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El arte más oscuro

Ester Segarra, la fotógrafa de Satán

Barcelonesa afincada en Londres, lleva 20 años retratando mejor que nadie el black metal, el género musical más extremo e infame

Tom G. Warrior. Ester Segarra

Ester Segarra utiliza emoticonos. Caras sonrientes, por ejemplo. Casi todo el mundo las usa y no debería sorprender. Pero Segarra es la gran fotógrafa del metal extremo, y en especial del black metal, el género más extremo e infame de todos, obra de un puñado de jóvenes nórdicos que a principios de los 90 crearon una forma radicalmente nueva de expresarse y por el camino quemaron iglesias y se mataron entre sí. Durante los últimos 20 años, en portadas de discos y revistas especializadas, viajando de un lado a otro, Segarra ha documentado mejor que nadie esa escena, con sus rituales, cruces invertidas, calaveras, antipapas satánicos, sangre y cementerios, con sus cadáveres de animales, sogas y guadañas. Sorprende que utilice emoticonos.

«Soy una persona con muchas facetas», señala, por videoconferencia, desde Estocolmo. Después se pone seria y dice: «Es en la oscuridad donde puedes encontrar la luz». Y entonces, de repente, ríe. Segarra ríe con facilidad. «A veces yo también me pregunto cómo he acabado aquí —continúa—. Ha sido por mi tenacidad, pero también el destino».

Nacida en Barcelona en 1974, criada en el barrio de la Sagrada Família dentro de una familia «muy católica y de orden», comenzó a estudiar Económicas y supo casi desde el principio que aquello no era para ella. En 1998, como tantos otros, se marchó a Londres en verano, con poco dinero y escasos conocimientos de inglés. Pensaba trabajar de camarera, o de lo que surgiera, y volver. Pero un robo truncó su plan.

«Entraron en casa y se llevaron mis ahorros. Me lo quitaron todo, salvo una cámara, porque había empezado a interesarme en serio por la fotografía. No tenía sentido volver a Barcelona sin nada. Así que decidí quedarme un año más en Londres. Nunca regresé», explica. Se apuntó a cursos de fotografía, comenzó a colaborar con revistas musicales, tuvo una epifanía. «En 2001 me pidieron que cubriera un concierto de black metal. Fue amor a primera vista. Era un sonido tan inhumano, como si estuviera debajo de la tierra, algo completamente distinto a lo que yo estaba acostumbrada. Esa oscuridad me acogió. Encontré mi hogar. Y a partir de ahí, quise más, más, más», dice.

Pintura de cadáver

Los elementos comunes a gran parte del black metal son guitarras y baterías extremadamente rápidas y agresivas, letras de inspiración satánica y voces que o bien son muy graves, casi gástricas, o muy agudas y espectrales. Los músicos suelen pintarse la cara de blanco, con círculos negros alrededor de los ojos. «Pintura de cadáver», lo llaman. Puede llegar a ser una caricatura, y resulta fácil mostrarse escéptico cuando se trata de adultos de mediana edad convertidos en osos panda salidos del Infierno, pero su pasión y obsesión por los detalles hacen que casi cualquier banda de rock escogida al azar parezca hueca.

Segarra, que conoce esa estética mejor que nadie, tiene un detector de clichés. No es lo mismo, dice, una banda que quiere posar con una cruz invertida porque así «va a molar más», que un grupo como Watain, cuyo local de ensayo, en la ciudad sueca de Uppsala, era hasta unos años un búnker «lleno de calaveras y sangre por las paredes», en el que el «olor a muerte te penetraba y horas después de haber salido de allí aún podías sentirlo en la ropa y el pelo».

