Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

La Laguna, encrucijada

Centenario del alcalde poeta

Centenario del alcalde poeta

Centenario del alcalde poeta

Se dolía la bien recordada María Rosa Alonso, en extenso artículo sobre José Tabares Bartlett (Falange de Las Palmas, mayo/junio de 1951), del silencio, que calificó de «verdaderamente lamentable», con que la prensa tinerfeña dejó que transcurriera el centenario del nacimiento de «nuestro mejor poeta realista».

Centenario del alcalde poeta

Centenario del alcalde poeta Eliseo Izquierdo

A que no ocurra igual cuando se cumplen cien años, tal día como hoy, del fallecimiento del escritor y político tinerfeño van encaminadas estas líneas. Allá donde se encuentre, seguro que María Rosa se alegrará de que se recuerde la efeméride y al autor de versos hermosos y hondamente canarios. Ella sintió predilección especial por la obra literaria de Tabares Bartlett. Proyectó incluso un estudio crítico sobre su producción lírica, pero desistió al saber que el también recordado Sebastián Padrón Acosta andaba ya en ello. No obstante, en textos posteriores profundizó en el análisis de la poesía bartlettiana.

Ya en 1926, el ilustre historiador de la literatura española Ángel Valbuena Prat (Barcelona, 1900 - Madrid, 1972) le prestó especial atención a la poesía de Tabares Bartlett, en el discurso de apertura del año académico 1926-1927 de la Sección Universitaria de Canarias (un año más tarde convertida en la ULL), génesis de su Historia de la poesía canaria (Barcelona, 1937), de la que, por el desastre de la guerra civil, únicamente vio la luz el primer tomo; libro pionero y hoy una joya bibliográfica. Para Valbuena, Tabares «es el más interesante» del grupo de poetas de la que denominó Primera Escuela Regionalista, la del neovianismo, la del descubrimiento enamorado del paisaje insular, la de las reivindicaciones del guanchismo entreveradas de exaltaciones de episodios de los conquistadores castellanos.

Era un excelente paisajista literario. Con palabra justa y adjetivación ceñida, registró con acierto la belleza y grandeza de la geografía insular, su naturaleza convulsa, sus roquedales, rompientes, quebradas, arideces, una «nueva concepción lírica del paisaje canario», que aunque con influencias de la época (Núñez de Arce, Campoamor, López de Ayala, algunos ramalazos becquerianos) mantiene en sus mejores expresiones un aire inequívocamente isleño, que a Pérez Minik le hizo decir en su Antología 1952 que «para un canario de hoy es siempre un gozo ir descubriendo (...) retazos del paisaje insular inconfundible», interpretado, como afirmó Menéndez y Pelayo, «con sobrios y valientes rasgos».

Tabares Bartlett fue asimismo un atinado retratista literario, sobre todo de seres humanos femeninos. Si en el soneto A Josefina Ascanio se funden delicadeza y nobleza comparables en su finura a las miniaturas de su paisano y casi coetáneo Luis de la Cruz y Ríos, en La Lechera sobresale el vigor de los trazos firmes, rotundos, con que troquela la silueta de la atractiva campesina isleña de ojos negros y castaña cabellera que cruza con su cántaro la mañana radiante de la isla, comparable en su estructura rítmica a la fuerza y concisión de los mejores aguafuertes de Manuel Bethencourt.

Una vertiente curiosa de su poesía la encontramos en el largo romance con que, bajo el seudónimo Domingo Enrique, respondió a la invitación de Ángel Muro a participar en el libro El Practicón (1896), del que se han hecho numerosísimas ediciones. Su receta rimada del sabroso puchero canario, tan diferente a los de las restantes regiones españolas, la supo valorar y destacó en la conocida obra de gastronomía el más grande y prolífico de nuestros cocinólogos (Xavier Domingo). Por lo demás, el grueso de su obra poética se contiene en siete poemarios, de los cuales sobresale sin duda, por calidad lírica e inspiración, junto a Trompos y cometas, el volumen La caza (1908), con prólogo de Ángel Guimerá.

En los Tabares, afincados en la Ciudad de los Adelantados desde los comienzos de la historia insular, ha habido escritores de variado rango, el más cercano a nuestro poeta, su hermano Heráclito, un año mayor que él, de encendido estro romántico, que murió tuberculoso –el mal del siglo XIX– cuando solo contaba dieciséis años de edad. Otros se dedicaron a la cosa pública. En esa doble línea de tradición familiar, José Tabares Bartlett transitó también por el campo de la política local y regional. Nació en diciembre de 1850 en Santa Cruz de Tenerife, donde transcurrieron su niñez y juventud; tiempos de libertad, de correrías por el barranco de Santos, el Charco de la cazona (¿la hembra del cazón, el de los sabrosos tollos canarios?) o la escollera del puerto, y de conversaciones con los viejos lobos marinos, de lo que dejó feliz reflejo en el poemario citado Trompos y cometas (1911). Pero cuando contrajo matrimonio en 1875 con su prima hermana María Dolores Tabares de Nava de la Puerta trasladó su residencia a San Cristóbal de La Laguna. En esta ciudad vivió desde entonces hasta su fallecimiento. Se compenetró con el espíritu de la ciudad y con sus gentes. Mantuvo en su domicilio una importante tertulia literaria y política. Era respetado y admirado, pero de igual forma denostado hasta con saña por sus enemigos políticos. Fue dos veces alcalde constitucional o de Real Orden de la ciudad universitaria y episcopal: desde el 1 de enero de 1894 hasta el 15 de mayo del siguiente año, y del 1 de enero de 1912 hasta su renuncia, el 2 de diciembre de 1913. También desempeñó el cargo de diputado provincial. En 1911 formó parte, con otros políticos tinerfeños encabezados por el liberal Benito Pérez Armas, de la comisión que defendió en Madrid la unidad administrativa de Canarias, amenazada una vez más por «el pleito insular», la entonces conocida como «cuestión canaria». La Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, de la que había sido vicedirector, lo distinguió con el título de socio honorario. Era gentilhombre de cámara y comendador de la orden de Carlos III.

Días después del fallecimiento del poeta y antiguo alcalde lagunero, un grupo de universitarios lanzó la iniciativa de erigirle un monumento que perpetuase su memoria. La idea fructificó. El busto de Tabares Bartlett fue modelado por el escultor tinerfeño Francisco Borges Salas y fundido en bronce en Barcelona. Estaba en la isla el 20 de abril de 1922. El diario El Progreso daba la noticia de su llegada en el vapor Escolano. El 28 de septiembre de 1922, al cumplirse un año de la muerte del ilustre escritor y político, fue inaugurado solemnemente en la plaza de la Junta Suprema de Canarias, a la sombra de la que hoy es una robusta araucaria y casi al pie del drago centenario que allí sigue creciendo. En el frente del mármol de que está revestido el monolito se grabó el segundo cuarteto de su Autorretrato: «Tener para la ofensa recibida / pronto perdón, olvido para el daño; / y siempre exento de maldad y engaño / llevar la frente por el mundo erguida».

Compartir el artículo

stats