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Afición real

La hípica, el único deporte español que se arrodilla por la reina Isabel II

El hipódromo de La Zarzuela homenajea a la reina de Inglaterra, una fanática de las carreras de caballos, deporte que disfrutó como amazona, aficionada, propietaria y criadora

La familia real británica asiste como cada año al evento que se celebra al oeste de Londres. REUTERS

El deporte de las carreras de caballos ha sido la única competición española que ha rendido honores deportivos a la muerte de Isabel II. Los jinetes que han participado este domingo en el hipódromo de La Zarzuela (Madrid) han lucido brazaletes negros en cada una de las carreras disputadas en recuerdo y homenaje a la reina que, según los directivos madrileños, fue “una gran aficionada que siempre estuvo ligada a las carreras hípicas”. 

Razones para esta bonita señal de duelo no han faltado. Desde que la reina se subió a un caballo a los tres años, su fascinación por los purasangres no tuvo límites, pasión que recibió siempre el reconocimiento unánime de este deporte y que ella nunca escondió, llegando incluso a afirmar hace un año que cada mañana leía antes el diario hípico 'Racing Post' que el prestigioso periódico 'Times'.

La reina desde bien pequeña heredó el amor que la Casa Windsor siempre tuvo por las carreras hípicas. Dicen que fue su padre, el rey Jorge VI, quien le pasó el gen ecuestre cuando desde bien pequeña ya mostró devoción por los caballos. De niña recitaba los pedigrís de las mejores yeguas de los establos reales igual que las tablas de multiplicar, mientras se entretenía en su tiempo libre montando a un poni de raza 'shetland', de nombre Peggy.

De raza inglesa

Pero nada le atraía más que la raza del purasangre, cómo no, inglés. Así creció y se convirtió en una afamada dueña, aficionada y criadora de corceles. En 1952, tras la muerte de su padre, tomó las riendas de su yeguada, montando y entrenando a sus caballos hasta bien entrado los años sesenta, consiguiendo que las sedas moradas y rojas, la chaquetilla que vestían sus jinetes, hasta día de hoy cosecharan grandes éxitos en carreras y liderasen muchos años las principales estadísticas de propietarios.

Un jinete en la Zarzuela este pasado domingo con brazalete negro. A GALOPAR

Fue en 1957 cuando su potranca Carroza montada por el legendario Lester Piggot le dio su primer gran triunfo. Desde entonces, sus purasangres siempre galoparon entre los favoritos, ganando grandes pruebas en todo el mundo, excepto el Derby de Epsom, la legendaria carrera británica que siempre se le resistió y que tiene tanta fama en su país que dicen que “ningún inglés se suicida la semana del Derby porque todos quieren conocer el ganador”.

De éxito en éxito

Impresionante fue todo lo que corrieron sus ejemplares y ganaron hasta su muerte: participaron a lo largo de 70 años en 3.441 carreras, ganaron en 566 ocasiones y cobraron en premios unos nueve millones de euros. Entre ellos, un purasangre llamado Enharmonic, que en el año 1993 venció con los colores de la reina en el Hipódromo de San Sebastián la carrera del Gobierno vasco.

Isabel II también pasó sus malos momentos en los hipódromos. Durante los años 80, con la llegada a las islas de los petrodólares de sultanes, emires y jeques, su liderazgo se vio eclipsado por los majestuosos caballos que corrían para estos nuevos propietarios de Oriente Medio. Ella encajaba las derrotas con suma deportividad, dejándose fotografiar cada año en su carroza en la gran cita anual del Royal Ascot, el mitin de los sombreros, a tan solo seis kilómetros de su residencia del castillo de Windsor.

Allá, en el hipódromo de Ascot, su purasangre “Estimate” le dio el triunfo en 2013 en la prestigiosa Gold Cup, mostrándose la reina al mundo entero espectacular y más feliz que nunca. Parecido a cuando la princesa Ana, su hija, ganó el Campeonato Europeo de Concurso Completo en 1971 con un caballo criado por ella. Dos alegrías inolvidables de una mujer que para el deporte hípico siempre sobrevivirá en la mente de todos. Incluso para los aficionados españoles.

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