Para entender la génesis del black metal hay que ir un poco más atrás, hasta una banda noruega llamada Mayhem. Cuando publicaron su primer álbum, De Mysteriis Dom Sathanas (el género siente fijación por el latín), en 1994, el letrista, Per Yngve Ohlin, se había suicidado, pegándose un tiro con una escopeta. El principal compositor y guitarrista, Øystein Aarseth, había sido asesinado. Y el bajista, Varg Vikernes, estaba en la cárcel, cumpliendo condena por la muerte de Aarseth, a quien asestó 23 puñaladas, y por haber quemado varias iglesias de madera (una de ellas del siglo XII) en un intento de descristianizar el país nórdico y devolverlo al paganismo. Segarra, por supuesto, ha fotografiado en múltiples ocasiones a Mayhem, que desde que ocurrió todo esto ha sufrido numerosos cambios entre sus integrantes.

La banda Ghost, fotografiada por Segarra. Ester Segarra

También ha fotografiado a Vikernes, un personaje odioso, tanto por sus crímenes como por su discurso fascista y racista. Tuvo muchas dudas a la hora de aceptar el encargo. «¿Qué hago?, me preguntaba. No era una respuesta fácil, porque los actos que cometió cambiaron la vida de personas que conozco. Pero al mismo tiempo pensé que era una oportunidad única —explica—. Soy una persona muy curiosa, a veces demasiado, y me pudo la curiosidad. El mundo del black metal es muy extremo. Cuando llevas las cosas a un extremo, sabes dónde empiezas, pero no dónde acabas». Segarra hizo retratos íntimos de Vikernes, con la cara cubierta de ceniza.

«No hay mejor fotógrafa que Ester para la gente como nosotros: los parias y los villanos», dice Niklas Kvarforth, cantante de la banda Shining, a quien Segarra captó comiéndose, o besando, no queda claro, los restos de un perro. «Algo habrá en mí que conecta con esa energía —señala—. No juzgo. Y tampoco me asusto fácilmente. Me han intentado impresionar, pero no ha funcionado». El propio Kvarforth le dijo esto nada más empezar la sesión de fotos: «¿Sabes que mi madre intentó matarme?». Segarra le pidió que le contara más, sin darle importancia, y a partir de ahí «todo fue bien». En una escena tan cerrada, elitista y ultramasculina, tampoco ha tenido problemas por ser mujer. Pero deja claro que «ser mujer está muy por encima de mis fotos, que están hechas por una mujer, con la mirada de una mujer».

Un helicóptero en el cementerio

Segarra siente cierta aversión a mitificar. También a reducir su larga carrera a un conjunto de anécdotas. Cuando se le insiste, sin embargo, recuerda cómo una vez, haciendo fotos de una banda llamada Grave Miasma en el cementerio de Abney Park, en Londres, los encargados del lugar acabaron movilizando a un helicóptero: tenían que cerrar sus puertas y no los encontraban. O aquella otra ocasión, en un cementerio distinto, en la que estaba retratando al grupo Ghost, con el cantante vestido como un antipapa satánico y el resto de músicos como monjes del Averno. Pasaron por allí varias madres con sus hijos pequeños. Los niños se quedaron «embobados», mientras sus madres, «aterrorizadas», les tiraban del brazo para salir de allí cuanto antes. El cantante saludó a los menores con candidez.

Pero ahora, tras haber recopilado su trabajo en el libro Ars Umbra, Segarra muestra síntomas de agotamiento. «He sentido, y en ciertos aspectos aún siento, que no tengo nada más que decir, que el black metal es una prisión creativa», dice.

Mientras tanto, su familia en Barcelona, que en un primer momento encajó mal su decisión de quedarse en Londres, se ha reconciliado con la idea. Estaba su abuelo, que fue guardia civil y contable. Segarra le enseñó hace años un ejemplar de la extinta revista Terrorizer, donde ella colaboraba, y el hombre dijo: «Esto es para intelectuales». O su madrina, una mujer «muy, muy católica» que murió de covid, con la que tuvo una conversación «interesantísima» sobre su obra. Y por último, sus padres. «Aunque no entienden muy bien lo que hago o dejo de hacer, están orgullosos —concluye, volviendo a reír—. Mi madre me pregunta siempre que por qué tengo que hacer fotografías tan oscuras».

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