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Conflicto en Asia

Birmania cumple un año del golpe de Estado sumida en el caos

El balance de los meses de dictadura es aterrador; más de 300.000 desplazados por la violencia, 2.200 casas y propiedades destruidas, casi 1.500 civiles muertos y 11.000 arrestados

Soldados de las fuerzas para la Defensa del Pueblo en el estado Karen, en Birmania.

No fue el golpe de Estado más sorprendente de la Historia. La rumorología había apuntado en las semanas previas el hartazgo militar hacia la lideresa Aung San Suu Kyi y el portavoz del Ejército no desmintió una asonada inminente cuando se le preguntó en una rueda de prensa. Cuatro días después, y apenas horas antes de que empezara la nueva legislatura parlamentaria, el militar Min Aung Hlaing se aplicó con el libreto golpista más ortodoxo: disolvió las cámaras, encarceló a los rivales políticos, prohibió la prensa libre y aplastó las protestas.

Birmania cumple el primer aniversario desde el golpe con un balance aterrador. Más de 300.000 desplazados por la violencia, 2.200 casas y propiedades destruidas, casi 1.500 civiles muertos y 11.000 arrestados, según las cuentas de la ONU y de organizaciones de derechos humanos locales. La Junta Militar prometió primero que no repetiría los excesos del pasado y se esforzó después en desmentirse. Disparó a matar en las manifestantes urbanas y ha encadenado tropelías en las zonas rurales. En la última, perpetrada en la víspera de Navidad, los militares asesinaron a 35 vecinos y dejaron sus cadáveres quemados en los caminos. Entre las víctimas había cuatro niños y dos trabajadores de la oenegé Save The Children.

También han amenazado los militares a los que aprovechen el aniversario para expresar su ira. Los que se sumen a las caceroladas, una forma de protesta cotidiana en los primeros meses, pueden ser acusados de traición y ser juzgados por la ley antiterrorista. Algunos propietarios de negocios que habían desvelado en las redes sociales que cerrarían durante la jornada han sido detenidos.

Coqueteo con la guerra civil

El país coquetea con la guerra civil y nadie espera un final inminente. Es un empate técnico que los expertos califican de “equilibrio del caos”. A un lado, el Tatmadaw o Ejército. Al otro, una amalgama disidente con más voluntad que medios y orden. Una cincuentena de grupos rebeldes de la mayoría bamar integran las Fuerzas de Defensa del Pueblo y junto a una miríada de grupos étnicos golpean al Ejército allá donde pueden, especialmente en los estados Chin, Shan y Kayin. El autoproclamado Gobierno de Unidad Nacional (GUN) es un presunto poder en la sombra que se arroga la legitimidad interna y busca el reconocimiento externo, con escaso éxito en ambas cuestiones.

“Los ataques de los grupos de resistencia se están volviendo más sofisticados e incrementan su cooperación con milicias armadas, algunas de las cuales tienen capacidades militares significativas”, afirmaba recientemente Richard Horsey, reputado analista del International Crisis Group. “Pero sin ningún bando en posición de asestar un golpe definitivo al contrario, una larga y cada vez más violenta confrontación es inevitable”, concluía.

No hay más desenlace que el militar ante la diplomacia estéril. La presión y sanciones internacionales no convencerán a una Junta que resistió durante casi medio siglo de espaldas al mundo. Tampoco la pertinaz división en el seno de la ASEAN, la organización regional del sudeste asiático, permite el optimismo. El dictador Min Aung Hlaing ya ha insinuado que no respetará el Consenso de los Cinco Puntos que acordó con la ASEAN tres meses después de la asonada y que contemplaba la convocatoria de elecciones a mediados del próximo año. La promesa de aislar a Birmania si lo incumplía ha sido torpedeado ya por Hun Sen, líder camboyano, frente a las protestas de Singapur o Indonesia.

La pandemia devasta la frágil economía

El conflicto ha agravado los efectos de la pandemia y devastado a la que ya era la economía más pobre de la zona y colocado a millones de personas . Su PIB se contrajo un 18% en el pasado año y apenas crecerá el 1% en el siguiente, según el Banco Mundial. Los birmanos esperan en ese cuadro calamitoso el improbable regreso de la lideresa Aung San Suu Kyi, que encadena condenas por una docena de delitos que podrían suponerle hasta un siglo de cárcel.

No abundan las razones para el optimismo en un país que ha pagado con océanos de sangre sus anteriores luchas democráticas. Esta generación ha probado la democracia y la defenderá con más ahínco que las anteriores pero cabe preguntarse cuántas masacres más soportarán.

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