahora Curbelo es como el primo Zumosol del pacto floral, y los parabienes, lisonjas y aplausos de ayer demuestran dos cosas: una es que la política no es asunto de principios sino de conveniencias. La otra es que el poder carece de memoria.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook